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Opinión

  • | 2010/12/25 00:00

    La vida de nosotros

    Durante años han escuchado minuciosamente mi vida tratando de establecer mis fuentes o de encontrar algo que logre liquidarme moralmente.

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En diciembre del año 2004 recibí la llamada de una fuente con la que había perdido contacto hacía tiempo. Me pidió que fuera a verlo a su despacho y dijo, además, que acudiera sin compañía porque tenía algo delicado para contarme. Cuando llegué me informó que, por razón de su trabajo y casi por casualidad, se había enterado de una serie de seguimientos ilegales en mi contra.
 
Sin más preámbulos me permitió oír tres grabaciones telefónicas de conversaciones mías. Dos de ellas eran con mi esposa sobre asuntos familiares. La tercera era una comunicación con el representante a la Cámara Telésforo Pedraza, en la que le preguntaba por el trámite en la Comisión Primera del acto legislativo que buscaba la reelección presidencial.
 
Por el contenido de la conversación concluí que había tenido lugar en mayo o junio de ese mismo 2004, unos días antes de la compra del voto de Yidis Medina, que hizo posible la reelección. La fuente me advirtió que no podía darme copia de las grabaciones y que me las dejaba conocer solamente para que tomara precauciones. Le agradecí y le dije que lo único que me preocupaba era la reserva de las fuentes de información.
 
Unos meses después arrancó para nosotros una pesadilla que incluyó amenazas telefónicas, envío de coronas fúnebres y varios correos electrónicos difamatorios e intimidantes. Como las peores amenazas estaban dirigidas a nuestra hija -que entonces tenía seis años-, decidimos salir de Colombia en agosto de 2005.
 
Gracias al Comité de Protección a los Periodistas (CPJ), de Nueva York, y al Knight Fellowship que funciona en la Universidad de Stanford, recibimos albergue por un año en un programa académico en Estados Unidos. Cuando terminó ese periodo, el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de California, Berkeley, nos invitó a permanecer un año más en ese país.
 
Volvimos a Colombia en junio de 2007 y nuestra vida se fue llenando de casualidades.
 
Apenas dos o tres días después de nuestro regreso, una camioneta de una lavandería, distinta a la que usualmente funciona en el sector, apareció. Todos los días, durante semanas, se estacionaba frente a nuestro edificio. Los porteros aseguraron que no atendía a ninguno de los residentes. Lo mismo dijeron los empleados del edificio del otro lado de la calle.
 
Noté varias veces que había carros que me seguían por las caprichosas rutas que escogía para ir al trabajo. También empecé a ver unos vendedores nuevos en la entrada de mi barrio. Mi correo electrónico se portaba extrañamente y en ocasiones informaba que alguien estaba consultándolo en ese mismo momento, desde otro computador.
 
Hace poco, la ex directora de Operaciones de Inteligencia del DAS Martha Leal declaró que recibió órdenes para averiguar movimientos financieros míos y de mis familiares. Aseguró también que desde un carro seguían los desplazamientos nuestros. Según ella: "En cuanto al periodista Coronell, la idea era establecer quiénes le suministraban información, pues el presidente Uribe estaba muy molesto por los informes que divulgaba contra él y su familia".
 
El ex director de Inteligencia del DAS Fernando Tabares narró las instrucciones que recibieron su jefa y él del secretario general de la Presidencia, en un desayuno en el Metropolitan Club: "El doctor Bernardo Moreno le manifiesta a la doctora María del Pilar Hurtado que el interés del Presidente de la República era que el DAS lo mantuviera informado sobre cuatro temas o aspectos principales: la Corte Suprema de Justicia, la senadora Piedad Córdoba, el senador Gustavo Petro y el periodista Daniel Coronell".
 
Durante años han esculcado minuciosamente mi vida tratando de establecer mis fuentes o de encontrar algo que logre liquidarme moralmente. No han podido hacerlo usando ilícitamente las herramientas de inteligencia del Estado, ni poniendo a circular información convenientemente distorsionada. Tampoco lo lograrán ahora.
 
La sistemática repetición de infamias e improperios le ha hecho perder fuerza a la campaña y ha terminado haciéndole más daño a quien los usa que a quien los sufre.
 
Seguiré cumpliendo con mi deber, mientras viva.
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