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Opinión

  • | 1983/08/15 00:00

    LAS INSULAS EXTRAÑAS

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Por uno de tantos extraños designios de la poesía, el poema de amor más intenso y arrolladoramente apasionado fue escrito por un santito místico y etéreo, el timido y diminuto San Juan de la Cruz. En la España rigurosa y ascética de Felipe II, el más riguroso y ascético de los españoles bien pudo ser ese fraile carmelita, indignado reformador de la Reforma e impulsor implacable de la purificación de su orden religiosa de cualquier debilidad mundana, entendiendo el término tan estrictamente que llegó a considerar "debilidad" aún hasta sus deshilachadas sandalias, y fundó, junto con Santa Teresa, los conventos de carmelitas descalzas.
Y es este hombre más celestial que terreno el que escribió El cántico espiritual, el más portentoso y deslumbrante poema erótico que algún mortal haya podido producir. El amor de que habló no fué el humano, sino el divino, y logró retratarlo en sus versos como amor total y universal, como expresión de la intensa embriaguez y la euforia producidas por una vivencia amatoria absoluta. Lo suyo fue un éxtasis reservado a los más santos de los santos, pero el medio que utilizó para plasmarlo fué el lenguaje terrenal y carnal del amor del resto de los humanos, que debió ser lo más cercano que encontró a su propia inefable e inasible experiencia. Como el sentimiento que lo traspasaba no encontraba correlato en los diccionarios, San Juan debió recurrir a una gran metáfora, cuyo significado es el amor en su acepción más cósmica, pero cuyas concretas figuras de dicción son el Amado y la Amada, la ansiedad de la búsqueda, el júbilo del encuentro, la contemplación de la mutua hermosura y el goce de la entrega.
"El Cántico Espiritual" se abre con el quejido de la Amada, que sobrevuela la naturaleza siguiendo la huella del Amado y reclamando su presencia, en un alucinado recorrido que el poeta sigue de atrás, registrando con precisión cinematográfica el más extraño y evocador de los universos:
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras
y pasaré por fuertes y fronteras.
En su adolorida carrera la Amada va interrogando por el objeto de su amor a todas las criaturas, en cuya belleza encuentra rastros del paso del Amado, pero como no le dan razón precisa, su ansia de amor queda aún más herida por "un no se qué que quedan balbuciendo ".
De repente se detiene la acelerada carrera de la Amada, el poema se hace estático y se abre en él el sobrecogedor escenario donde se lleva a cabo el encuentro:
Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos.
Allí, en medio del panteismo del lugar, los Amantes tienden su lecho nupcial,
Nuestro lecho florido
de cuevas de leones enlazado
de púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.
y se inicia el diálogo Intimo y cálido entre ellos, que culmina con la diáfana invitación de la Amada: "Gocemos, amado... "
Tras la entrega mutua, el Amado conjura a las criaturas a "que cesen vuestras iras" para guardar el sueño seguro de la esposa, y luego ambos se adentran en la espesura, suben al monte y se esconden en cavernas de piedra, y desde allí juntos, abrazados por un amor que ya no "hiere" sino que es "llama que consume y no da pena": contemplan cómo la quietud del cosmos, mecida por el dulce "aspirar del aire" es sólo momentáneamente interrumpida por una manada de caballos que baja a tomar agua. Al cerrarse el poema, la soledad humana ha quedado definitivamente conjurada.
Los místicos son misteriosos por simple definición etimológica del término, pero San Juan de la Cruz es el más misterioso de los místicos. ¿Dónde están esas "ínsulas extrañas" cuáles son esos "miedos de las noches veladores" de que habla el Esposo, por qué hay leones en el lecho de los amantes, para qué entretejen flores y esmeraldas en un cabello de la Amada, qué caballos son esos que al final buscan el agua? Todo son evocaciones y sugerencias; tanteos sensoriales -rítmicos y figurativos- para ir acercándose a aquello que el poeta quiere decir exploración verbal e intuitiva; códigos secretos que quieren encerrar la última esencia del amor.
Como suele decir en veladas nocturnas Gonzalo Mallarino Botero "quien lee a San Juan está dispuesto a salir a perderse en el misterio para tratar de entender qué es el amor, y reconoce su mínima experiencia personal en estos versos sobrenaturales porque intuye oscuramente que alguna de las caras del poliedro erótico humano, tiene forzosamente que ser divina".
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