Sábado, 21 de enero de 2017

| 1997/09/29 00:00

LANZAMIENTO DE PUÑALES

LANZAMIENTO DE PUÑALES

María Isabel Rueda se retiró de la licitación de espacios de televisión argumentando falta de garantías. Para ella, ni el gobierno ni la Comisión de Televisión aseguran un proceso claro, y por lo tanto prefirió no estar en él. Yo también decidí retirarme, y también por falta de garantías. La diferencia es que en mi caso quien atenta es gente que recibió un noticiero durante el gobierno anterior, y entre ellos el exponente más notorio, beligerante y agresivo es la propia María Isabel. En todo esto hay una gran farsa malévola. La farsa que pretende hacernos creer que ella recibió su espacio de televisión como premio a sus méritos, y que quienes los reciban en el futuro son los cómplices de un raponazo perpetrado por un gobierno censor para acallar su mente lúcida.No pretendo defender las adjudicaciones que hizo o que haga este gobierno. Y no lo hago porque considero que el sistema que se ha utilizado desde que existe este tipo de licitación es demasiado arbitrario y se presta para cometer injusticias y ejercer favoritismos. Pero tampoco puedo condenar ni aprobar las adjudicaciones anteriores que solo se distinguen de las actuales por el nombre de quien está en el poder. El mecanismo es idéntico: César Gaviria prefirió a unas personas sobre otras, y entre los beneficiados figuró, para su fortuna, la hoy indignada María Isabel Rueda. Esa fue una adjudicación a dedo pero llena de aciertos, entre ellos la creación del noticiero QAP, que no se me ocurriría cuestionar. Además, en esa oportunidad se acomodó en las concesiones del Estado un variado y democrático abanico de sectores sociales, desde periodistas hasta industriales de los textiles, sin que eso generara berridos de condena por parte de los entristecidos descabezados que le dieron paso a María Isabel. No veo porqué ahora deba ser diferente. En desarrollo de esta farsa se montó una especie de Gestapo de periodistas, encabezado por la Rueda, para descalificar a todos aquellos que pudieran tener la posibilidad de ejercer el periodismo en los canales estatales. Al comienzo fue un juego de salón, después fue una pelea social con sus amigos, y ya va en ataques bajos a sus colegas, escondido todo tras el disfraz de una moral sobre la que me permito dudar. El periodismo moralizante que ella practica es la versión actualizada de lo que hacía cuando dirigía el noticiero 24 Horas y tenía bajonazos de sintonía: montaba en el estudio números de circo de lanzamiento de puñales, donde un cavernícola disfrazado de indio enterraba los cuchillos a un milímetro del cuerpo de una mujer semidesnuda. La cosa ha evolucionado, por supuesto. Ahora lanza ella misma los cuchillos, con el ánimo de enterrárselos por la espalda a un político, a un periodista o a quien convenga, según los niveles del rating, del estado de ánimo o de los intereses de la periodista. Yo recibí la segunda puñalada trapera la semana pasada. Pero como no puedo caer en la misma aberración que critico, de defender mi posición sentado sobre un interés económico, resolví renunciar a mis acciones en un noticiero, una aspiración profesional que considero legítima. Pero lo hago para decirles a ella, a la especie de Convivir que ella preside y a quienes inflan el fuelle por debajo de la mesa, que en sus cuestionamientos no veo otra cosa que la defensa de un negocio y que eso, disfrazado de posturas moralizantes, es _esa sí_ una gran bajeza inmoral, porque utiliza el poder del periodismo para calentar el espíritu de las hordas, que ven la camándula en la mano pero se les esconde la chequera en el bolsillo.Me da miedo ser injusto. No quiero arropar en esta crítica a otros periodistas del noticiero, como María Elvira Samper y su equipo, que con el nuevo tono que le han dado a QAP tras el portazo de renuncia de María Isabel están demostrando que sí es posible hacer un buen noticiero sin ceder un milímetro en su visión de las cosas. Las cifras de audiencia lo demostrarán muy pronto. Y me da pena con los lectores, pues participar en este espectáculo de canibalismo me hace sentir como un exhibicionista que se abre la gabardina para ventilar en público sus vergüenzas. Le he debido hacer caso a Antonio Caballero, quien me dijo un día que recibir favores del Estado limitaba demasiado la libertad y se prestaba a equívocos difíciles de explicar. Lo que no me dijo es que una adjudicación tuviera el poder de empequeñecerle tanto el alma a ciertas personas.

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