Opinión

  • | 2004/02/15 00:00

    La vergüenza y el símbolo

    El Nobel para Ingrid mostraría la degeneración de las guerrillas colombianas y la terquedad del gobierno

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El próximo lunes se cumplen dos años del secuestro de Ingrid Betancourt. En estos dos años, salvo alusiones pasajeras, nunca he escrito de verdad sobre este devastador drama humano, y tampoco sobre el símbolo en que se ha convertido la ex senadora y candidata presidencial. Un símbolo, al mismo tiempo, de la despiadada barbarie de las Farc, y de la desconcertante testarudez de

este gobierno frente al drama de los secuestrados. Sobre los secuestrados y sus familias podemos hacer, en una frase, un diagnóstico del problema: ellos están condenados a marchitarse entre una guerrilla despiadada y un gobierno sin compasión.

El secuestro como arma de lucha política es una opción bárbara y sin ninguna justificación ética. La injusticia social, por enorme e innegable que sea, no justifica este ataque indiscriminado contra civiles no combatientes. Aun si en Colombia existiera la esclavitud, para combatir la esclavitud no sería justificable el secuestro. El secuestro es un arma de lucha más inmoral que la inmoralidad social que la guerrilla pretende combatir.

El caso es que de una guerrilla convertida en traficante de drogas y en secuestradora, uno no se puede esperar piedad alguna. Tampoco puede tener muchas esperanzas de que quieran oír argumentos. En cambio, de un gobierno que se proclama democrático (y de corazón grande), uno sí podría esperar comprensión y compasión. No la intransigencia de Stalin, que se negó a negociar con Hitler el secuestro de su hijo, el cual terminó muerto en los campos de exterminio nazis, sino el pragmatismo de César Gaviria, que hizo negociar al gobierno colombiano para que la guerrilla devolviera a su hermano secuestrado. También Pastrana intercambió 15 guerrilleros de las Farc por 42 soldados y policías retenidos. Por motivos humanitarios. Y no por esto los dos gobiernos anteriores dejaron de luchar contra la guerrilla.

Cuando Sharon intercambia 400 terroristas de Hizbollah ni siquiera por dos soldados israelíes, sino por los cuerpos de dos soldados israelíes, tampoco está claudicando en su intento por derrotar a los terroristas: está haciendo un acto de piedad con las familias de los soldados muertos. Un acto humanitario gracias al cual también fue entregado vivo un industrial.

El gobierno colombiano podría tener alguna credibilidad en su política de intransigencia frente al intercambio humanitario si hubiera grandes éxitos en las operaciones de rescate. ¿Recuerdan la del gobernador de Antioquia y Gilberto Echeverri? Los mataron a ambos y todos los secuestradores escaparon. ¿Y el operativo por Doris Gil y su marido? Los secuestradores los asesinaron con solo oír el ruido de los helicópteros. Cuando no hay un rescate posible, con buena probabilidad de éxito, lo único sensato es la compasión por los secuestrados y sus familias.

Por supuesto que indigna tener que intercambiar secuestrados por secuestradores. Pero un gobierno serio y de verdad comprometido con su propio Ejército y con sus ciudadanos no deja que sus oficiales y soldados (y pongo el caso emblemático del oficial Elkin Hernández, que lleva casi siete años pudriéndose en un campo de concentración de las Farc en la selva) se marchiten media vida rodeados de alambres de púas y tratados como animales. O los rescata -y en siete años, si fuera eficaz, habría tenido tiempo de hacerlo- o se traga el sapo de un canje.

Hay un hecho nuevo, con razón recalcado hace pocos días por El Espectador. Importantes figuras internacionales, incluidos el Nobel de Medicina François Jacob y el prestigioso periodista Jean-François Revel, han propuesto a Ingrid para el premio Nobel de la Paz. Ella se lo merece como pocos en este momento de la historia del mundo. No sólo por su pasado independiente y su valor personal, sino también porque ella se ha convertido en un símbolo mundial del sufrimiento colombiano. Un sufrimiento doble: el de estar a merced de una guerrilla despiadada, y al margen de toda conmiseración por parte de un gobierno blando con el terror de derecha e intransigente con el terror guerrillero.

El Nobel para Ingrid, si se lo dan, mostrará como con una lupa la degeneración vergonzosa en que han caído las guerrillas colombianas. Y con ese mismo lente mostrará la indolencia y la terquedad de un gobierno que cree que entereza e intransigencia son la misma cosa. El intercambio humanitario es urgente no porque sea la mejor solución, sino porque es la única, en este momento, que disminuye el sufrimiento de muchas personas. Es vergonzoso para muchos de nosotros, periodistas colombianos, que hayan tenido que ser los intelectuales europeos los que convirtieran en símbolo de nuestras desgracias a Ingrid Betancourt. Ya es hora de que nosotros también la tomemos a ella como una bandera que pueda arropar a todos los demás secuestrados. En el sufrimiento de ella, y en su liberación, ojalá con todos los demás secuestrados, puede estar el principio de la solución definitiva de esta atroz epidemia nacional: el secuestro como arma de lucha política.
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