Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1996/12/09 00:00

LAS UTILIDADES DE EL ESPECTADOR

LAS UTILIDADES DE EL ESPECTADOR

El periodismo no es "el oficio más bello del mundo", como con evidente exageración han afirmado Albert Camus o Gabriel García Márquez (dos autores que, digámoslo de paso, dejaron el periodismo por la literatura). También se ha sostenido, con exageración opuesta e igualmente evidente, que "el periodismo ensucia los dedos y el espíritu". Se trata de un oficio que a veces es bello ya veces no, y que a veces ensucia y a veces no. Pero tampoco es verdad que se trate simplemente de un negocio, como parece haberlo visto esta revista en su reciente informe sobre las dificultades del diario El Espectador. Es además, aunque privado (y justamente en la medida en que es privado), un servicio público. Así, como servicio (además de como oficio y como negocio) ha entendido siempre El Espectador la función del periodismo. Como un servicio a la libertad, considerada como el bien público por excelencia. No es la opinión unánime, hasta el punto de que en El Espectador mismo hay columnistas y colaboradores que no la comparten, y consideran, al contrario, que la libertad es peligrosa o dañina. Pero esa ha sido siempre, desde su fundación hace un siglo, la opinión del diario, y por ella ha librado las batallas que han jalonado su historia. Contra todas las fuerzas que amenazan de una manera o de otra las libertades públicas: las dictaduras políticas _y no sólo las conservadoras de la primera mitad del siglo, o la militar de Rojas Pinilla, sino también la del gobierno llamado liberal del binomio Turbay-Camacho Leyva: pues El Espectador se ha enfrentado también al Partido Liberal al que nominalmente adhiere cuando ese partido ha traicionado con demasiado cinismo su nominal adhesión a la libertad_; la arrogancia de los monopolios económicos; la prepotencia de las mafias criminales; la omnipresencia de la corrupción, política, económica y moral. Mirando la realidad actual de Colombia, se puede pensar que en todos los terrenos las batallas libradas por El Espectador han sido perdidas. Pero han sido dadas por el periódico por sentido de servicio, y aun a costa del negocio. Es eso lo que de verdad se le reprocha, implícita y a veces explícitamente, a El Espectador. No tanto el que no sea buen negocio, como las razones por las cuales no lo es: precisamente esas batallas perdidas. Si el periódico de los Cano no es rentable se lo debe, en gran parte, al hecho de estar inspirado por una concepción altruista (a veces jactanciosamente altruista) del servicio. Esa es una virtud, pero en épocas infames como la que actualmente vivimos en Colombia las virtudes son siempre motivo de reproche. El Espectador es un mal negocio no porque no rinda utilidades, sino porque las utilidades que rinde no van al bolsillo de sus dueños sino al aire que respiramos. Son, repito, las utilidades de la libertad. Incluso prescindiendo de las batallas libradas, y en los últimos tiempos por lo visto perdidas, la mera existencia de El Espectador es una garantía de libertad intelectual en este país. Libertad hacia afuera: mientras más periódicos haya, mayor es la posibilidad de que la opinión se exprese libremente; y en Colombia El Espectador es el único diario que en el ámbito nacional puede aguantar todavía el embate monopólico de El Tiempo. No es que El Tiempo esté mal en sí mismo (eso merecería un largo análisis): es que sólo El Tiempo estaría mal. ¿Tantos millones de hombres leeremos sólo El Tiempo? _como decía Darío refiriéndose al idioma inglés_. Sería más cómodo y más fácil: pero sería un empobrecimiento para las libertades en Colombia.Y libertad hacia adentro. Ningún periódico colombiano, y muy pocos en el mundo, ofrece entre su abanico de columnistas y colaboradores de opinión la variedad de El Espectador. En sus páginas escriben _y han escrito siempre_ desde los más reaccionarios hasta los más progresistas, desde los más polémicos hasta los más anodinos _y casi podría decirse, sin ánimo de halagar ni de ofender, que desde los mejores hasta los peores _. Lo cual es, de todos modos, cuestión de opinión: y la libertad no consiste solamente en que se expresen las opiniones buenas, o que nos parecen buenas, sino también en que se expresen las que nos parecen malas.Pero se dice ahora que la situación de El Espectador desde el punto de vista del negocio es tan mala que va a ser inevitable que renuncie a su independencia, demostrada durante 100 años. Su fragilidad financiera lo hace demasiado débil frente a las presiones del gobierno de Ernesto Samper o a la codicia del Grupo Santo Domingo, se dice. Son cosas que se dicen: no noticias, sino simples rumores. Pero los rumores anuncian muchas veces las noticias. Y si El Espectador pierde su independencia, no podrá ya rendir utilidades de libertad. La más decisiva batalla de El Espectador por la libertad consiste, por eso, en conservar la suya propia.

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