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Opinión

  • | 2000/02/28 00:00

    Las dos caras de Jano

    Vicente Torrijos analiza para SEMANA.COM las consecuencias que traerá al país el paquete de ayuda de Estados Unidos.

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Por Vicente Torrijos R., profesor de ciencia política y relaciones internacionales en la Universidad del Rosario.



Jano era una de las más antiguas divinidades romanas. Se le representaba con dos rostros barbudos situados opuestamente. Su fiesta se celebraba el primero de enero, mes que fue designado con su nombre. Con un rostro miraba hacia el año pasado y con el otro miraba hacia el entrante.

La política de paz del presidente Andrés Pastrana opera de la misma manera. Con una cara puede verse el diálogo y la negociación, que si bien continúan, ya están quedando atrás; y con la otra se observa la guerra que viene, diseñada por Estados Unidos.



La mirada hacia atrás

Hace año y medio, al fragor de la segunda vuelta, el candidato conservador elaboró un programa de paz de 20 puntos.

Ese programa, y las fotografías de última hora en las que aparecía junto al comandante ‘Marulanda’, generaron cierto compromiso y un clima de aproximación y diálogo que se extendió a lo largo de 1999.

El Presidente no escatimó esfuerzo alguno para comprometer a las Farc con su política. Hizo todas las concesiones posibles para que nadie le culpara luego de frustrar el proceso.

Pero toda esta actitud, permeable y conciliadora, tenía un trasfondo claro: si la generosidad extrema no daba frutos, la fuerza, como única alternativa posible, tendría legitimidad asegurada.

Hace año y medio, por ejemplo, el Presidente pensaba que “los narcocultivos no se erradicarían ni con fumigaciones ni con actos de fuerza”. Hoy piensa todo lo contrario.

Hace año y medio él pensaba que “para afrontar con éxito el tema de los narcocultivos resultaba indispensable llegar a una solución del conflicto armado”. Hoy avanza justamente en la dirección contraria.

Hace año y medio el Presidente también pensaba que “no habría paz sin una reforma política de fondo”. Pero hoy tal reforma política no existe, y lo que es peor aún, el clientelismo, las maquinarias y los minipartidos que, según él, habían fundado los congresistas por doquier, siguen existiendo y todo hace pensar que, lejos de desaparecer, se consolidarían aún más en las elecciones de fin de año.

Otro cálculo que hacía el Presidente apuntaba a involucrar a los empresarios en su proceso de paz.

Básicamente, el plan consistía en “desplazar al Consejo Gremial Nacional hacia la zona de distensión para identificar conjuntamente con los alzados en armas y la comunidad en general proyectos agroindustriales”.

Pero hoy tales proyectos no existen y, aparte de los sinceros esfuerzos de don Nicanor Restrepo, es muy poco el interés que el equipo de gobierno logra suscitar entre los empresarios.

Como si fuera poco, el mismo Presidente que acertadamente pensaba hace año y medio cuán necesario resultaba fortalecer las relaciones “con Estados Unidos para concertar con ellos la colaboración destinada a iniciar la redención económica y social de las zonas más afectadas por el conflicto”, hoy acepta a ciegas el interés coyuntural del Partido Demócrata y recibe 1.500 millones de dólares en equipo militar para erradicar cultivos y eliminar al adversario.

En pocas palabras, el presidente Pastrana ha invertido toda la lógica política con la que fue elegido y está llegando a la conclusión apresurada, y altamente riesgosa, de que poniendo todo el acelerador en la maquinaria de guerra importada logrará en uno o dos años el mítico ‘empate militar’ mediante el cual obligará a la guerrilla a negociar su rendición justo antes de abandonar el Palacio de Nariño.



La mirada hacia adelante

Como es apenas natural, la ronda de negociaciones que se inicia esta semana arranca en un clima de máxima desconfianza y tirantez.

Muy lejos parecen los momentos en que el Presidente decía “yo creo en la palabra de ‘Tirofijo”, o “yo tengo una teoría: las Farc quieren entrar a ocupar un espacio político, ese espacio político existe y ellos lo pueden llenar”.

Después de un año recibiendo acusaciones de condescendiente y blando el Presidente ha decidido darle un giro a su política.

