Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/06/19 00:00

La venganza de Matusalén

Los años no son sinónimo de decrepitud y esta nueva generación de viejos será difícil de sepultar en los asilos, la inactividad y el silencio

La venganza de Matusalén

¿Por qué la televisión es tan estúpida? Porque está diseñada por y para gente muy joven. ¿Por qué Juanes habla tan mal? Porque quiere seguir siendo un peladito. ¿Y por qué, en cambio, los artículos de López Michelsen hacen discutir a todo el mundo y ponen rojo de la ira a Uribe? Porque el hombre tiene más de 90 años y sabe más por viejo que por diablo. Búrlense del pelo y de la barba blanca de Carlos Gaviria: ya veremos en un debate público quién es capaz de oponerse a su argumentación.

Acabo de leer un libro apasionado y apasionante: El complot de Matusalén, escrito por el editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Frank Schirrmacher, que se ocupa, precisamente, del nuevo poder que van a tener los viejos. Como en Europa la población envejece a un ritmo que ya no tiene freno (aunque todas las europeas fértiles se pusieran hoy a procrear ya sería demasiado tarde para evitar lo que será ese continente dentro de 20 años), y como en pocos decenios los países más ricos tendrán una población mayoritaria de ancianos, se está tramando un complot. Los baby boomers, esa generación numerosísima de personas nacidas entre 1950 y 1965 (durante la última explosión demográfica de Occidente), están diseñando una estrategia de resistencia y ganas de supervivencia que correrá por cuenta de quienes, en los próximos años, dejarán definitivamente de ser jóvenes, pero seguirán siendo la mayoría que gasta, la mayoría que piensa y la mayoría que decide.

Esos muchachos, hoy ya casi cincuentones, no se van a dejar joder por las minorías jóvenes y por el culto zonzo e insensato a la juventud. Ellos están descubriendo y denunciando un nuevo racismo, el que persigue y discrimina a los viejos, y se defenderán con patas y manos de no ser segregados. Además, como es la generación de Woodstock, la que inventó Internet, revolucionó las relaciones familiares y las costumbres sexuales, la que no peleó ninguna guerra mundial (no se la puede acusar de genocidio), e hizo los más extraordinarios descubrimientos químicos y biológicos, sus miembros están en condiciones de producir una nueva revolución copernicana: los viejos, al fin, tendrán (quiero decir, tendremos), tal vez, una segunda oportunidad sobre la tierra, y serán los protagonistas de una nueva historia.

Hasta hoy la juventud tiene toda la buena prensa. A los jóvenes todo se les celebra -hasta las bobadas- y todo lo tienen permitido. Son los únicos que salen en las telenovelas (salvo una abuela desalmada o un anciano loco), los que presentan las noticias y salen en las revistas del corazón. Pero ojo: los viejos que vienen, los que estamos sintiendo con canas y calvicie los pasos de animal grande de la edad, estamos tramando un complot. Como dice Schirrmacher, no nos vamos a dejar hundir en la depresión por el lenguaje discriminatorio de los jóvenes, ni nos van a jubilar a los 60. Olvídense. No nos van a arrinconar, y estamos afilando las espadas para una pelea que será muy larga y que se desarrollará, básicamente, con conocimientos y palabras.

Parecería que los seres humanos naciéramos con un letrerito escrito en alguna parte, que dice: "Caducidad, 40 años". Después de los 40 nos empiezan a empujar y a echar codo los que vienen detrás. Pero hay por lo menos una cosa que mejora con el tiempo, el lenguaje, la capacidad de argumentar con palabras y experiencia. Ya veremos quiénes son los más rápidos en un chat y quiénes cuentan los mejores cuentos. Los años no son sinónimo de decrepitud, y esta nueva generación de viejos será difícil de sepultar en los asilos, en la inactividad y en el silencio. El último libro de García Márquez era mucho más fresco y vital que el de Efraim Medina.

Cada año la esperanza de vida en los países avanzados aumenta unos tres meses. En Inglaterra las personas centenarias pasaron de 11 por millón a casi 80 por millón en apenas 10 años. Eso por no mencionar a los setentones, que son legión. El mundo es cada vez más longevo, y aunque no haya vejeces idílicas, sí las hay productivas y vitales. La capacidad de aprender se alarga. Y hasta los rostros de los ancianos se volverán interesantes. ¿Se imaginan lo que sería la cara de Samuel Beckett si le hubiera dado por inyectarse bótox o por hacerse un lifting? Incluso en televisión volverán a mirar a la cara a los ancianos y estos tendrán más la agilidad de Gandalf, el de El señor de los anillos, que la del estereotipo cultural.

En vísperas de la vejez, la generación del baby boom se prepara para dar la batalla. Mientras los jóvenes se dedican a su rumba perpetua, los prospectos de viejo están yendo al gimnasio y, más importante aun, haciendo ejercicios para la inteligencia. ¿Cuántos jóvenes han leído el libro Neuróbicos de un viejo juvenil, Antonio Vélez? Pues ojo con los cuchachos: sepan que muchos cincuentones ya lo leyeron, y no se duerman, porque también ustedes, en un parpadeo del tiempo, verán, incrédulos, la aparición de la primera arruga. Como cada vez habrá más viejos, será mejor que nos preparemos para serlo.

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