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Opinión

  • | 1990/11/05 00:00

    LA TRAMPA DE LOS PAJAROS

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La semana pasada fui con mi mujer a la plaza de mercado.
De vez en cuando me gusta recorrer esos sitios populares, llenos de colorido y de mercancías, donde venden desde media vaca abierta en canal hasta hierbas medicinales para curar las lombrices.

Estaba yo extasiado, viendo a una señora cortar un repollo en cuatro partes, cuando se me acercó un hombre con aspecto de campesino a ofrecerme en venta un pájaro, con jaula y todo. Parecía un canario, con sus plumas amarillas opacas, y estaba entumecido por el frío. Se le notaba triste y ni siquiera entonó una melodía.

Le dije que no al vendedor. Una de las pocas cosas de las que me arrepiento en mi vida es haber dedicado buena parte de la infancia y de la juventud, en San Bernardo del Viento, a coger pájaros. Ahora conozco el precio de la libertad y comprendo que nunca debí haberlo hecho.

Si algún consuelo me queda, como para mitigar el peso de los recuerdos, es saber que mis compañeros de juegos y yo jamás matamos un ave, si no que las atrapábamos vivas para oírlas cantar en las jaulas que mi padre colgaba en los corredores de la casa.

Hacer una trampa para coger pájaros era toda una ciencia. Primero se necesitaba limpiar de espinas las varas de lata que nacían en el monte. Cortadas en trozos, y atadas con un alambre, las latas formaban una especie de casa pequeña, tupida y con caballete.
Por las tardes, cuando salíamos del colegio, nos íbamos a los patios ajenos con las trampas. Poníamos granos de arroz en cáscara para que sirvieran de señuelo. La trampa se mantenía abierta parándola con un palo muy delgado. La pita, que era de fique, se disimulaba entre la hojarasca, camuflándola para no asustar a las víctimas, y uno se escondía detrás de un árbol.

Los pájaros bajaban a comer sin sospechar siquiera la suerte que les esperaba. Cuando estaban bien distraídos, devorando los granos grandes y amarillos, uno tiraba del cordel, saltaba la pequeña talanquera y el animal quedaba dentro de la trampa.
Con ese sistema, elemental y emocionante, llevábamos a la casa mochuelos, turpiales gordos, canarios de concierto, oropéndolas y hasta una que otra palomita tórtola que se metía de imprudente adonde nadie la había llamado.
La casa se llenaba entonces de trinos y cánticos desde que despuntaba el día. Hasta que una vez, con lágrimas en los ojos, descubrí que las aves están hechas para ser libres y para volar sobre las pequeñeces del mundo. Eso ocurrió el día en que se murió el turpial que tenía en su jaula enorme doña Josefa Julia Calonge de Corrales, y del cual alguna vez escribí en esta misma página.
Su turpiala, con la que vivía feliz, se escapó con otro pájaro, más joven y vigoroso, y él se negó a volver a cantar. Hay quienes recuerdan que el pájaro lloraba en silencio. Hasta que una mañana amaneció muerto porque se había negado a comer, desde que se fue su compañera, su ración diaria de banano maduro. Fue la primera criatura que vi morir de amor, y desde entonces jamás regresé al campo con mi trampa.
A alguien no recuerdo a quién le oí contar alguna vez la más hermosa historia que he oído sobre jaulas y pájaros. Resulta que un muchacho, deseoso de capturar el canario más bello del mundo, se dedicó con afán y sin desmayo a fabricar la trampa más segura que se hubiera conocido. La hizo con tanta precisión que el canto de la navaja con que había fabricado las varas se quedó encerrado en el in terior de la trampa y no pudo salir. Tuvo que voltearla bocarriba para que escapara el silbido de la navaja.

Puso su trampa. Puso el arroz. Puso el cordel. Se escondió entre las ramas coposas del árbol. Esperó unos cuantos minutos. De repente, atraídos por aquella maravilla que no parecía una jaula, cayeron sobre ella, en tropel, docenas de mirlas y turpiales, azulejos, canarios. Eran tantos, y tan inocentes, que en su revoloteo rompieron la trampa, comieron el arroz hasta hartarse y luego se marcharon.
No sé dónde pudo estar mi equivocación le dijo el muchacho a su padre, mostrándole los restos de la trampa.
Yo sí lo sé le dijo el padre. Los pájaros son como los hombres, y uno nunca debe hacer una trampa que engañe a todos los pájaros al mismo tiempo...
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