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Opinión

  • | 2008/07/09 00:00

    Las Farc jugaron a fondo y perdieron

    Las Farc y su dirigencia tienen mucho que pensar. Seguirán por el camino de creer sólo en el poder de las armas, cuando cada día están más debilitados o rectificarán y buscarán un clima que les permita construir un acuerdo político, acotado pero importante.

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Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida...
León de Greiff (Relato de Sergio Stepansky)

El 2 de julio de 2008 es y será una fecha histórica. Con el desarrollo de la Operación Jaque, la fuerza pública colombiana, le propinó el más duro golpe político y simbólico a esta vieja guerrilla. Después de este acontecimiento de tanto impacto nacional e internacional, bien vale la pena unas consideraciones sobre el futuro de las Farc y de la confrontación que adelanta el Estado colombiano, con un amplio respaldo ciudadano en contra de ellas, desde el año 2002, con el liderazgo del presidente Álvaro Uribe.

Las Farc, han tenido un planteamiento claro y sencillo en toda su existencia: quieren obtener poder político por la vía de las armas, o todo el poder derrotando al Estado colombiano y a sus Fuerzas Armadas o una parte del poder, vía negociada y respaldado en su fuerza militar. Este ha sido su planteamiento desde siempre. Han creído a pie juntillas en su capacidad de crecer y volver realidad sus sueños y eso los llevó a una apuesta arriesgada en el período del presidente Pastrana, cuando tuvieron la mejor oportunidad para adelantar una negociación con importantes contenidos, sociales, políticos y económicos y echaron por la borda esta posibilidad.

Las Farc, después del aniquilamiento de la Unión Patriótica, se tornó profundamente conservadora, con un planteamiento político demasiado precario. Sólo creía en la fuerza del fusil, y tomó el camino de ser temida y para nada apreciada y respetada. En un país donde los proyectos de transformación vía armada se habían cerrado para las izquierdas insurgentes, con la promulgación de la Constitución del 91, las Farc, perdió la poca sintonía con el mundo urbano y el camino de tener aliados en la política, hasta el punto que se peleó en 1993 con el Partido Comunista Colombiano, con el que había mantenido una sólida relación desde los años sesenta.

Las Farc, por su arrogancia y por colocar todos los huevos en la canasta de su fuerza militar, desestimó la gran posibilidad que tuvo durante el gobierno Pastrana. Con su miopía militarista, desaprovechó la posibilidad de sintonizarse con los anhelos de paz de amplios sectores de la sociedad colombiana, que hubieran estado dispuestos a acompañar a las Farc en la construcción de un acuerdo político. No era fácil de lograr, pero los colombianos le hubieran dado la oportunidad a esta guerrilla de salir de la guerra y transformarse en una fuerza social y política, para representar los intereses de esa Colombia, marginada y ligada a lo rural y a las economías cocaleras. Pero no, pudo más su arrogancia. Entre el 99 y el 2000 se tomaron a sangre y fuego 200 pequeños municipios y se ganaron a pulso el rechazo de la sociedad colombiana.

En medio de este clima de belicismo, el candidato Álvaro Uribe presentó una propuesta clara y contundente: derrotar a las Farc, y pasó del 3 por ciento de opinión favorable en junio de 2001 al 91 por ciento de aprobación en julio de 2008, con dos periodos presidenciales y la posibilidad de uno tercero, que lo mantenga en el poder hasta el 2014, por lo menos.

Las Farc, vienen de derrota en derrota y ya no podrán levantar cabeza y con la formidable Operación Jaque, perdieron su más importante activo, así suene cruel: Ingrid y los tres ciudadanos norteamericanos, y con ellos, la presión internacional, para lograr su liberación. Ahora el Presidente Uribe no tiene talanqueras, solo el mandato ciudadano que triunfó en esta precaria y maltrecha democracia como lo es la colombiana, de derrotar a las Farc, y a fe, que seguirá consagrado en lograrlo.

Las Farc y su dirigencia tienen mucho que pensar. Seguirán por el camino de creer sólo en el poder de las armas, cuando cada día están más debilitados o rectificarán y buscarán un clima que les permita construir un acuerdo político, acotado pero importante. Esto último les implicaría ganar en algo, una opinión ciudadana y un respaldo internacional. Deberían escuchar las voces de la sociedad, que exige la liberación de todos los secuestrados sin contraprestación alguna, en un gesto unilateral y sin esguinces, ni buscando bilateralidades. Esto lo han propuesto voces que las Farc deben escuchar con detenimiento: la del decano de los revolucionarios del continente, Fidel Castro; del líder que le apuesta a las rupturas, Hugo Chávez; y de un presidente de carácter y peleador, Rafael Correa.

Las Farc, pueden resistir en selvas y montañas durante diez o veinte años más, pero su destino será el de volverse una confederación de señores de la guerra absorbidos por el narcotráfico. Su agenda política se acabará de empantanar y pasarán a la historia como una fuerza campesina que se tornó en bandas de criminales. Por el contrario, las Farc pueden demostrar que fueron una fuerza política en armas que apostó duro y perdió, pero tuvo el coraje y la inteligencia para rectificar.

Parafraseando a León de Greiff, las Farc se están jugando la vida en el camino que decidan adoptar. Rectifica y asume que su proyecto de poder no tiene viabilidad, que jugó a fondo y perdió, pero a diferencia de Sergio Stepansky, quizás tenga otra vida, para continuar en la Colombia del siglo XXI, ya no como un ejército, sino como una fuerza que fue capaz de asumir no una derrota, sino la realidad de salir de la guerra, por una puerta digna.

El presidente Uribe, tiene todo el respaldo ciudadano e internacional para ofrecerle una salida política a las Farc, el camino del exterminio es incierto, costoso y muy doloroso. Pero en esta ocasión la pelota esta en la cancha de las Farc



*Luis Eduardo Celis es investigador del Observatorio del Conflicto de la Corporación Nuevo Arco Iris.
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