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Opinión

  • | 2012/03/10 00:00

    La venganza

    El país no puede aceptar la idea de que todo lo que se dice en medio del odio y la venganza es mentira, y me temo que es lo que está ocurriendo.

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Siempre es la misma respuesta: Se trata de una venganza. Todas las acusaciones que están haciendo los jefes paramilitares desde las cárceles de Estados Unidos contra el expresidente Álvaro Uribe o contra funcionarios del Estado y miembros de la fuerza pública de su administración o de administraciones pasadas, o las que aparecen en las audiencias realizadas por los tribunales de Justicia y Paz en el interior del país, o las confesiones de Yidis Medina, o las declaraciones adversas que a diario salen en los juicios de corrupción que se adelantan contra el anterior gobierno, son desvirtuadas por los inculpados con el expediente de la vindicta.

Lo paradójico es que también los paramilitares le atribuyen la extradición y la persecución a sus familias al ánimo vengativo del gobierno del presidente Uribe. Le oí el argumento a Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, cuando se encontraba en un buque en alta mar en septiembre de 2007.

Me aprestaba para la grabación de un programa de televisión en compañía del exfiscal Alfonso Gómez Méndez y de Rocío Arias. Estábamos en el apartamento de Gómez Méndez. Rocío Arias recibió una llamada telefónica y me dijo que en la línea estaba Macaco y quería hablar conmigo. Lo escuche decir que el gobierno estaba cobrándole muy cara su disposición a contar las relaciones que había tenido con los políticos y la ayuda que había prestado para la elección y la reelección del presidente. Que no era cierto que siguiera delinquiendo desde la cárcel. "El acoso a que me someten y mi posible extradición son una venganza infame", dijo.

La palabra venganza se convirtió en el equivalente de mentira. El vocablo es el escudo de una legión de inculpados. Basta pronunciarlo y desaparece toda responsabilidad. Es, desde luego, un hábil recurso de quienes están en la picota. Y alguna razón deben tener. Quien recibe una afrenta o está ciego de odio puede acudir a la falsedad para hacerle daño a su enemigo. Pero también puede sacar a flote verdades que no se había atrevido a contar. Lo más corriente es que mezcle una y otra cosa.

El país no puede aceptar la idea de que todo lo que se dice en medio del odio y la venganza es mentira, y me temo que esto es lo que está ocurriendo. El horror que sale en cada declaración de los paramilitares ya no conmueve a nadie. Se reseña en algún periódico y se olvida al otro día. Ya muy pocos se detienen a examinar en detalle los fundamentos de las acusaciones.

Y esto es muy grave. Si no se aprovecha el momento para esclarecer lo que aconteció en el inmediato pasado, no podremos salir de la violencia y construir una democracia profunda. No estamos hablando de cosas livianas y errores menores. Estamos hablando de un verdadero holocausto y de un daño incalculable a las instituciones. Los asesinatos, las desapariciones, los secuestros y los desplazamientos forzados perpetrados entre 1995 y 2005 suman millones. Esa década infame tiene en sus espaldas el 70 por ciento de las víctimas de los últimos 50 años en el país. Y desde 2006 a 2008, en medio de la delirante pretensión de conseguir una segunda reelección, se vulneraron instituciones claves de la democracia.

La magnitud de los hechos desborda los tribunales de justicia. De eso no hay duda. Además el principal objetivo no puede ser el castigo generalizado y drástico para los responsables. El gran propósito tiene que ser la no repetición de los hechos y, entonces, la verdad y la reconciliación son las metas esenciales. Aclarar para seguir adelante. Aclarar para perdonar.

La idea de una Comisión de la Verdad esbozada por Martha Ruiz en su columna de Arcadia puede ser la salida. Una instancia de personas de intachables condiciones éticas y de alta respetabilidad nacional, sin atribuciones judiciales, que genere la máxima confianza. Un organismo que pueda separar la verdad de la mentira y entregarle al país un informe fidedigno sobre los notables que acompañaron a Carlos Castaño, las actuaciones de miembros de la fuerza pública y las acciones del expresidente Uribe y sus funcionarios.
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