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Opinión

  • | 2011/10/30 00:00

    La Unidad Nacional

    Suárez tenía un nivel insignificante de intención de voto, pues por lo visto el grueso del caudal del Polo se había ido detrás de Petro, como los niños del flautista de Hamelin.

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Al que no quiere caldo se le dan tres tazas, dice un refrán popular. Y a juzgar por el último debate televisado no vamos a tener de alcalde de Bogotá al peor de los tres candidatos punteros, sino que los vamos a tener a los tres, cualquiera que sea el que haya ganado el domingo (esto lo escribo el viernes). A los tres, con sus colas respectivas, de las cuales hablé aquí hace ocho días.

Se presentan los tres. Todos creen en Dios, y esperan que los ayude e ilumine a los votantes para que voten por ellos. Todos creen en el presidente Juan Manuel Santos, y esperan que, una vez en la Alcaldía, él también les ayudará. Pero si la creencia en Santos es unánime y sin fisuras, la creencia en Dios se presta a ciertos matices. Así, Enrique Peñalosa se proclama católico pero a la vez está muy agradecido con el respaldo que su candidatura recibe de otras iglesias cristianas (vasto campo de votos cautivos que le reveló su mentor Álvaro Uribe). Porque, dice, esas iglesias -y también la católica, "y otras"- "nos ayudan a vivir mejor". Gina Parody, en cambio, declara enfáticamente que ella no reza en público sino en privado, y va a misa con su mamá, la cual también es muy creyente: pero no lo hace, como los fariseos, por lograr ventajas, ni votos. Gustavo Petro, en fin, tras recordar que la Constitución del 91 garantiza en Colombia la libertad de cultos, abre su corazón para confesarse de "espíritu ecuménico" y señalar que las iglesias, unas y otras, "nos ayudan en la crianza de los niños".

Nadie le recordó a Petro (que fue de izquierda) que una de las luchas incesantes de la izquierda en el mundo ha sido la de lograr que la Iglesia -las iglesias- no se inmiscuya en la crianza de los niños: en eso consiste la educación laica. Nadie le mencionó tampoco los casos de los curas pederastas. En realidad los tres estaban de acuerdo en lo que se refiere a Dios y sus ministros en la tierra.

Creen en Dios los tres, pues, y en Santos. Y también en el Metro. También aquí con diferencias de matiz. Gina dice que es facilísimo hacerlo, y que hay que hacerlo ya: ella descubrió que en Santo Domingo hicieron uno de 17 kilómetros en solo dos años y medio, a 45 millones de dólares el kilómetro. Peñalosa se escandaliza; Metro, por supuesto: pero, eso sí, "con estudios bien, con técnica" -a lo cual Gina le replica que en Bogotá llevamos 60 años de estudios para el Metro-. Petro tercia para opinar que Metro, claro, pero no un Metro para el estrato 6 que vaya solo al norte de la ciudad. Y ahí se enredan los tres en un guirigay por saber cuál de todos es más demagogo, o menos, y echa más o menos carreta. Intervienen también a la vez los dos moderadores del debate, y al espectador le dan ganas de apagar el televisor.

No se llega a tanto. Petro calma las aguas invocando la reconciliación y la paz mediante "la política del amor y la vida". Se diluye el programa, y lo que queda en el aire es una pregunta que les ha hecho Petro a los otros dos:

-Hagamos un frente común contra la corrupción con los honestos y las honestas del Concejo.

La idea no fue discutida a fondo, aunque los tres se abrazaron y se besaron (y con los dos moderadores también). Un "frente común". Ya Peñalosa, en algún momento del debate, había soltado la invitación a unirse a él, cuando sea alcalde, a los candidatos Galán y Luna. Quedaría así conformada una "Unidad Distrital" a la manera de la "Unidad Nacional" del presidente Santos. Otra vez.

Solo queda por fuera el candidato del Polo Democrático, Aurelio Suárez, a quien no invitaron a los debates televisados y casi que ni siquiera a las encuestas de opinión. Suárez tenía un nivel insignificante de intención de voto, pues por lo visto el grueso del caudal del Polo se había ido detrás de Petro, como los niños del flautista de Hamelin. Y, por otra parte, el Polo lo ha hecho muy mal en estos años en que ha sido lo bastante fuerte como para controlar el gobierno de Bogotá: fue bastante malo con el alcalde Lucho Garzón, y muchísimo peor con el alcalde Samuel Moreno, que lo hundió en la corrupción. Ha empezado a repuntar en los pocos meses de Clara López como alcaldesa encargada, pero tampoco es la cosa como para echar voladores. Y sin embargo lo que necesita una democracia es que la unanimidad sea rota por la existencia de la oposición: esa que tan eficazmente supo hacer Gustavo Petro cuando era senador en sus debates en el Parlamento. Y como única fuerza, fragilísima, de oposición a las uniones nacionales y los frentes distritales no queda sino lo poco que queda del Polo.

Ojalá unos cuantos más que yo le hayan dado su voto a Aurelio Suárez. Para volver a empezar.
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