Lunes, 16 de enero de 2017

| 2007/08/04 00:00

La venta de ‘El Tiempo’

Desde el punto de vista de los lectores, entre quienes me cuento, me parece que se perdió una oportunidad irrecuperable.

La venta de ‘El Tiempo’

Al cabo de semanas, meses, años de rumo-res y de chismorreos, por fin se acaba de anunciar oficialmente quién es el nuevo dueño de El Tiempo: la editorial española Planeta. Sin duda fue un buen negocio para los vendedores. Pero creo que para los lectores no lo es tanto.

No porque con sus viejos dueños El Tiempo fuera un buen periódico, así viniera siendo desde hace casi un siglo un gran periódico en cuanto a influencia y poder económico y político. Desde el punto de vista periodístico, sin embargo, lleva ya años siendo un producto de calidad mediocre y decreciente: pobre en la información, superficial en el análisis, arbitrario y voluble en el comentario. Su sección internacional es inexistente, la cultural es de una vaciedad indignante, las tiras cómicas están mal traducidas y los crucigramas parecen pensados para analfabetos. El periódico entero está mal escrito, desde las páginas editoriales hasta los avisos de muerto. Incluso la ortografía es vergonzosa. Y su posición de monopolio en la prensa escrita de circulación nacional no lo induce para nada a mejorar. Cabe aquí una anécdota personal: hace un par de años le dije al editor Roberto Pombo ("el mejor de los Santos", según los analistas):

-Roberto, yo leo dos diarios: El Tiempo de Bogotá y The Guardian de Londres. y el Guardian me toma cuatro horas, y El Tiempo cuatro minutos.

Me contestó:

-Tienes que mejorar tu inglés.

También en lo político ha venido declinando el periódico. Empezó hace cerca de cien años como abanderado del efímero partido republicano, y se convirtió luego en el más firme puntal de las ideas liberales en Colombia durante medio siglo, ganando inmensa influencia y pagándola (como dice su largo editorial de explicación de la venta) "con clausuras, censuras, incendios y represalias" por parte del poder. Pero a partir del Frente Nacional, convertido en la encarnación misma del colaboracionismo bipartidista, se retiró al núcleo duro de la defensa acrítica del sistema, representado por sus sucesivos gobiernos, fueran los que fueran y actuaran como actuaran. Para que no se cayera. Lo explicaba su director y accionista mayoritario Hernando Santos.

-Se nos caería encima, mijito.

No se les cayó. Y el diario, favorecido por la desaparición de su único rival de alcance nacional, pudo incluso aumentar su capacidad de influencia burocrática y mejorar sus resultados financieros. Pero es tal la dispersión de intereses personales de sus tres docenas de accionistas (unos quieren hacer periodismo, otros aspiran a ser ministros y presidentes, otros más sólo desean vender a buen precio su parte), que fue imponiéndose la necesidad de que alguien viniera desde afuera a poner orden: el "socio estratégico", como eufemísticamente se ha llamado al nuevo dueño mayoritario.

Los candidatos eran varios. Un grupo español, Prisa, en torno al diario El País. Otro argentino en torno a Clarín de Buenos Aires. El Grupo Santo Domingo (¿de Nueva York?), dueño de El Espectador. Todos ellos, o al menos los dos primeros, estaban en capacidad de aportar, además del capital, la experiencia periodística necesaria para recuperar la menguante calidad de El Tiempo y para mejorarla. Prisa parecía ser el mejor situado cuando, en el último momento, Planeta se llevó el gato al agua con una oferta económica superior, que nadie esperaba.

Entiendo la lógica capitalista de los vendedores. Pero desde el punto de vista de los lectores, entre quienes me cuento, me parece que se perdió una oportunidad irrecuperable. Planeta es una inmensa empresa editorial que tiene además intereses en televisión y publicidad, pero que carece casi por completo de experiencia periodística y tiene poco que aportar en ese campo. Es accionista de un periódico madrileño de escasa circulación, La Razón, y de otro catalán, Avui, editado en catalán y que sólo circula en Cataluña, así como de un diario comercial que se distribuye gratuitamente en el metro de Madrid. Si su propietario, José Manuel Lara, decidió lanzarse de modo intempestivo a la aventura de adquirir un diario colombiano, el motivo está, según se dice, en su estrecha amistad con el jefe de la derecha española, el ex presidente José María Aznar. El cual, al parecer, estaba empeñado en impedir que el Grupo Prisa, cercano a los socialistas españoles, siguiera aumentando su presencia y su influencia en América Latina, y en consecuencia le pidió a Lara que cortara por lo sano.

Son rumores. Chismorreos. A propósito de todo el opaco proceso de la venta de El Tiempo los ha habido en abundancia, incluyendo -como dice el presidente del periódico, Luis Fernando Santos- "algunas especulaciones que no tenía el objetivo de informar, como es la finalidad del periodismo, sino de actuar a nombre algún interés (...) externo al proceso". No es obligatorio, por supuesto, aclarar esos rumores (como dice Santos, "somos una empresa privada"). Pero si su finalidad es informar, sería bueno que informaran algo al respecto. Aunque no sea sino para evitarnos a los lectores la sorpresa de encontrar dentro de algunos meses en la dirección de El Tiempo a otro amigote de José María Aznar. Andrés Pastrana.

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