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Opinión

  • | 2008/02/02 00:00

    Las firmas de Luis Guillermo

    ¿Dará paso la actual figura de la reelección del presidente a una más sana de períodos presidenciales de cinco o seis años?

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Como es de conocimiento público, en este momento, Luis Guillermo Giraldo, secretario general del partido de La U, lidera un proyecto que permita un tercer período del presidente Álvaro Uribe Vélez. La idea es recoger las firmas que obligarán al Congreso a revisar el texto de un acto legislativo que desemboque en una segunda reelección.
Giraldo ha explicado que, aunque el Presidente por ahora dice que no está interesado en prolongarse en el poder, él desea dejar esa puerta abierta por si la hecatombe lo requiere o el pueblo se lo exige. De manera que él sigue buscando sus 210.000 firmas, nada difíciles de conseguir, y el 28 de febrero las entregará ante la Registraduría e inscribirá el comité promotor de la iniciativa, cuyo texto deberá ser posteriormente aprobado mínimo por 1.400.000 colombianos. Con su popularidad por encima del 80 por ciento, creo que Uribe tiene de sobra para su re-reelección.

En esta columna lo que quiero anticipar son dos cosas: primero, que las firmas de Luis Guillermo seguramente lograrán la reforma de la Constitución que haga posible jurídicamente la prolongación de Uribe en el poder, si este la desea. Segundo, que esa nueva figura constitucional será borrada de la Carta en el instante en que ya no haya más Uribe.

Si se hace esta reforma no hay posibilidad alguna de que una vez se haya retirado este Presidente, la figura de la reelección por tres períodos, o por término indefinido, subsista. Colombia había sido tradicionalmente un país anti-reeleccionista. La única razón por la cual esta figura por un solo período fue aprobada es porque se colinchó al prestigio del actual Presidente. Sin embargo, una vez tragado el sapo, la actual modalidad de un tope de ocho años probablemente sobreviviría, pues también se ha generado un consenso alrededor de que cuatro años era demasiado poco.

Pero si se logra reformar la Constitución por un tercer período, otra vez colinchada al prestigio de Uribe, vendría posteriormente y sin lugar a duda una contrarreforma. Y en esa eventualidad reaparecerían no sólo las reservas anti-reeleccionistas históricas, sino las ambiciones personales, por una explicación muy sencilla: ninguno de los tiburones que aspiran a llegar algún día a la presidencia de Colombia está interesado en eso y el Congreso sería el primero en dedicarse a reversar esta nueva reforma constitucional.

¿O ustedes ven a un Juan Manuel Santos, a un Germán Vargas, a un Lucho Garzón, a un Alfonso Gómez apoyando una figura que de pronto los obligaría a esperar no cuatro, sino ocho o hasta 12 años en la fila india?

Tumbada la doble reelección, habría otra posibilidad nada descartable a la que podría conducir la reforma que pretende introducir Giraldo con sus firmas: la de que en lugar de volver a la reelección, se prolongue el período presidencial único a cinco o seis años, como parece ser ya la tendencia en América Latina.

Esta fórmula dejaría contentos a muchos. Tanto a los que creen que cuatro años son muy pocos para cambiar el país, cosa en la que pueden tener razón, como a los que creen que la reelección tapona la renovación y le da demasiadas gabelas al Presidente de turno.
Pero además, la fórmula de los cinco o seis años rectificaría el desequilibrio que la reelección pudo haber creado en lo que los constitucionalistas llaman la garantía de los “checks and balances”. La última reforma, al fin y al cabo, desorganizó la independencia que debe existir entre las ramas de la justicia y los órganos de control con el poder Ejecutivo.

Las firmas de Luis Guillermo por lo tanto tienen más implicaciones que la simple prolongación de la seguridad democrática. Terminarán por conducir muy probablemente, más temprano que tarde, a reemplazar la figura de la reelección por la de un término del período presidencial extendido a cinco o seis años. Yo personalmente prefiero el de cinco, que no me parece necesariamente ni malo para el país, ni frustrante para la fila india de aspirantes presidenciales, ni demasiado largo como para que nos cansemos antes de tiempo, como suele históricamente suceder con el presidente de turno.

Apúntenlo: la figura de la reelección presidencial no aguanta si se cambia la figura de la reelección para hacer posible un tercer período.

ENTRETANTO… ¿Alguien se imagina al Presidente de la República y al Presidente de la Corte Suprema, amarrados a los cables de un polígrafo como si fueran ladrones de gallinas?
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