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Opinión

  • | 2011/09/23 00:00

    Las pataletas del vicepresidente

    Angelino Garzón no sólo ha perdido credibilidad sino que también luce, ahora, como un verdadero populista; uno que, al parecer, simplemente busca llamar la atención del presidente.

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Recapitulemos. “El funcionario que quiera discrepar lo puede hacer dentro del Gobierno, pero no en público. Si lo quiere hacer en público, pues no puede ser parte del Gobierno; tendría que retirarse y hacer su reclamo desde afuera”. Así fue el regaño del presidente Juan Manuel Santos al vicepresidente Angelino Garzón. Así, sin mencionarlo con nombre propio; del mismo modo taimado en que le pidió a las Cortes “ponderar” sus fallos. “La discusión es bienvenida –agregó Santos–, pero lo que no se puede entender es que dentro del propio Gobierno se presenten diferencias. Como dicen: la ropa sucia se lava en casa”. Lo que bien podría ser cierto para cualquier casa, en la que sí se lavase; en la que, como no suele ocurrir en la Casa de Nariño, sí fuese motivo de extrañeza encontrar la mugre bajo los muebles.

El regaño obedeció a la persistencia de Garzón en hacer públicas sus opiniones en contra de las políticas del Gobierno. Pues el Vice ya había criticado, como insuficiente, el incremento en el salario mínimo, ya se había pronunciado a favor del paro de los camioneros e, incluso, había disentido de algunas propuestas del ministro Vargas Lleras. En las tres ocasiones salió victorioso: el Gobierno aumentó el salario mínimo, retiró la propuesta de un incremento en la edad de jubilación y, así, Garzón ganó popularidad por estar a favor de los sectores más empobrecidos.

Tal parece que Garzón aprovechó esa popularidad para, en su última salida –el detonante del regaño– rechazar de manera pública los resultados de la nueva metodología de Planeación Nacional, que establece el valor mensual de la línea de pobreza en 187.079 pesos. Fue, entonces, un nuevo pulso entre Garzón y Santos. Uno que llegó a tal punto en que aquel afirmó, durante un evento público, que defendía “(…) como un gato patas arriba el derecho que tiene todo ciudadano a opinar”. Evento en el que aclaró, además, que no era un empleado del Gobierno sino un mandatario elegido por voto popular –y que no dejaría de pensar, ni opinar, porque era un derecho de vida–.

Creo que Garzón tenía razón. Porque si bien es cierto que su disentimiento público podría interpretarse con fines proselitistas, estaba en todo su derecho: no de hacer política, sino de hacer un uso público, libre e intelectual de su razón. Más aún cuando, dada la figura ambigua del vicepresidente, él no es un empleado del Gobierno –que esté sujeto al uso privado de la razón, como bien lo exige Santos de sus funcionarios–, sino que fue elegido por el voto popular de más de nueve millones de colombianos. Así, Garzón puso a Santos contra las cuerdas, con un punto muy fuerte e inusitado en la política colombiana. Sin embargo, todo parece indicar que él mismo no fue consciente de ello.

Porque, en contraste, siendo conscientes de esa ambigüedad, los partidarios del Gobierno se dedicaron a hacer todavía más fuerte otro punto que echaría abajo el uso público de la razón (intelectual) por parte de Garzón: el vicepresidente no entiende mayor cosa de lo que está criticando, señalaron algunos. De ahí que, apelando a argumentos de autoridad –a discusiones académicas, a comparaciones internacionales e interregionales y a revisiones de organismos multilaterales, que no se atrevieron a citar–, acusaron a Garzón de populista. Tan solo olvidaron que ninguna metodología para calcular la pobreza resulta infalible; que, en esta materia, la modesta cientificidad económica depende, justamente, de ser fieles a una sola metodología, para poder observar los cambios. Olvidaron, así, el punto esencial: más que probado está que las políticas neoliberales suelen reducir la pobreza, simplemente, modificando las fórmulas de medición.

Si es cierto o no que Garzón sabía de lo que estaba hablando, no lo demostró. Tan solo se restringió a criticar el resultado del Departamento Nacional de Planeación (DNP), invitándolos a hacer mercado para cuatro personas con los mismos 187.079 pesos. Lo que no tiene nada de intelectual; lo que, en efecto, más bien parece populista. Pero más desconcertante aún fue su carta de este martes, en la que –después de semejante pataleta– declaró su “(…) apoyo al Gobierno y su compromiso en asumir un diálogo más coordinado con el presidente Santos”. Allí, tácitamente, Garzón aceptó que su conducta fue inadecuada.

En suma, El Vice tenía un punto muy fuerte. Pero tal parece que mató al tigre y se asustó con el cuero. Perdió este pulso, del que difícilmente se repondrá. Es una lástima que el vicepresidente Angelino Garzón no sólo haya perdido credibilidad sino que también luzca, ahora, como un verdadero populista; uno que, al parecer, simplemente busca llamar la atención del presidente.

*Twitter: @Julian_Cubillos

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