Jueves, 2 de octubre de 2014

| 2013/02/09 00:00

Las cortes politiqueras

Se la pasan sesiones enteras enfrentados, al mejor estilo del Senado, por ver quién tiene el poder.

José Manuel Acevedo M.

Hace un año, por estas mismas fechas, el gobierno nacional, el Congreso y las altas cortes se pusieron de acuerdo para decirnos que el proyecto de reforma a la justicia que avanzaba en el parlamento constituía un hecho histórico para Colombia. Pocos meses después supimos que lo único histórico de aquello era la vergüenza con la que quedaron marcadas las tres ramas del poder público, que se arroparon bajo la misma cobija.

Ahora andamos sin reforma y sin justicia y, sobre todo, sin esperanzas de que en el Legislativo se pueda discutir seriamente un cambio institucional de fondo.

Con una percepción peor que la de los congresistas en los últimos sondeos de opinión, los altos jueces de la Nación sólo piensan en defender su jugoso régimen de pensiones y elegir amigotes en cada corporación. ¿Cuándo han convocado a una sala plena para discutir su pésima imagen entre los colombianos? ¿Es algo que los inquieta? La respuesta es no.

En cambio se la pasan sesiones enteras enfrentados, al mejor estilo del Senado, por ver quién tiene el poder y cómo pueden acomodar sus fichas para saber cuál es más fuerte.

 

La Corte Suprema de Justicia se debería denominar Corte Suprema de Política, y el Consejo de Estado puede ejercer mejor sus funciones electorales internas si se comienza a llamar ‘Concejo’ de Estado.

No exagero: en la primera hay bloque costeño, Ordoñistas y uno que otro independiente. Las salas –civil, laboral, penal– son auténticas bancadas en una lucha incesante por el poder político. En el Consejo de Estado hay ‘bloque papero’ (magistrados de origen cundiboyacense), ‘bloque rosarista’ y ‘bloque externadista’. Así se autodenominan y en consecuencia opera cada rosca a la hora de llenar la vacante de algún magistrado que ya cumplió su período. 

El resultado de esta puja politiquera es una justicia lenta que tarda más de seis meses para escoger un magistrado. 

En el caso del Consejo de Estado no han sido capaces de seleccionar el reemplazo de la magistrada María Nohemí Hernández, que salió en junio del 2011, ni el de la hoy ministra de Justicia, que dejó de ser consejera desde julio del 2012. Mucho menos se han puesto de acuerdo para mandarle al Congreso una terna con la que se sustituya al magistrado de la Corte Constitucional Humberto Sierra, quien cumplió su periodo en septiembre.

En la Corte Suprema la silla de Jaime Arrubla está vacía desde hace un año y otras tres llevan más de seis meses sin ser ocupadas por la falta de definición de los magistrados.

Dice El Nuevo Siglo que la matemática electoral y el régimen de mayoría calificada han complicado el sistema de cooptación. La verdad es otra, pues cuando se trata de reciclar compadrotes o de dar las gracias por los favores recibidos, la Corte se mueve rápido: eligió en tiempo récord a Francisco Ricaurte magistrado del Consejo Superior de la Judicatura y lo mismo ocurrió con el polémico Pedro Munar.

El trabajo serio se lo dejan a los magistrados auxiliares. Ellos, los sonrientes titulares, propietarios de togas hechas a la medida, andan demasiado embolatados dando entrevistas a los medios y haciendo política con cada elección de magistrado como para ocuparse de esas nimiedades de impartir justicia y fallar en derecho. 

Twitter: @JoseMAcevedo 

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