Jueves, 18 de diciembre de 2014

| 2013/07/13 00:00

La vida de nosotros

¿Cuál es la novedad? Todos los gobiernos del mundo han espiado siempre a los demás y a sus ciudadanos también. El espionaje ha sido siempre una de las herramientas del poder, público o privado.

La vida de nosotros Foto: León Darío Peláez / Semana

De un lado, el de los espiados, fingido asombro, fingida indignación, fingida enérgica protesta. Hasta el arrodillado gobierno de Colombia osa atreverse a pedir explicaciones por el espionaje de las agencias de inteligencia de los Estados unidos, en el mismo momento en que su propia Policía anuncia con orgullo que ya tiene un sistema llamado Puma (Plataforma Única de Monitoreo y Análisis)

para espiar ella también a quien quiera, a quien pueda. Como hacía el DAS, que con ese pretexto fue disuelto por el gobierno (y ahí sigue). ¿Disolverán también a la Policía? 

Y del otro lado, el de los espías, fingidas disculpas: es por lo del terrorismo, es por lo de la seguridad de los ciudadanos. Y en medio de ese fuego cruzado cae, víctima colateral, el gobierno de Luxemburgo, porque el Gran Duque está enredado con los servicios secretos británicos. Los cuales, por su parte, también espían a diestra y siniestra por cuenta propia y de las agencias norteamericanas, según revela el diario The Guardian.

No sé qué opine al respecto la revista Hola, que suele ocuparse de Grandes Duques y de cosas así. No creo que Hola vaya a opinar nada al respecto. Tal vez todos debiéramos ser tan discretos como Hola.

Pero, ¿cuál es la novedad? Todos los gobiernos del mundo han espiado siempre a los demás, y a sus propios ciudadanos también. Todos los ciudadanos se han espiado también los unos a los otros. El espionaje ha sido siempre una de las herramientas del poder, público o privado. 

Hace dos mil quinientos años el tirano Dionisio de Siracusa, tal vez por consejo del mismísimo Platón, encerraba a sus enemigos en una cantera de piedra que no solo tenía la forma sino las propiedades acústicas de una oreja: el tirano podía escuchar sus conversaciones, para después mandarlos ejecutar, si era el caso. Se llamaba, se llama todavía, y la visitan los turistas, la oreja de Dionisio.

Y después de la nota frívola sobre el Gran Duque del pequeño Luxemburgo y de la nota erudita sobre el filósofo griego, una nota de pintoresquismo local: todas las semanas, en los comentarios electrónicos de los lectores de esta revista, se anuncia lo siguiente:

“Venta de teléfonos para vigilancia. También aplicaciones espías para ‘smartphones’ y computadores. Ejerce tu derecho a conocer la verdad y a proteger a tus hijos del ‘bullying’. Obtén registros de llamadas, mensajes, redes sociales y más. Escucha audio ambiental. Descubre esposas infieles y empleados desleales”.

En todas partes, desde Utah, donde se encuentran las gigantescas instalaciones de la NSA, hasta Sicilia, donde existe todavía la Oreja de Dionisio, y desde Luxemburgo hasta Bogotá, espía todo el mundo a todo el mundo. Sin orden judicial, por supuesto. La canciller de Alemania Angela Merkel acaba de salir a explicar que el espionaje indiscriminado es necesario... ¿adivinan ustedes para qué?

Sí: para “protegerse se ataques terroristas”.

Hace unos años se dio en los cines una película titulada La vida de los otros que mostraba cómo en la Alemania Oriental comunista, donde nació la canciller, la Policía secreta espiaba las vidas de los ciudadanos. Pues resulta que en la Alemania reunificada, postcomunista y capitalista y ahora sí democrática de la postguerra fría, la Policía secreta sigue haciendo lo mismo.

Todo está grabado. Los twitters del papa Francisco. Las discusiones del consejo de redacción de TeleAntioquia. Las idas y venidas del difunto Osama bin Laden con sombrero de cowboy en el remoto Abbotabad. Probablemente esto que estoy escribiendo ahora. 

Solo en Colombia, y por una modesta inversión de cien mil millones de pesos, la Puma de la Policía tendrá, según anuncian sus jefes, 300 estaciones de trabajo en Bogotá y otras 400 distribuidas por todo el país. Con solo 29 años de retraso se ha cumplido la profecía de George Orwell en su novela 1984, y vivimos por fin en un estado totalitario perfecto. Tal vez no soñó Orwell que acabaría convertido en un escritor costumbrista. Como Kafka.

Pero tenerlo todo grabado presenta un problema práctico para su consulta, como el que tuvieron los cartógrafos de un antiguo imperio del que habla Jorge Luis Borges en uno de sus textos. Habían hecho un mapa tan minucioso y preciso del imperio que lo representaba exactamente como era, ciudad por ciudad, montaña por montaña, grano de arena por grano de arena. Pero el mapa, al desplegarlo, ocupaba todo el territorio del imperio. 

Solo esa metáfora nos defiende de nuestros defensores. 

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