Miércoles, 22 de octubre de 2014

| 2013/04/22 00:00

Legitimidad Institucional y cultura política para la paz

La paz exige trabajar por una legitimidad sustentada en una cultura política y en una democracia con confianza en sus instituciones y con gestión pacífica del poder.

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Excluir la violencia como recurso para acceder, administrar el poder o tramitar las diferencias, suele tener múltiples dificultades para ser asumidas por las sociedades que han vivido confrontaciones armadas de larga duración, por cuanto la acción no violenta exige cambios en los modelos de organización social y política, en especial en las dinámicas institucionales que las soportan.

En este sentido, Cromwell y Vogelé (2009) proponen para este tipo de sociedades, en primer lugar, un conjunto de reglas de comunicación y diálogo que excluyan la violencia como práctica cotidiana y se comprometan con un actuar pacífico; en segundo lugar, promover la confianza entre los actores en confrontación con una historia de violencia mutua; tercero, desarrollar una institucionalidad que permita fomentar en toda la sociedad el ejercicio de la no violencia, así como potenciar todos los recursos de participación y la valoración no violenta en la gestión social y política de los conflictos.  Así pues tratar de incorporar prácticas políticas  no violentas en la cotidianidad de una sociedad con un conflicto armado prolongado requiere cambios en la cultura política de una sociedad y en las dinámicas de funcionamiento de las estructuras sociales que la sostienen.

En un excelente trabajo de investigación-Mauricio García Villegas, Miguel García y colaboradores (2011)-, titulado “Los estados del país: Instituciones municipales y realidades locales” se plantea la necesidad de profundizar sobre la indagación y el fortalecimiento de las  instituciones como una parte de las estructuras para la paz. Pero señalan la necesidad de cuestionar los alcances y las limitaciones de la institucionalidad como garantía para consolidar una sociedad en paz. Éstas son un componente que es necesario pero no suficiente para lograr este objetivo y, evidencian la pertinencia de incorporar cambios en las estructuras de funcionamiento y en las reglas con las que operan. Tenemos un país colmado de ejemplos que muestran que las instituciones han sido y son cooptadas por los señores de la guerra o por grupos de poder corruptos.

Esta investigación presenta hallazgos sobre como la descentralización que implica la construcción de autonomías y responsabilidad política local se ha visto vulnerada por la fragilidad de las instituciones, la falta de presencia del Estado y una cultura política en la que el abuso de poder ha sido naturalizado, lo cual ha terminado por debilitar estos procesos de descentralización e incluso han fomentado su captura por parte de grupos de poder (legales e ilegales) que han incrementado  la inequidad, la impunidad , la pobreza y la exclusión en su población más vulnerable.

Las democracias son frágiles cuando hay porcentajes altos de población en condición de pobreza e indigencia; hay suficiente evidencia sobre la facilidad de influir en los procesos electorales en contextos donde el Estado tiene que sostener asistencialmente la miseria, lo que usualmente conlleva al ejercicio de la coacción, el chantaje, el fraude, la corrupción clientelista sobre estas poblaciones. Esta realidad ha terminado por construir una de nuestras perversas paradojas: jactarnos de tener una de las democracias más viejas de la región y, al mismo tiempo, la más vieja de las confrontaciones violentas del mundo; parece insostenible seguir negando la vinculación entre la fragilidad de esa democracia, -su cultura política e institucionalidad-- y el conflicto violento sociopolítico.

En las regiones donde hay más pobreza y marginalidad y menos presencia del Estado, es frecuente la compra de votos, el condicionamiento al voto por empleos o peor, la coacción violenta para la votación bajo amenaza, todos estos hechos son parte de la cultura política regional.  Las familias de terratenientes u otras estructuras de poder local que se han enriquecido a costa de los más vulnerables ejerciendo la violencia;  todos ellos, siguen ganando elecciones y reproduciendo la miseria. Sin embargo, es evidente que la pobreza y la marginalidad han sostenido estos poderes que además de enriquecerse por vía de contratos bajo presión y corrupción, se han beneficiado en forma ilegítima del ejercicio del poder que han alcanzado bajo estas condiciones. Por esta razón tiene pleno sentido revisar y transformar los sistemas de representación política y de control electoral; también cambiar las dinámicas institucionales derivadas de estas. Se hace necesario intervenir en los rediseños que prevengan la recurrencia de esta historia funesta corresponsable de la violencia y, por su puesto, de las prácticas de hacer política y de gestionar el poder.

Las democracias como forma de organización y gestión política deben ser objeto de monitoreo y transformación permanente pues hoy las vulnerabilidades de los sistemas de representación, la cooptación por grupos de poder no solo legales sino ilegales son una realidad; las corporaciones nacionales o transnacionales (con fines económicos, políticos, religiosos, ideológicos) tienen en sus agendas la evaluación y el desarrollo de estrategias de incidencia en los sistemas de gestión de las leyes y de la justicia;  estos grupos tienen recursos que los ciudadanos más vulnerables de la sociedad que suelen ser mayorías pobres o minorías sin poder, no poseen, y por tanto pueden influir en la dinámica de la democracia de forma tan determinante que generan desconfianza en las instituciones, deslegitimando las mismas y minando la base de la democracia como sistema.  Seguramente el proceso de paz deberá pasar por fomentar e inventar nuevas formas de empoderar y gestionar la política bajo la no violencia como principio.

La paz exige trabajar por la construcción de una legitimidad que se sustente  realmente en un tipo de cultura política que profundice el ejercicio de una democracia en el que los diversos segmentos de la población puedan construir confianza en sus instituciones y en la gestión pacífica del poder.

*Grupo Lazos sociales y Culturas de Paz. Profesor asociado Pontificia Universidad Javeriana. Editor Universitas Psychologica. Correo electrónico: lopezw@javeriana.edu.co. Twitter @wilsonLpez9

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