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Opinión

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El presidente electo AndrEs Pastrana habló en París de hacer la paz "en un semestre", mostrando con ello una irresponsabilidad considerable: despierta expectativas que no puede satisfacer, y que debería saber que no puede satisfacer. Pero o bien no lo sabe _y eso es grave: significa que una vez más tenemos un mal presidente; o bien lo sabe y no le importa_ y eso es aún más grave: significa que el nuevo presidente sigue de candidato. Problema habitual en Colombia: todos siguen de candidatos hasta la muerte, y aún después.
Pastrana sabe, o debería saber, que las expectativas de paz no se pueden cumplir en un semestre porque la guerra múltiple que desangra y empobrece al país no obedece a la voluntad de unos cuantos. No se debe a esas que en su momento de promesero electoral Belisario Betancur llamó "causas subjetivas de la violencia" _ambiciones, odios, rencores, codicia_, aunque éstas tengan, claro está, cierto grado de influencia sobre la situación; sino a muchas y muy hondas "causas objetivas", políticas, económicas y sociales, no sólo de raíz local sino también internacional. Con aquello de las "causas objetivas y subjetivas" Betancur hizo un gran daño, porque puso a las unas y a las otras en un mismo plano de importancia, y no es así. Aquí no hay guerra porque la hayan declarado o desencadenado unos cuantos dirigentes políticos, como pudo ser el caso de la violencia interpartidista de los años 40 y 50 (que tampoco era tan sencilla). Hay guerra porque no hay condiciones para vivir en paz. Y la paz no se logrará porque la deseen unos cuantos dirigentes, o incluso la mayoría de la población (ese inocuo 'voto ciudadano por la paz' al cual sus promotores le dan tanta importancia, cuando es apenas comparable a una rogativa hecha a un santo para que llueva o escampe). A la paz sólo se llegará cuando hayan desaparecido las causas de la guerra.
Pero esas causas, lejos de atenuarse, han venido agravándose y además multiplicándose. Son hoy más hondas que hace 30 ó 40 años. Y también más numerosas. De ellas, cuatro o cinco merecen destacarse.
La lucha por la tierra. Es centenaria _data de la Conquista_ pero en las últimas décadas ha aumentado por el hecho elemental de que ya no queda tierra. A la contrarreforma agraria de los narcos, que ha concentrado la propiedad más que nunca, hay que sumar la eliminación de los cultivos de pancoger, la disminución de la productividad (y de la producción) del campo, la destrucción de las aguas y la saturación de la antes llamada 'frontera agrícola': ya no hay a dónde irse. Por eso el millón y medio de los desplazados por la violencia en los últimos 10 años no repiten la aventura de la colonización de la selva que emprendieron sus padres expulsados por la violencia partidista: ahora también la selva tiene dueño. Y por añadidura la fumigan.
El desempleo, tanto rural como urbano, que aumenta sin cesar: por la ruina del campo, y por la quiebra de la mediocre industria nacional, provocadas ambas en buena parte por la llamada 'apertura'. Traducida a su sentido real, la palabra 'desempleo' significa que en las estructuras actuales de la sociedad y la economía colombianas sobran 10 ó 15 millones de personas: gente que no produce, y que lo poco que consume lo obtiene de la caridad pública (planes de rahabilitación, redes de solidaridad, etc.) o del ejercicio de la violencia. Guerrillas, paramilitares y delincuencia común son, en buena parte, desempleo armado.
La aberrante distribución de la riqueza y del ingreso: posiblemente ningún país de América Latina _y no hablemos ni siquiera del Asia_ registra un abismo tan grande entre el puñado de los más ricos y la masa inmensa de los más pobres; y en ninguno ese abismo se sigue ensanchando tan aceleradamente.
La inexistencia de la justicia. La impunidad para todo tipo de delitos, desde el secuestro extorsivo hasta la financiación ilegal de las campañas electorales, hace que en Colombia sólo impere la ley del más fuerte: es decir, del que anda armado, sea guerrillero, paramilitar, militar, o rico que contrata guardaespaldas.
La represión política. Aquí no se prohíbe la discrepancia ni la protesta, pero se mata al que protesta o discrepa. Se congratulaba en estos días El Tiempo de que la "izquierda" no hubiera conseguido ni los 50.000 votos que exige para no sé qué el Tribunal Electoral, y atribuía ese deterioro, bobamente, a la caída del Muro de Berlín, del cual la inmensa mayoría de los colombianos nunca supo que existía. El motivo es más bien otro: el exterminio. Bajo Samper, bajo Gaviria, bajo Barco, bajo Betancur, bajo Turbay, bajo López, bajo Pastrana, bajo Lleras, bajo Valencia, bajo el otro Lleras, bajo la Junta, bajo Rojas, bajo Gómez, bajo Ospina, en Colombia han sido asesinados sistemáticamente cada año, por los militares, la policía y sus compinches civiles, millares de miembros de lo que El Tiempo llama "izquierda": comunistas o militantes de la Unión Patriótica, sindicalistas, líderes de paros cívicos o de marchas campesinas, defensores de derechos humanos, dirigentes indígenas, guerrilleros reinsertados, desde Guadalupe Salcedo en adelante. Desde hace medio siglo Colombia vive bajo un régimen de terror.
A todo lo anterior hay que añadir, por supuesto, la inoperancia del aparato del Estado y de quienes lo han manejado en estos 50 años. La inoperancia o, en muchos aspectos, la acción criminal del Estado y de sus dueños. Y también, claro está, la intervención, muchas veces criminal y siempre nefasta, del gobierno de Estados Unidos y de los intereses económicos norteamericanos, desde el petróleo hasta la droga, desde el anticomunismo hasta la fumigación aérea.
No creo, sinceramente, que Andrés Pastrana pueda cambiar todo eso en su primer semestre de gobierno. Es más: no creo que quiera hacerlo.
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