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Opinión

  • | 2014/08/13 00:00

    Las apariencias engañan

    Todo viaje de mil kilómetros empieza con un primer paso (Nardone, 2009) y el proceso de recuperar la independencia y la libertad que se han perdido por el miedo al ‘qué dirán’, no es la excepción.

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“Si la gente supiera que no tengo con qué pagar los impuestos de la camioneta dejarían de tenerme envidia y me tendrían compasión”. Mujer de 48 años.

“Yo me casé por la presión de mi papá, porque él era un hombre católico muy dominante. Yo ya llevaba varios años de noviazgo y era una relación, digamos que sana. No sé qué tanto estábamos enamorados, de hecho ya no estábamos enamorados pero igual nos casamos y ahora con todo esto del divorcio, con el sufrimiento que hemos tenido todos, veo que fue un gran error. Pero no podía decir que no”. 
Hombre de 56 años. 

“Es muy duro ver que a mis 50 años, he vivido la vida que todos los demás esperaban de mí y que yo ni tengo claro qué me gusta hacer en mi tiempo libre. Ya no sé si me gusta dormir hasta tarde o levantarme temprano, si hago deporte por mí, por mi salud, por mi bienestar, o porque tengo que verme bien ante los ojos de los demás; tampoco sé si me casé por amor o por miedo a quedarme sola”. 
Mujer de 50 años.

“Si tú me preguntas, no sé si yo me hubiera casado con mi ex esposa -incluso me atrevo a decirte que no sé si hubiera tenido hijos-. Hoy en día los adoro, son mi vida y no me arrepiento en lo más mínimo de haberlos tenido, ¡al contrario! Todos los días le doy gracias a Dios por ellos. Pero viendo en retrospectiva, siento que muchas de las cosas que hice, de las decisiones que tomé, las tomé por el qué dirán, por el miedo a no cumplir con lo que se esperaba de mi”. 
Hombre de 42 años.

Los testimonios de estas cuatro personas no sólo reflejan lo que ellas han vivido: son también una clara ilustración de lo que viven tantas personas que por tratar de mantener una imagen frente a sus amigos, a su familia, en general frente a la sociedad, acaban viviendo una vida infeliz y vacía. 

Ser parte de una sociedad exige de las personas ciertos comportamientos y actitudes con los cuales deben cumplir justamente para poder convivir armónicamente. En ese sentido son útiles y necesarios y en ocasiones, por lo menos en Bogotá, haría falta una exigencia más fuerte para que las normas se cumplan con el fin de contribuir a generar una mayor conciencia sobre cómo afectamos a los demás con nuestra manera de comportarnos. Pero cuando a las personas “se les va la mano” en estar pendientes de los demás, de lo que piensan, de lo que opinan de lo que se espera de ellas, poco a poco van perdiendo su propia libertad para decidir, para identificar lo que les gusta y lo que no, lo que quieren y no quieren hacer, hasta llegar al punto de perder de vista por completo cuál era la vida que querían vivir. Y todo por darle gusto a los otros. Cuando esto ocurre, se sacrifica la propia libertad, por ejemplo, cuando se escoge la carrera que los padres prefieren así a la persona no sea la que le gusta, o cuando se casa con la persona ‘que toca’, o cuando se endeuda en exceso para hacer parte del club al que todo el mundo pertenece; o para irse de vacaciones como lo hacen todos los amigos, aun si eso implica gastar una enorme cantidad de dinero con el que no se cuenta, etc. 

Es así como a partir de un granito de arena se empieza a construir una bola de nieve que con el paso del tiempo se va volviendo cada vez más grande y cada vez más difícil de parar. No se trata de lograr que lo que piensan los demás nos sea completamente indiferente: se trata de aprender a escuchar para enriquecer las propias visiones pero sin sacrificar la independencia y la libertad que cada persona debe salvaguardar para evitar la frustración y el desengaño que sufrieron las cuatro personas que escribieron los testimonios transcritos al comienzo. 

Todo viaje de mil kilómetros empieza con un primer paso (Nardone, 2009) y el proceso de recuperar la independencia y la libertad que se han perdido por el miedo al ‘qué dirán’, no es la excepción. Empezar a identificar en la vida cotidiana cuáles son las cosas más sencillas que hacemos –o dejamos de hacer- contra nuestra voluntad, por darle gusto a los otros o por no contrariarlos, puede ser ese primer paso. Cosas como poder decidir a qué restaurante ir a comer el día del cumpleaños, definir qué deporte hacer y cuántas veces a la semana, decidir a qué horas levantarse los fines de semana, qué desayunar un domingo, si leer o ver televisión antes de acostarse, fumarse o no fumarse un cigarrilo, entre otras cosas aparentemente banales, son el primer paso para que cada persona pueda ir construyendo la seguridad en sí misma al momento de decidir cómo quiere vivir su vida. Si una persona puede decidir sobre cosas simples, puede también ir decidiendo sobre cosas más profundas: si se quiere casar o no, por cuál rito quiere hacerlo, si quiere o no tener hijos, cuántos y a qué edad, si quiere hacer un estudio de posgrado o no, en cuál universidad quiere estudiar y cuál es la carrera que escoge, si después de años de un matrimonio infeliz en el que se ha intentado todo para salvarlo la decisión finalmente es divorciarse, etc. 

Por fortuna, nunca es tarde para tener la vida que cada uno ha querido, ¡No es sino arrancar!
 
En Twitter: @menasanzdesanta
Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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