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Opinión

  • | 1988/03/07 00:00

    LAS IES DEBAJO DEL PUNTO

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Tengo la impresión de que a mí, como a los protagonistas de los boleros viejos, no me comprenden las personas que más amo, como es el caso de mis colegas en el oficio periodístico.
Eso me hace sufrir mucho. Ello se debe, con toda seguridad, al hecho de que soy demasiado bruto para explicarme con claridad y lograr que los demás me entiendan.

Hace unos cuantos días le escribí una carta al director de El Tiempo. Propuse en ese texto que los directores de noticieros radiales nos sentáramos a conversar un rato, como hacen los amigos, a solas, sin la presencia de extraños, para que examináramos nuestro trabajo y viéramos si hemos cometido excesos o incurrido en yerros. Para que discutiéramos si ha llegado la hora de recuperar la cordura y recobrar la sensatez en medio de este frenesi demencial que estamos viviendo los colombianos.

Defiendo, hasta la última gota de mi sangre, el derecho del ciudadano a estar adecuadamente informado y la libertad del periodista para ejercer su trabajo.
Me repugna el más leve asomo de las orejas del lobo de la censura.
Pero eso no me llena tanto de soberbia ni de petulancia como para suponer que jamás me he equivocado, que soy infalible, que no tengo nada que corregir en el rumbo de mi vida. Por el contrario, los cristianos verdaderos, que solemos ser humildes con nuestros propEos defectos, sabemos perfectamente para qué sirve un acto de contrición y en qué consiste el propósito de la enmienda.

El mejor ejemplo de lo que estoy diciendo me lo dio un amigo mío, aficionado a las bebidas alcohólicas y a sus seis cervecitas los viernes. Dice que a él jamás se le ocurriría proponer que se prohiba en Colombia el consumo de licores, pero sabe muy bien que la libertad de embriagarse no le garantiza al borracho el derecho de disparar contra sus vecinos.
La verdad es que las personas que me conocen-o que yo suponía que me conocen-me han interpretado mal. María Isabel Rueda, en esta misma revista, y alargándole peligrosamente el pescuezo al cisne de la dialéctica, me acusa de haber atentado en mi carta contra la esencia misma del periodismo, o alguna enfermedad igualmente grave, lo cual me ha asustado porque conozco gente que se ha muerto del corazón por motivos menos delicados.

Lo que yo buscaba era menos pretensioso que todo eso. Lo único que quería, modestamente, era sentarme a charlar con mis colegas sobre el país y nuestro oficio. Cambiar opiniones, como hace la gente civilizada, o como hacen hasta los fiamencos cuando emigran en verano y cotorrean entre ellos sobre sus experiencias. El doctor Doolitie, en la vieja y hermosa obra, demostró que las cacatúas de la Polinesia conversan con sus semejantes. Pero ahora vengo a descubrir, para mi perplejidad, que los periodistas radiales, que hablamos con medio mundo, no podemos hablar con nosotros mismos. Es una cosa de locos, pero la vida es así.

Otras personas, menos generosas, han creído encontrar en mis reflexiones de esa carta unos motivos ocultos, unas razones escondidas, unas trampas para cazar leones. Me parece que ya lo he dicho en el pasado-incluso en esta página pero no sobra repetirlo para darle al tema mayor abundamiento y evitar más equivocaciones. Ahí voy. Si no amara este oficio de periodista como lo amo, como se ama a la madre de uno o a la mujer de uno, con las vísceras, con las entrañas, con el alma y los anteojos, ya hubiera renunciado a él desde hace muchos años. No me seducen sus glorias y vanidades. No me dejo tentar por la vanidad infantil de la arrogancia. Sé muy bien que es una táctica de Satanás la de perder a los periodistas haciéndolos sentirse imprescindibles, intocables, majestuosos.

Si por mí fuera, y si de mi dependiera ya hubiera tomado mis sueños de cabestro y me hubiera ido con ellos a recorrer la vida.
Me hubiera ido a leer los libros que quisiera leer, que nunca he podido leer y que ya, probablemente, no leere jamás. Me hubiera ido a ver cómo crecen mis hijos, sanos, e inculcándoles el amor por sus semejantes. Me hubiera ido a envejecer con mi mujer, tomados de la mano, viendo cómo se pone el sol amarillo al otro lado de las sabanas de Sincelejo. Me hubiera ido a estudiar, a aprender, a descubrir qué era lo que hacían los areopagitas en Grecia, o cuál era el verdadero sentido del Renacimiento. Me matricularía en unos cursos sobre los poetas bretones de la antiguedad.

Sé muy bien como es de grande mi ignorancia. Sé muy bien que tengo dos temores en esta vida: el santo temor de Dios y el miedo de volverme tan soberbio que no sea capaz de juzgarme a mí mismo cuando tenga el presentimiento de haberme equivocado.

Pero si todavía sigo en estas correndillas es porque siento que tengo una tarea que hacer. Cada quien tiene una romería en esta vida. La mia es esa. No me asusta la posibilidad de perder, el día menos pensado, los oropeles exteriores del periodismo ni sus alamares rutilantes: que la gente lo conozca a uno, que lo saluden o que lo retraten en las revistas frivolas. Eso es hojarasca. La única verdad del hombre es lo que cada unó sea capaz de sentir a solas con su propio corazón.

De modo, colegas y amigos, que por eso es que nunca tengo dobles intenciones. Si por mi fuera, en fin, me compraría toda la cosecha de patilla que se produce en el mundo y me sentaría a comérmela en el suelo. Y le diria a la vida, como Tagore, que nada me debe, que nada le debo, que estamos en paz....
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