En efecto, la lección militar de mayo del año pasado no ha sido digerida por completo. Muy confundidos por la forma en que el gobierno estaba conduciendo la política de paz los altos mandos renunciaron en masa y, liderados por el Ministro de Defensa, emplazaron abiertamente al Presidente.

Al mismo tiempo el clima internacional resultaba insostenible y bochornoso. Perú, Ecuador y Panamá movilizaban tropas hacia la frontera. El nuevo gobierno de Venezuela se declaraba ‘neutral’ frente al conflicto. Las probabilidades de que Estados Unidos estuviera liderando una fuerza regional para intervenir en la Amazonia se fortalecían.

El mismo presidente Pastrana se vio en la obligación de aclarar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que no permitiría ninguna intervención en territorio colombiano so pretexto de luchar conjuntamente contra las guerrillas.

Entonces, ¿era, o no era sostenible el modelo negociador?

La fuerte presión interna de los militares que, legítimamente, manifestaban su desconcierto, y la andanada de gobiernos vecinos alarmados por la posibilidad de que fructificara en el área la ‘teoría del dominó’, en la que basa sus razonamientos políticos la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, precipitaron el cambio de rumbo: de la generosidad total a la confrontación total.

“Por la paz lo arriesgo todo”, había dicho el Presidente a comienzos del año pasado. “Estoy dispuesto a jugármela toda por la paz”, agregaba. Y en su imaginario político así lo hizo. A medida que cedía una y otra vez ante la guerrilla sentía que estaba cumpliendo con ese mandato de conciencia.

Si, finalmente, la guerrilla se plegaba a su programa y se entregaba, perfecto. Pero si hacían caso omiso de su bondad extrema tendrían que asumir las consecuencias y serían castigados.

Castigados con 30 helicópteros UH-1, probados en combate en las selvas de Vietnam, y 30 UH-60 Blackhawks, lo más excelso del ejército norteamericano.

Batallones antinarcóticos, apoyo satelital de máxima tecnología, aviones furtivos de insospechada precisión. Todo un derroche de poder y sofisticación en el cual sólo faltan las armas inteligentes: misiles Scud y Tomahawk que, la verdad sea dicha, no son los más indicados para la guerra en una selva como la amazónica.



¿Ganar la guerra?

Este nuevo enfoque, el de la confrontación total, es altamente comprometedor y puede ser tan infructuoso como el de la generosidad total.

Los propios militares lo saben. Sedientos como están de apoyo logístico y de mejor armamento, los nuevos equipos les llegan como caídos del cielo.

Pero ellos saben perfectamente que, en sí misma, la escalada bélica no conduce a la victoria cuando la esencia del conflicto permanece inalterada.

En otras palabras, si los ciudadanos norteamericanos siguen siendo los principales consumidores de droga en el mundo y el dinero que ellos pagan por la droga que consumen viene a parar de alguna forma a las selvas del Caguán, ¿no son los mismos norteamericanos que ahora envían armas al Ejército colombiano los que están financiando indirectamente a las guerrillas?

Los militares colombianos, cada vez más versados en la ciencia política y la economía internacional, saben a la perfección que las iniciativas contrainsurgentes exitosas funcionan como un trípode que se viene abajo si una sola de sus patas cae.

Ese trípode funciona con un criterio político: la lucha contra la corrupción; un criterio económico: la superación de la pobreza; y un criterio militar: adecuada conducción de las operaciones.

¿De qué sirven, pues, 1.000, 3.000 ó 6.000 millones de dólares si los norteamericanos siguen consumiendo droga frenéticamente y en Colombia sólo funciona una de las patas del trípode contrainsurgente?

De tal forma, la asistencia militar de Estados Unidos podrá ser útil para que el candidato demócrata refuerce su posición publicitaria y se convierta en el nuevo presidente norteamericano.

Pero, luego, los mismos contribuyentes norteamericanos percibirán con claridad que están enviando su dinero a saco roto, como lo hicieron en su momento en Centroamérica.

Para entonces, ni habremos ganado la guerra, ni habremos logrado la paz. Y, naturalmente, tendremos que volver a echarle un vistazo a las tesis que en su momento promovió con tanto ahínco el candidato conservador. Al fin y al cabo la mitad de los colombianos votó por el mandato ciudadano por la paz.
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