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Opinión

  • | 1983/07/04 00:00

    LELOUCH A TODO TRAPO

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Fue toda una generación la que se sentó, quince años atrás, ante Un Hombre y una Mujer, el clásico de Lelouch, para contemplar atónita a esa pareja que galopaba en tenues caballos por una brumosa playa, que retozaba livianamente en la nieve y que sostenía interminables diálogos de amor dentro de un automóvil que se deslizaoa por la lluvia. Todo esto al ritmo de un imborrable "ta-ra-ra tarararará", música que se convertiría para los que entonces eramos adolescentes tímidos e inhibidos, en símbolo y esencia de la sensualidad y la libertad que la vida real tanto nos escatimaba y que en cambio Lelouch nos regalaba por toneladas.
Porque, en efecto, no era común que nos flotara el pelo al viento, ni que rodáramos por la nieve --en general no la conociamos, ni qué hablar ya de revolcones en ella--ni que se enamorara perdidamente de nosotros un desconocido en el aeropuerto, ni ninguna de esas cosas maravillosas que sí les pasaban, en cambio, al "Hombre" y a la "Mujer" de Lelouch.
Quizá por eso--por deuda de gratitud--cueste tanto hablar mal del maestro. Pero en honor a la verdad hay que hacerlo, porque su última pelicula--Melodía de la vida, que actualmente se exhibe en Colombia- es, por decirlo con delicadeza, un auténtico pandemonium.
Toda la historia del siglo XX queda apelmazada en una "epopeya rosa", nueva categoría de la cual Lelouch queda consagrado como creador, y que se aplica a las novelas-rosa cuando éstas alcanzan dimensiones épicas. Siete parejas enamoradas y encinta padecen los horrores de una guerra que los separa y trunca sus vidas, a lo cual se suman las vidas de los hijos de esas siete parejas, que sufren los efectos de la postguerra, y que a su vez tienen hijos que vuelven a padecer horrores de nuevas invasiones. Todo lo cual es resaltado por un efecto dramático que consiste en que son los mismos actores los que representan a las tres generaciones, de tal manera que el espectador se encuentra ante James Caan canoso que es el papá de otro James Caan más esbelto y juvenil casado a su vez (el padre) con una Geraldine Chaplin que canta y que es madre de otra Geraldine Chaplin que también canta. Y así sucesivamente en una secuencia similar a la de los Aurelianos y José Arcadios Buendía, pero tan compleja que obliga al espectador a hacer un tremendo esfuerzo mental, cosa que logra más o menos hasta la mitad de la película, cuando se cansa irremediablemente, pierde control sobre el intríngulis de la genealogía y se resigna a que en su cerebro se refundan a su antojo todos los personajes y todas las historias, tal como le sucede al "Escribidor" de "La Tía Julia" cuando se le cruzan entre sí las tramas de sus radio-teatros.
De vez en cuando suena en off la voz del propio Lelouch, para tranquilizar al espectador y explicarle que en realidad todo el enredo se sintetiza en que existen "Los unos y los otros" (tal es el título original), o sea los que hacen la guerra y destruyen y los que hacen el amor y se dedican al arte; los que sufren y los que gozan; y en últimas--y aquí el contenido filosófico desciende a nivel de comics- los que les va bien y los que les va mal. Uno agradece la indicación salvadora y sigue temblando de emoción ante el beso del pianista alemán a la prostituta francesa; temblando de angustia por la pareja de judíos que tiene que abandonar a su bebé en los rieles del ferrocarril; temblando de indignación por el novio infiel que deja plantada a la aspirante a bailarina temblando, en fin, por ese maremagnum de imágenes que se le viene encima y que amenaza con tragárselo.
Y cuando la situación ya es límite y una sílaba más puede hacer explotar el teatro, el buen Lelouch echa mano de un deux-ex-machina que le permite amarrar la bolsa de gatos y hacer coincidir todas las historias en un final feliz y apoteósico. Esa bendición caída de lo alto es, por extraño que parezca, ni más ni menos que la Unicef, que une todas las voces y todos los corazones en un gran canto al amor por los niños y a la paz del mundo. Y paz, en efecto, es la que invade al espectador cuando se cierra el telón y se acaba todo el lío.
Sería injusto, sin embargo, no decir que el deslumbrante equipo de artistas que se incorpora a la película (directores de orquesta, tapdancers, cantantes, bailarines) y que conforman una trama paralela y contrapuesta a la de la guerra, es tan espectacular que hace que se justifique aguantarse el resto. Hay que hacer este reconocimiento primero porque es verdad, y después como homenaje póstumo a un maestro que seguramente no podrá volver a levantar cabeza después de este descalabro monumental. -
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