Martes, 6 de diciembre de 2016

| 1992/03/16 00:00

LA UTOPIA LIBERAL

Al Estado liberal le pasa lo mismo que al Estado marxista: que tiene que volverse represivo para garantizar la liberación.

LA UTOPIA LIBERAL

DECIA EN DIAS PASADOS EL PRESIDENTE César Gaviria, ante uno de los muchos foros internacionales a que asiste, que "estamos en la era de la iniciativa empresarial". Fue muy aplaudido. Y es un símtoma del cambio de los tiempos el que ahora en los foros internacionales se aplauda a los gobernantes de los países pobres por entender a los ricos, cuando hace apenas ocho años, en la ONU, se ovacionaba a Belisario Betancur por entender a los pobres, habiendo sido él mismo muy pobre cuando niño.
Es que hemos entrado en un nuevo avatar de la utopía. Con la evaporación de los regímenes de inspiración marxista ha desaparecido la última utopía colectiva de Occidente, después de esa, más fugaz todavía, que representaron los fascimos. En lo colectivo, sólo quedan utopías "orientales", es decir, irracionales: los nacionalismos primitivos o los integrismos religiosos. Y regresamos otra vez a la utopía privada que dio origen a la revolución capitalista: la fe calvinista en la salvación eterna de los ricos, o el consejo del primer ministro francés Necker a sus compatriotas católicos: "Enrichissez-vous": "Enriquecéos".
Pero con esta nueva utopía liberal, neo-liberal, capitalista, como se la quiera llamar sucede la misma paradoja que con la utopía marxista. Una y otra están basadas por caminos distintos en el postulado de la desaparición del Estado; pero éste, lejos de periclitar como vaticinaba Marx o de debilitarse como recomienda Hayek, se fortalece. Más aún: fortalece sus aspectos represivos a expensas de sus funciones protectoras del conjunto de la población. O, por decirlo de otro modo, vuelve a sus orígenes: una organización de ayuda mutua de los fuertes frente a los débiles en vez de ser como, por ejemplo, en la breve etapa de la utopía social demócrata, ya olvidada hasta por los que todavía se llaman social-demócratas un protector de los débiles frente al poder excesivo de los fuertes. Ya no hay "Estado Robin Hood", sino "Estado Sheriff de Nottingham". Y el papel que cumple su "mano visible" no consiste ya en amparar el bienestar social, sino en promover la iniciativa individual. Cuya suma, sabiamente dirigida por la "mano invisible del mercado", nos conducirá por un atajo ,nuevamente a la felicidad universal.
Tal vez sea así. Pero, en el mejor de los casos, eso toma cierto tiempo. Y durante ese tiempo, por lo menos, al Estado liberal le pasa lo mismo que ya vimos con el Estado marxista: que tiene que volverse represivo para garantizar el buen éxito de la liberación. Porque los excluidos (en el caso marxista, los capitalistas: en el caso liberal los pobres) se rebelan, y es necesario recurrir a la fuerza contra ellos. En los países ricos y con un Estado fuerte, esa rebelión no pasa de ser un problema de policía. Para controlar la violencia creciente de los pobres basta con expedir leyes más duras y construir cárceles más grandes. Por ejemplo, nunca había habido tantos presos por cada mil habitantes en los Estados Unidos como en los años agresivamente neo-liberales de Reagan y de Bush: la población penal se ha triplicado, al tiempo que se desmantelaban los mecanismos de protección y seguridad social. Antes, desde el New Deal intervencionista y keynesiano de Franklyn Roosevelt, el Estado subsidiaba a los pobres para que pudieran comer, vestirse y tener en donde vivir. Ahora les da vivienda, ropa y comida pero en la cárcel.
En los países menos desarrollados, que carecen de los recursos suficientes para multiplicar su sistema penitenciario y arrancan de una situación de desequilibrio mayor entre ricos y pobres (no son sociedades mayoritariamente prósperas con una minoría de pobres, sino mayoritariamente miserables con una minoría de ricos), las cárceles no bastan: se requieren los tiros. En los últimos tiempos hemos podido verlo en Venezuela de modo ejemplar. Primero, hace tres años, de manera directa, con el "caracazo" desencadenado por la eliminación de los subsidios a los alimentos y el transporte: los miserables de los cerros bajaron a saquear los supermercados de Caracas. Y hace ocho días, de manera indirecta, con el golpe fallido de los coroneles. Pues a diferencia de los golpes de generales, que son golpes oligárquicos la Argentina, Chile..., los golpes de coroneles son golpes de la clase media, a la vez angustiada por su propio empobrecimiento y escandalizada por el aumento de la corrupción, que es compañera inevitable del "enrichissez-vous".
Es posible que con la receta liberal nos vayamos a enriquecer en los próximos años. Pero es seguro que vamos a tener también caracazos, golpes de coroneles, y muchos tiros.

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