Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/06/25 00:00

Mataron la paz de Uribe

Estamos ante una paz convenida entre fuerzas desiguales que se han dado cuenta de que prolongar la confrontación solo trae más dolor y tristeza.

León Valencia. Foto: Guillermo Torres

Salió a decir Uribe –después del acuerdo sobre el cese al fuego y a las hostilidades bilateral y definitivo, el plebiscito y la dejación de las armas, alcanzado en La Habana este 23 de junio– que su idea de paz estaba herida. No se dio cuenta de que estaba muerta. La mataron Santos y las Farc con sensatez, con realismo, con una paciencia digna de admirar.

Voy a resistir la tentación de explicar punto por punto los trascendentales acuerdos entre el gobierno y las Farc. Las partes ya lo están haciendo y quizás en esto se empeñarán muchos columnistas. Quiero hacer algo más lejano a los lectores y quizás más complicado. Intentaré mostrar por qué no fue posible la paz en el Caguán y por qué tampoco ha sido posible la paz de Uribe. Tal vez esta columna aplaque un poco la conciencia de Andrés Pastrana y alivie la ansiedad vertiginosa de Álvaro Uribe y sus seguidores más fervientes.

En La Habana he oído comentarios muy duros, muy desobligantes, muy tristes, sobre Pastrana. A la vez el expresidente no escatima esfuerzos para atacar las actuales negociaciones de paz y salió a confrontar el acuerdo logrado con una diatriba igual o más amarga que la de Uribe. Pero el error de Pastrana hace 16 años fue no haber comprendido a cabalidad las apreciaciones y pretensiones de las Farc. No le bastó la generosidad con que encaró el proceso.

En aquel entonces la guerrilla tenía la iniciativa y le había propinado 17 grandes derrotas consecutivas al Ejército, estaba convencida de que podía ganar la guerra; creía, además, que Pastrana les debía la Presidencia porque la inclinación manifiesta de Manuel Marulanda a favorecerlo como candidato había hecho la diferencia en una dramática segunda vuelta electoral.

Con estas ilusiones a cuestas las Farc fueron a la mesa de negociaciones a buscar una paz revolucionaria, un gobierno compartido, una reforma profunda a la vida económica y a todas las estructuras políticas del país. En los diez puntos de su plataforma política hablaban de un gobierno de amplia participación nacional. En términos precisos esto significaba un régimen de transición que muy pronto se convertiría en una revolución triunfante.

Eso, desde luego, no era posible, la correlación de fuerzas no les daba, no tenían un gran respaldo en las ciudades, no había un alzamiento urbano, una protesta generalizada en los grandes centros poblaciones, condición sine qua non de una revolución. Las Farc tensaron la cuerda hasta que se rompió, hasta que Pastrana consternado se paró de la mesa de conversaciones y se dedicó a rumiar su fracaso.

Paradójicamente, Uribe ha alimentado su visión de la paz con los mismos ingredientes de aquellas Farc. También creyó que había derrotado al enemigo, que las Farc estaban vencidas, que su única alternativa era entregar las armas, declinar cualquier pretensión de participación política y someterse a la cárcel.

Uribe entonces se dedicó a pregonar una paz imposible, una propuesta de paz que significaba de manera clara y tajante la continuidad de la guerra. Lo hizo durante sus dos mandatos y por eso ni llevó a las Farc a la mesa de conversaciones ni pudo lograr un acuerdo con el ELN en largas jornadas de negociación. Lo ha hecho después de salir del gobierno y lanzarse a la oposición buscando afanosamente acabar a como diera lugar con las negociaciones de La Habana.

Las Farc acosadas, golpeadas, pero lejos de la derrota y la disolución, lejos de su tumba, están firmando la paz posible, una paz con cambios mínimos, una paz con tribunales de justicia, con responsabilidad enorme con las víctimas, con censura implacable a las agresiones a la población civil, al secuestro, al involucramiento con el narcotráfico.

Pero, a la vez, una paz con un gran respaldo internacional, con el reconocimiento de un indiscutible estatus político, con la posibilidad de transformarse en un partido de izquierdas y competir con garantías en el escenario electoral. Un acuerdo de paz que abre las puertas a la normalización de la democracia.

El jueves pasado las partes en La Habana enterraron la paz revolucionaria, la paz que nace de un empate militar manifiesto o de un alzamiento armado triunfante; y enterraron también la paz que surge de la derrota y la disolución de una guerrilla, la paz de un Estado victorioso que puede dictar las órdenes a su adversario vencido. Estamos ante una paz convenida entre fuerzas desiguales que se han dado cuenta de que prolongar la confrontación trae solo más dolor y más tristeza.

Nota. Es un grave error de la Fiscalía -ojalá no malintencionado- la orden de detención para Carlos Velandia y Francisco Galán. Los acusan de participar en el secuestro múltiple de la iglesia La María en el año 2000 cuando ellos purgaban largas condenas en la cárcel de Itagüí. Hubiera bastado que llamaran a funcionarios del gobierno de ese entonces que sabían de sobra que estos guerrilleros no tenían mando alguno y solo hacían de gestores de paz. El presidente Santos debía retornarles el papel de promotores del acuerdo con el ELN y librarlos de la cárcel.

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