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Opinión

  • | 2016/09/03 00:00

    El enorme estatus de la oposición de derecha

    Construir una paz estable y duradera, que fue el título de la agenda discutida a lo largo de cuatro años, no puede ser citado en la pregunta según los uribistas, y no pocos medios y personas comen cuento y lo ven razonable.

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Antes de que el presidente Santos formulara la pregunta del plebiscito, le dije a un inteligente y bromista amigo mío uribista que hiciera su fórmula para convocar la consulta y me contestó sin pensarlo mucho: “¿Aprueba usted la impunidad y la participación política de los criminales de las Farc?”

Al principio me pareció una caricatura producto de su ingenio, pero después, en medio de la discusión que generó la convocatoria oficial para el 2 de octubre, entendí que en los cuatro años de negociaciones de paz esa fue la pregunta que dominó en las encuestas y que acaparó la atención de los medios de comunicación.

El martes en la tarde y el miércoles en la mañana, cuando se desató la discusión sobre el decreto que llamaba al plebiscito, hice un pequeño recorrido por las discusiones que se estaban dando en los medios radiales y por los titulares y primeros párrafos de las noticias impresas o puestas en internet, ahí estaba agazapada, aleteando, la pregunta de mi amigo.

El uribismo había salido a decir que la frase, ¿Apoya usted el acuerdo para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?, no se sujetaba a lo dicho por la Corte Constitucional y era engañosa, tramposa y nada neutral. A renglón seguido una parte importante de los periodistas empezaron a encontrarle mucho sentido a las críticas del Centro Democrático.

Empezaron a decir cosas como estas: “Sí, en verdad, no es neutral”; “¿Por qué meterle la palabra paz?”; “¿Por qué meterle la frase terminación del conflicto?”; algunos dijeron: “¿por qué no redactarla de manera escueta? ¿Aprueba usted el acuerdo entre las Farc y Santos?”. Con este tipo de interrogantes abordaban a los invitados, incluidos rebuscados neurolingüistas.

A lo largo de cuatro años las encuestas indagaron muy poco por el 90 por ciento de los acuerdos: por las bondades de las transformaciones agrarias, la trascendencia de la reforma electoral, la importancia del plan integral contra el narcotráfico, el ambicioso proyecto de reparación a las víctimas, la ineluctable entrega de todas las armas y el fin de las Farc como organización armada.

Los sondeos terminaron girando alrededor del 10 por ciento de los acuerdos, los que se referían directamente a las guerrillas: cárcel o no cárcel para las Farc, participación o no participación política de esta organización. La imagen que fue quedando en una parte importante de los colombianos es que lo convenido en La Habana es una burda concesión a la insurgencia.

Ahora los uribistas quieren que la pregunta refleje esa imagen, que no se refiera al espíritu de la negociación, al propósito que animó a las partes, es decir, a una larga concertación para terminar el conflicto armado y construir una paz estable y duradera. Ese, que fue el título de la agenda que discutieron a lo largo de cuatro años, no puede ser citado en la pregunta del plebiscito según los uribistas y no pocos medios le comen cuento y no pocas personas que presumen de listas ven razonable la demanda.

Son ambiciosos, son persistentes y han logrado mucho. No solo en el tema de la paz. En otros problemas claves de la vida nacional lograron tomar la iniciativa e imponer su agenda, lograron adquirir un estatus de oposición que nadie había logrado en Colombia. Es cierto que tienen un líder carismático que registra muy bien en las encuestas y además gobernó el país durante ocho años, pero su representación parlamentaria está por debajo del 20 por ciento y su gobernabilidad regional es muy escasa. Con esa limitada fuerza han hecho milagros.

En las tensiones con Venezuela y en la disputa territorial con Nicaragua han llevado la voz cantante. En los reclamos a la justicia también. Tanto, que lograron que los procesos judiciales por evidentes actos de corrupción que se abrieron contra dirigentes de su partido se empezaran a ver como una pavorosa persecución política y que el fiscal Montealegre cargara con un pesado fardo de desprestigio al final de su gestión.

Más prodigioso aún pasar como no tan descabellada, no tan lejos de la realidad, la idea de que en Colombia estamos en un régimen muy parecido al de Venezuela, que la diferencia entre Maduro y Santos es poca.

Afincados en estas consignas han producido toda clase de miedos y aceptaciones. En los círculos bogotanos se habló de la necesidad de escoger un fiscal general aceptable para el uribismo. La Corte Constitucional se esforzó al máximo para que la pregunta del 2 de octubre tuviera el tinte neutral que pedía el Centro Democrático. La Iglesia católica se inhibió de llamar al Sí en el plebiscito. Los empresarios se esfuerzan para no mostrar un apoyo abierto a la paz

En las salas de redacción se insiste en el equilibrio al tratar los temas de controversia con ellos y en los debates se intenta una simetría entre los uribistas y el resto de los participantes. Pasa inadvertido incluso que un canal de televisión está dedicado a una rotunda labor de propaganda a esta corriente. Ya quisiera la izquierda, que en algunos momentos ha tenido más fuerza electoral y más gobernabilidad regional, ostentar el poder y la influencia del uribismo.

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