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Opinión

  • | 1990/08/20 00:00

    LAS ESTADISTICAS

    LAS ESTADISTICAS NO SON TAN FRIAS COMO LA GENTE PIENSA. SON COMO UNA RADIOGRAFIA DE LA SOCIEDAD EN QUE VIVIMOS. SON EL ESPEJO HUMANO.

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Hay un cuento, viejo y bueno, según el cual uno no debe creer en las estadísticas. Por una razón muy sencilla: porque si usted tiene mil pesos, y yo no tengo nada, de acuerdo con las estadísticas tenemos quinientos pesos cada uno.
Sin embargo, y a pesar de esas prevenciones, confieso que me apasionan las estadísticas. Las devoro hasta el hartazgo. Soy un aficionado a coleccionar y memorizar los datos más extravagantes del mundo. Si ustedes quieren una prueba porque desconfían de mi palabra, les puedo decir de una vez cuántas calles de número impar hay en Burundi, cuál es el tamaño promedio de los granos de la cosecha de arroz de Taiwán, qué porcentaje de tibetanos cojean de la pierna derecha o qué proporción de zurdos habita en las áreas rurales del Paraguay.
No sé porqué, y a lo mejor es uno de esos misterios insondables de la naturaleza humana, pero lo cierto es que las cifras, los cuadros sinópticos y las columnas gráficas han ejercido una fascinación sobre intelectuales y literatos.
Baste con recordar que León de Greiff y Luis Vidales, dos de los más grandes poetas colombianos, fueron empleados estadígrafos del gobierno. Aunque, bueno es decirlo en aras de la verdad, el maestro De Greiff era ingeniero.
Por si fuere menester traer a cuento un tercer caso, ahí está el ejemplo de Rulfo, ese prosista incomparable, el padre de Comala, inmortal solamente con dos libros, que era funcionario de la dependencia oficial mexicana que se encarga de registros y números.
Toda esta larga y complicada historia es para decirles que en estos días cayó en mis manos una auténtica joya. Se trata de "Colombia Estadística", un memorable ladrillo de mil páginas, publicado por el DANE, en el cual cabe el país entero, desde el número de niños gagos que hay en Montería hasta los números de los zapatos que mayormente se vendieron el año pasado en los almacenes de Tunja.
Ustedes ni se imaginan las maravillas de informaciones que se pueden pescar en esas páginas, perdidas entre una verdadera telaraña de líneas punteadas y cifras que parecen un crucigrama.
Por ejemplo: es un hallazgo descubrir que el Caquetá podría ser catalogado como el departamento más contradictorio de Colombia: es el más extenso de todos, con 89 mil kilómetros cuadrados, pero es, al mismo tiempo, el que menos habitantes tiene, con sólo 220 mil. La moraleja es obvia: en esas regiones sobra tierra o falta gente.
Las estadísticas, que parecen frías pero que son muy entretenidas cuando uno les pone cariño e interpretación, enseñan que el departamento que más forasteros tiene es el Meta: de cada cien pobladores suyos, 56 nacieron en otras regiones del país.
Yo no sé si ustedes lo sabían, pero son más los viajeros que llegan que los que salen de Colombia. De acuerdo con las cifras más recientes que se conocen en esas materias, y que corresponden al primer semestre de 1988, llegaron a nuestro territorio 632 mil personas, mientras que 632 mil viajaron al exterior.
En ese tema viajero, las estadisticas, que Napoleón odiaba tanto porque lo obligaban a someterse a los controles fiscales del Estado, traen una genuina curiosidad: el mayor número de pasajeros que se movilizan por via fluvial, en toda Colombia, se encuentran en Leticia y sus tierras amazónicas -por el gran río, sin duda alguna- y el primer lugar en viajeros terrestres lo tiene Cúcuta. Ello se debe, como es apenas natural, a la gran movilidad de gentes que hay en la zona de frontera con Venezuela.
Para que vean ustedes cómo son reveladores los datos estadísticos, les cuento esta sorpresa: la ciudad colombiana que recibe el mayor número de turistas no es Cartagena con sus murallas históricas, ni Santa Marta con sus playas, ni San Andrés con sus embrujos, ni localidad alguna de Boyacá con sus montañas verdes, ni Bogotá con su tamaño descomunal. Es Ipiales, una ciudad intermedia de Nariño, pero que tiene la fortuna de estar situada a un paso del Ecuador.
Supongo que ustedes ya lo sabían, pero como dicen que lo que abunda no daña, me permito recordarles que el Chocó es el departamento donde menos sentencias judiciales se dictan en un año: 33, en promedio.
De manera, pues, que las estadísticas no son tan frías como la gente piensa. Ocultan su encanto, es verdad, pero se le puede encontrar hurgando un poco más allá de la superficie. Son como una radiografía de la sociedad en que vivimos. Son el espejo humano. Lo único que hasta ahora no he podido encontrar es la información sobre el número de periodistas que, cuando no tienen tema para escribir una columna semanal, pueden salirse del problema escribiendo una página sobre las estadísticas. Hasta para eso sirven...
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