Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2010/06/16 00:00

Las claves de la operación Camaleón

El trabajo de inteligencia militar y la estrategia empleada por las fuerzas especiales del Ejército fueron las claves del éxito en el rescate de los secuestrados.

César Augusto Castaño Rubiano

Cuando se habla de la historia del espionaje, se sabe que en sus inicios sus esfuerzos se dirigían a conocer cuántos soldados y jinetes tenía el enemigo, qué caminos seguirían en su avance, cómo eran sus armas. Tiempos en los que mercaderes, embajadores, agentes disfrazados de trovadores, monjes y bufones fungían como espías; en los que los mensajes se transmitían a través del tañido de las campanas, empleo de palomas, rudimentarias tintas invisibles, mensajes cifrados o flechas a las que se ataban pergaminos.

El espionaje ha sido una constante desde tiempos remotos. Muchos siglos antes de que surgieran los primeros escritos sobre la guerra, los jefes militares hacían hasta lo imposible por conocer los secretos de sus enemigos. De las ideas expuestas por Sun Tzu en el ‘Arte de la guerra’, obra escrita hace más de 2.500 años, una de ellas explica el valor de la inteligencia en el escenario bélico: “obtener cien victorias en cien batallas no es el culmen de la destreza militar; el culmen de la destreza militar es doblegar al enemigo sin combate”. Una máxima que tiene como base la continua planificación basada en el uso de estratagemas, el rechazo a las campañas prolongadas, el aprovechamiento de los recursos materiales del enemigo y la utilización de espías.

Pero esta compleja tarea se ha venido adaptando a los nuevos tiempos, siendo asumida por cuerpos especializados de alto nivel profesional, como es el caso de la inteligencia militar del Ejército, un organismo que, como otros en el mundo, se ha convertido en pieza fundamental en el arte, siempre evolutivo, de la guerra. Sus integrantes han hecho suyos los avances en los campos del pensamiento, el progreso de las ciencias y las innovaciones tecnológicas, sumando a lo anterior la experiencia acumulada en exitosas operaciones, como la Fénix o la Jaque.

La operación Camaleón, que condujo al rescate del Mayor General Luis Mendieta, los Tenientes Coroneles Luis Enrique Murillo y William Donato y el Sargento Mayor Arbey Delgado Argote, es el reflejo de esa labor desarrollada por la inteligencia, bajo un estricto secreto y clandestinidad, razones suficientes para impedir que sus detalles sean revelados. Aún están frescas las declaraciones que se hicieron sobre operaciones como Jaque, donde nada quedó a la imaginación. Ojalá en este caso, los mandos militares y el estamento político administren el éxito con prudencia, pues con ello ayudan a preservar la identidad de quienes hicieron posible este logro.

Debe insistirse en el sigilo profesional, pues en ese misterioso papel que cumplen los hombres de inteligencia, la vida está en vilo a cada instante. Basta recordar un detalle que pasó desapercibido para los medios. En una de las tantas entrevistas concedidas por los liberados, uno de ellos rindió un homenaje a ‘Walter’, un miembro del cuerpo secreto que fue asesinado, hace un mes, en el Guaviare, cuando desarrollaba actividades en procura de lograr información sobre los plagiados.

Pero si bien la inteligencia militar jugó un papel decisivo para el planeamiento, fueron los comandos de las Fuerzas Especiales quienes desarrollaron con absoluta precisión su trabajo en el campo de combate. Para quienes desconocen su existencia y las capacidades que tienen estos soldados, vale la pena comentar que son hombres seleccionados bajo estrictos procedimientos. Su proceso de formación incluye cursos que los capacitan para el combate, entre otros: lancero, paracaidista, comando y explorador. Su entrenamiento contempla extenuantes jornadas de fortalecimiento físico, preparación psicológica, tiro de precisión, manejos de explosivos, primeros auxilios, derechos humanos, táctica y estrategia.

Su especializado adiestramiento les permite desarrollar incursiones sorpresivas, rescatar secuestrados, asaltar objetivos por tierra, agua o aire, desarrollar reconocimientos de corta duración sobre áreas determinadas, seleccionar y adecuar zonas de aterrizaje para aeronaves, deslizarse por cuerdas desde grandes alturas y desplegar rápidas operaciones en zonas selváticas y montañosas. Cuentan además con expertos tiradores, capaces de alcanzar objetivos a grandes distancias.

El éxito de los comandos en desarrollo de esta operación tuvo como elemento fundamental la sorpresa, una acción relámpago que indiscutiblemente bloqueó la reacción del adversario, sin darles tiempo de maniobrar para romper el nutrido fuego a que estaban siendo sometidos. Pero además, por su contundencia, llevaron a los guerrilleros al terreno emocional produciendo pánico y confusión, dos elementos que favorecen operaciones de este tipo. Sun-Tzu decía que la celeridad es la esencia misma de la guerra. Aconsejaba este estratega que se debía aprovechar la falta de preparación del enemigo, recurriendo a acciones imprevistas, para atacarle cuando no estuviese preparado. Un consejo que, sin duda alguna, siguieron cuidadosamente los hombres de élite del Ejército.

Un detalle que devela el profesionalismo con que actuaron los comandos lo puso en evidencia el General Mendieta, quien precisó que el rescate no fue a sangre y fuego, sino sencillamente a fuego, pues la misión asignada a este cuerpo especial, integrado por 20 hombres, era la de asegurar las vidas de los secuestrados y no la de provocar enfrentamientos que hubiesen tenido consecuencias imprevisibles. El fuego indirecto, pero incesante, y el ensordecedor estallido de las granadas fueron de tal magnitud, que disuadieron a los insurgentes, quienes huyeron despavoridos abandonando armas y equipos, un amargo recuerdo que permanecerá en la mente de alias ‘Chucho Díaz’, integrante del séptimo frente de las Farc y sus camaradas, claro está, si sobreviven a la implacable justicia revolucionaria anunciada por sus antiguos compañeros.

Ese factor sorpresa imposible hasta hace unos años, por la escasa capacidad aeromóvil que tenían las Fuerzas Militares es una de las variantes clave en esta guerra irregular. Puede concluirse que la iniciativa, sumada al empleo de hombres especializados, la capacidad de fuego, una mayor movilidad, una total claridad en los objetivos, el trabajo de filigrana de la inteligencia y un mando militar con capacidad y liderazgo, han sido los factores que explican la serie de éxitos sucesivos del Estado contra la guerrilla en los últimos años.

Estas victorias, definitivamente, no han sido producto del azar o de la buena suerte, sino del trabajo de las tropas terrestres y de los pilotos de la aviación del Ejército. Pero también del anónimo y silencioso esfuerzo de cientos de soldados sin uniforme, héroes ajenos al reconocimiento público, miembros de la inteligencia militar humana y técnica, que saben que sólo el secreto y la paciencia son las claves que permiten transformar lo ordinario en extraordinario, pues no hay enemigo tan valiente que no pueda ser perturbado por lo inesperado.


 
* Miembro de la Academia de historia militar


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