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Opinión

  • | 2011/12/01 00:00

    Las FARC y la confianza en el sistema democrático colombiano

    ¿Será posible que se ganen un puesto político? ¿En qué escenario podemos pensar que su apoyo político es lo suficientemente grande como para ganarse algo?

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El fin de semana pasado el país conoció la noticia de la masacre atroz y de ninguna manera justificable de cuatro rehenes – tres policías y un militar secuestrados - a manos de las FARC. La reacción fue inmediata y de repugna general, y la reacción política también fue rápida pues ahora en el debate en el Congreso sobre el llamado “marco jurídico para la paz”, se ha discutido mucho remover la posibilidad de participación política por parte de los desmovilizados. A pesar de la masacre atroz de las FARC, hay razones para todavía incluir la posible participación política de los desmovilizados en la ley.
Las FARC – gústenos o no – siguen siendo un actor con motivaciones políticas, obviamente entre otras. Tiene una filosofía política, sea bien o mal desarrollada, un hecho claro cuando pensamos en qué pasaría si las FARC tomaran el poder político mañana: el país, sin duda, no sería el mismo políticamente. Y de eso viene la importancia de la posibilidad de la actividad política oficial para los desmovilizados, especialmente cuando se considera el contenido de hecho del marco jurídico para la paz, que decía que sólo los desmovilizados que no hayan cometido crímenes de lesa humanidad podrían lanzarse para el juego político, una frase que nos lleva a reflexionar sobre dos puntos.

El primero es que es imposible pensar en un comandante importante de las FARC que no haya cometido un crimen de lesa humanidad o de guerra. Muchos de ellos, de hecho, ya han sido condenados por varios crímenes de guerra, como lo es el asesinato de los cuatro oficiales secuestrados ocurrido el 26 del noviembre de este año. Entonces lógicamente la cúpula y la gran mayoría de los medios mandos farianos serían totalmente descalificados para ejercer participación política alguna. Además un porcentaje pequeño – los estudios existentes lo ubican en alrededor del cuarto o cinco por ciento – de los reclutados de las FARC entran conscientemente por motivaciones ideológicas, lo cual implicaría muy poco deseo por parte de los guerrilleros desmovilizados en general de participar en el sistema político actual, a menos que el adoctrinamiento dentro de las FARC sea increíblemente fuerte.

El segundo punto es que ahora se podrá eliminar la herramienta importantísima para lograr la paz que es la posible participación política de los desmovilizados en el sistema político, a pesar del probable bajo nivel de interés de la tropa rasa guerrillera en participar. Aunque todos los líderes más altos de las FARC han cometido algún crimen de lesa humanidad, esta posibilidad de participación política les sigue siendo importante como condición para negociar la paz – piden alguna manera a través de la cual sus voces serán tenidas en cuenta. Además el ELN podrá sentirse castigado injustamente pues no fueron ellos quienes asesinaron a los oficiales secuestrados, aunque su cúpula militar también ha cometido crímenes de guerra. Pero este no será el punto según la perspectiva de ellos, sino que por una atrocidad de las FARC, no se les debe cerrar la puerta al sistema político.

Pero hay otra cosa que los Congresistas deben tener en cuenta mientras siguen debatiendo para aprobar finalmente el marco jurídico para la paz. Para ver este asunto, vamos a asumir que el marco jurídico deja que cualquier desmovilizado de las FARC pueda lanzarse para conseguir un espacio político legal dentro de las instituciones representativas públicas. Imaginémonos además que Timochenko, Iván Márquez o cualquier comandante de las FARC se lanzan como candidato. ¿Será posible que se ganen un puesto político? ¿En qué escenario podemos pensar que su apoyo político es lo suficientemente grande como para ganarse algo? No sólo tendrán que luchar contra su propia falta de popularidad política, sino también contra otras fuerzas políticas que simplemente son demasiado fuertes y seguras frente a un candidato fariano.
 
Sencillamente, por más imperfecta, problemática y clientelista que sea la democracia colombiana – especialmente fuera de Bogotá – creo que todos podemos confiar en ella para evitar que los guerrilleros criminales de guerra logren participar tan directamente en lo político como es tener un puesto oficial dentro de la institucionalidad estatal.

Finalmente quiero cerrar diciendo que estoy totalmente de acuerdo con Luis Eduardo Celis, quien hace poco escribió que hay que considerar a qué tipo de guerra nos enfrentamos y marchar contra todo tipo de violencia. Hechos como la masacre del fin de semana pasado muestran más que todo que lo que se necesita en Colombia no es más guerra, sino la paz y ya.

Aunque no sea popular en este momento, sigo creyendo que no se alcanzará nunca a la paz por la vía militar, y de hecho, creo que puede ser el momento para las FARC salir a la luz pública a buscar concretamente llegar a una mesa de negociación, y así reconocer el error trágico y horrendo que fue esta masacre y darse cuenta que esta guerra no vale la pena, ya no tiene sentido y sólo sigue haciendo de la población civil víctimas injustas, cansadas de tener que sufrir.

*Politólogo de la University of Connecticut, pasante en la Corporación Nuevo Arco Iris y estudiante de maestría en la Universidad de los Andes.


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