Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2013/05/04 00:00

Latinajos

¿Se imagina alguien a Eduardo Santos posando en calzoncillos, o Abraham Lincoln con peluca postiza, o a Charles de Gaulle de hombre anuncio de una marca deportiva?

Latinajos Foto: León Darío Peláez / Semana

Juan Manuel Santos en calzoncillos, Barack Obama peinado con una capul aplanchada como la de su mujer, Vladimir Putin semidesnudo como Tarzán de los Monos, Nicolás Maduro envuelto en la sudadera tricolor heredada del difunto comandante, Fidel Castro vestido con otra sudadera de gimnasia. ¿Quiénes son los asesores de imagen de estos hombres en el poder? 

¿Y por qué los ponen a hacer mamarrachadas, como si quisieran desacreditarlos? ¿Y ellos por qué les hacen caso? ¿Es que no tienen criterio propio, ni sentido natural del ridículo? ¿Se imagina alguien al doctor Eduardo Santos posando en calzoncillos para una fotografía, o al presidente Abraham Lincoln con peluca postiza, o al general Charles de Gaulle de hombre anuncio de una marca de ropa deportiva? 

Ronald Reagan anunció camisas Arrow, sí, y después fue presidente de los Estados Unidos. Pero Reagan no es precisamente el mejor árbitro de la elegancia, o más bien el mejor árbitro de lo que los romanos de la antigüedad llamaban gravitas: el sentimiento de la propia dignidad, que confiere autoridad sobre los otros. Gravitas es gravedad en el sentido de peso y de sustancia, de seriedad. Lo que aquí se conoce como ‘peso en el culo’. Sin gravitas no hay auctoritas que aguante –salvo la de la fuerza bruta–.

Los asesores de imagen, o los intérpretes de las estrategias de imagen de tales asesores, explican que el objeto de renunciar a la gravitas romana es el de lograr una mayor frescura, una mayor calidez, una mayor cercanía al pueblo y una mayor identificación con él. Que se piense: ‘¡Qué descomplicado es este Juan Manuel, qué desabrochado (literalmente): qué gran presidente!’. 

Los asesores de imagen quieren que sus asesorados parezcan populares: eso que llaman ‘nuestros’. Pero por una parte el pueblo no es así: el pueblo no se despierta por la mañana en una de las unidades habitacionales que regala el gobierno para sentarse en un banquito a leer el periódico ante un fotógrafo. 

Por otra parte, tampoco le gusta al pueblo que sus dirigentes se parezcan a él: quiere que parezcan dirigentes. Que sean más grandes, o más gordos, o más inteligentes, o que se vistan mejor, o de otra manera: con manto, cetro y corona, como los reyes de la baraja; o por lo menos con uniforme militar.

Fidel Castro, por ejemplo, tenía mucha más gravitas, y por consiguiente más auctoritas, cuando iba de guerrillero con el uniforme militar hecho jirones en la Sierra Maestra, o uniformado de pesado paño de general soviético en las recepciones oficiales de La Habana, que ahora que va vestido de adulto de la tercera edad que hace gimnasia. A Juan Manuel Santos le pasa lo mismo cuando se disfraza de mecánico de taller en reposo: no se ve como un ejemplo de llaneza democrática, sino como un demagogo. ¿Por qué se viste así, si él nunca se viste así? ¿Por qué se disfraza de los que no es? ¿Por qué se hace retratar, pongamos por caso, bailando currulao, si él no sabe bailar currulao? 

Le celebran la gracia, claro, zalameros: ‘¡Uy, presidente: no sabíamos que además de ser presidente usted bailaba currulao así de bien!’. Pero a la vez le pierden el respeto. 

Dicho sea de pasada: también eso de dormir una noche en una casa de las que regala el Ministerio de Vivienda es una tontería demagógica. Y más de pasada aún: ¿regalar casas sí es una buena idea desde el punto de vista electoral? ¿No es acaso mejor, como lo muestra la historia universal, prometer casas?

Ahora bien: si no es ningún subalterno asesor de imagen el que le recomienda al presidente Santos hacerse fotografiar en calzoncillos y mandar decir que lo saquen así desabrochado en la primera página del periódico de mayor circulación del país, un día domingo, y que reproduzcan la imagen en todos los noticieros de la televisión –y no sabría yo decir cuál es ese asesor de imagen, si J. J. Rendón, si Miguel Silva, si Felipe Muñoz, puesto que Santos cambia de asesor de imagen como quien cambia de calzoncillos–, sino el propio presidente el que tiene la ocurrencia de mandarse retratar y publicar así, la cosa es peor. Quiere decir que le está pasando lo que les pasa a las cantantes: cuando no saben cantar, se desnudan. 

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×