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Opinión

  • | 2004/11/28 00:00

    Las guerras de Pardo

    Los jefes políticos organizaban las batallas y luego iban a elecciones, estableciendo perfecta continuidad entre la guerra y la política

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Ese hombre tímido, muy poco hablador, que ha aprendido a manejar su importancia dentro de una gran discreción, que es el primero que se puede preciar de haber firmado la paz política con dos importantes grupos guerrilleros, que fue la mano derecha de dos presidentes y el escogido por uno de ellos para poner en marcha el experimento del Ministerio de Defensa

Civil y que ahora funge en el Congreso como senador con la seguridad -muy escasa en ese recinto- del que sabe por qué está allí y para dónde va, acaba de estrenar una nueva faceta: la de historiador.

Sin mucho ruido, como corresponde a su personalidad, Rafael Pardo Rueda lanzó al mercado su libro Historia de las guerras, que les parecerá un ladrillo a todos los que hayan quedado felices después de leerse a las putas de Gabo: tiene la pendejadita de 748 páginas y la nada modesta pretensión de abarcar integralmente la historia de Colombia analizada desde los episodios bélicos que la han transformado y moldeado a lo largo de los siglos.

No hay duda de que este libro consagra a Pardo como un historiador y analista de primera línea y a su obra como un obligado texto de consulta, en un país donde abundan los ensayistas de episodios parciales.

Arriesgándome a saltarme alguno, nuestra no muy extensa lista de historiadores incluye a Nieto Arteta con su historia cultural; a Jaime Jaramillo Uribe con su historia del pensamiento del siglo XIX; al gran Indalecio con su historia de los grandes conflictos sociales y económicos y sus biografías de Bolívar y Núñez; a Luis Ospina Vásquez con su obra sobre libre cambio y protección; Santos hizo varias incursiones históricas y López Michelsen nos deja su gran tratado sobre derecho constitucional; Alberto Lleras dejó trunco su libro Mi gente; Carlos Lleras escribió su sectaria autobiografía, pero no se puede decir que con ella marcó algún rumbo para la historiografía; en esta lista también hay que incluir a Luis López de Mesa, a Marco Palacio, a Álvaro Tirado con su historia económica; a Lemetre con su formidable separación de Panamá y su biografía de Rafael Reyes; a Jaime Duarte French, cuyos aportes al entendimiento de los primeros años de nuestra independencia no han sido justamente reconocidos; y desde luego a Jorge Orlando Melo, con su historia económica y su historia de la Colonia, pero además como autor de ese esfuerzo titánico que es el suplemento histórico de la revista Credencial. Ah: y se me queda una historiadora javeriana, Cristina Rojas, de quien me han ponderado mucho su obra sobre civilización y violencia del siglo XIX.

Pardo duró dos años escribiendo esta obra en la que influyó mucho su especialización en resolución de conflictos. Su esfuerzo se centra en mirar sistemáticamente la historia del país a través de sus guerras, que fueron una constante en el siglo XIX y en la mitad del XX.

Y se detiene especialmente en algunos episodios como el de la guerra de Núñez con los radicales, sin la cual no hubiera podido surgir la uniforme Constitución del 86.

También analiza a los partidos como causantes y producto de las guerras, en un país desarticulado como fue la identidad nacional en el siglo XIX. La prueba es que los jefes políticos organizaban las batallas y luego iban a las elecciones, estableciendo una perfecta continuidad entre la guerra y la política.

Guerras que por cierto eran profundamente ideológicas, como la que lideró José Hilario López para la liberación de los esclavos o la guerra del 76, en la que la pelea era alrededor del establecimiento o no de una educación laica. O la guerra de los Mil Días, cuando a pesar de que el liberalismo era mayoría, las listas para el Congreso se hacían con base en el patrimonio, y al liberalismo no le alcanzaba sino para un congresista.

En fin. Al tiempo que Pardo presenta su libro, que por su enjundia indudablemente le dará otra dimensión a su vida pública, viene a saberse que el alto comisionado para la Paz, doctor Restrepo, lo tiene 'vetado' porque no acepta que ninguna de las concesiones que no se aplicaron en la paz con el M-19 vengan ahora a exigirse en el proceso de paz con los paras.

Interesante epílogo, aún no escrito, para la Historia de las guerras de Pardo.

Por lo pronto, este nuevo historiador colombiano aguardará pacientemente a las elecciones presidenciales de 2010 para declarar su propia guerra, y mientras tanto define sus trincheras: "Soy un gavirista moderado. Jamás incondicional. Y añade: Seguiré siendo uribista mientras no haya mejor alternativa".





ENTRETANTO. ¿Qué hacemos para que no nos ahoguen las cuñas de la Comisión Nacional de Televisión?
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