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Opinión

  • | 1986/01/13 00:00

    LAS MUJERES

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La mujer que desempeña la Secretaría de Gobierno de Bogotá, por deberes que le impone su propio cargo, debería ser la presidenta de las corridas de toros que se celebran por esta época en la Plaza de Santamaría. Pero los varones--toreros, comentaristas taurinos, empresarios, ganaderos aficionados- armaron un zaperoco de padre y señor mío, pusieron el grito en el cielo, patearon el piso con arrebato infantil dijeron que las mujeres provocan mala suerte cuando dirigen la lidia y formaron un gatuperio de tal magnitud que lograron quitarle el puesto a la dama mencionada.
Todo lo cual, naturalmente, se ha convertido en una imperdonable grosería contra una señora. Pero este episodio, si se le mira bien, es algo peor y más serio que una simple pataneria. E, inclusive, es más grave que una injusticia. Es una demostración perfecta, de las mejores que ha producido la historia humana desde cuando Eva logró convencer a Adán, sobre los verdaderos alcances de la majadería masculina. De la arrogancia de los hombres. De su soberbia y engreimiento.
Confieso que las feministas, tan insoportables como los machistas, me dejan perplejo cada vez que se arrancan los cabellos, gritan como sirena de buque y producen un zafarrancho de combate pidiendo que se les considere al mismo nivel que los varones. Jamás he creido en la igualdad de los sexos porque siempre he pensado que la mujer es un ser superior. Si las mujeres exigen que se les trate lo mismo que a los caballeros, lo que están haciendo, tontamente, es renunciar a esa ventaja. Nadie concibe a Lucho Herrera parando su bicicleta, en plena carretera, esperando a que lleguen sus rivales.
No tiene sentido. Ni en el deporte ni en la vida.
Después de muchísimos años y desvelos, dedicados a estudiar cuidadosamente a las mujeres con la paciencia de un ornitólogo, he llegado a esta sabia y reveladora conclusión: la mujer es el único animal de la creación que consigue todo lo que se propone, pero sólo se queda con lo que le interesa. En esa capacidad selectiva, cuyo poder es más categórico que el de una bomba atómica, es donde radica la auténtica grandeza femenina.
Por mi parte, admito y reconozco, no sólo con franqueza sino con mucho gusto y a plena honra, que siempre he dependido de las mujeres. Soy una especie de carbón espiritual, casi filosófico, al que las mujeres le hacen todo, menos mantenerlo. Primero fueron mi madre y mis hermanas.
Las mejores decisiones de mi vida las han tomado ellas, pero, eso si, maravillas de la sagacidad, haciéndome creer que soy yo quien decide.
Una vez, cuando era feliz ven diendo arroz y jugando billar en San Bernardo del Viento, me hicieron una propuesta para que viniera a volverme periodista en Bogotá. Me mori del susto. Ellas cuatro, en cambio, me pintaron pajaritos de oro, me hablaron del futuro, de los nuevos horizontes, aplaudieron sonrientes mi porvenir. Me convencieron. Muchos años después vine a saber que en aquellos días, a solas, esas mujeres lloraban tristemente porque ibamos a separarnos. Pero a mi me dieron valor. Me infundieron coraje. Sacrificaron su dolor en interés mio.
Ahora es mi mujer la que reflexiona y resuelve por mi cuenta.
Tiene, como todas las mujeres, una insólita puntería para acertar. Nunca se equivoca en sus consejos. Parece que adivinara lo que va a pasar. Y eso, les digo a los hombres, es sumamente barato si se le compara con lo poco que me cuesta: la platica del mercado, el pago del alquiler, el lavado de la ropa.
Soy titubeante, indeciso, temeroso. Son las mujeres las que siempre me empujan a tomar aquellas determinaciones de las cuales no me arrepiento jamás.
Me averguenzo, por el contrario, de las otras decisiones, las que tomo yo solo. Pero, aun así, la más grande tontería del hombre consiste en creer que es superior a las mujeres. Y la mejor prueba de la inteligencia femenina radica, precisamente, en dejar que los hombres pensemos eso.
Hace muchos años, en Cartagena, vivió un libanés sensato y patriarcal, don Name Morad, que era como un personaje de las leyendas bíblicas, apoyadas las manos y la barbilla en la tejuela de su bastón, ciego en la vejez, con sus gafas negras y el botón del cuello apuntado. Los muchachos de la familia y del vecindario lo visitaban para pedirle consejo matrimonial, solicitándole que aprobara cada novia. Don Name respondía siempre, en una poética mezcla de árabe con gramática española:
--Mijito: si te gusta la muchacha, cierre el ojo y métate... Lo demás lo arregla la vida.
Sabias palabras de aquel anciano de epopeya. Los varones, sin embargo, insistimos en llevarle la contraria a la vida y nos hacemos la ilusión de haber derrotado a las mujeres por el hecho baladi de sacarlas de la plaza de toros. Pequeñeces. Parece que hubiéramos olvidado la antigua leccion: fue Salomé quien pidió la cabeza del Bautista, pero fue Herodes el que pagó la culpa. Porque las mujeres saben cómo hacen sus cosas...--
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