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Opinión

  • | 2014/11/15 22:00

    De los tres huevitos a las tres palabritas

    Santos no ha logrado imponer una nueva agenda para el país, pero a Uribe se le ha desgastado bastante la vieja agenda.

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La cifra es dura. En los primeros 100 días de su segundo mandato el presidente Santos tiene un 56 por ciento de imagen desfavorable y apenas un 40 por ciento de imagen favorable. El único consuelo es que su principal opositor, el senador Uribe, tiene un desfavorable de 50 por ciento y un favorable de 41por ciento.  La aceptación y el desprestigio están muy parejos. Los datos son de la encuesta de Ipsos Napoleón Franco realizada entre el 7 y el 10 de noviembre. El contraste con los 100 días del primer mandato es enorme. En aquellos meses de 2010 Santos y Uribe estaban por encima del 70 por ciento en favorabilidad.

Me atrevo a darles una explicación a la caída en las encuestas y al empate negativo que tienen ahora. Santos no ha logrado imponer una nueva agenda para el país, pero a Uribe se le ha desgastado bastante la vieja agenda. Santos hizo un gran esfuerzo en su primer mandato para convertir la paz y la prosperidad en un propósito nacional.  No pudo.

Ahí estaba Uribe para decirle día tras día al país que lo más importante era la seguridad, que la tarea principal seguía siendo derrotar a las guerrillas. La paradoja es que a Uribe también lo ha perjudicado la insistencia en la seguridad. Sectores importantes de la opinión empezaron a pensar que quizá no era tan eficaz el camino escogido por Uribe para poner fin al conflicto ya que después de sus  ocho años de gobierno las guerrillas seguían vivas y los paramilitares habían mutado en bandas criminales con un potencial delictivo no muy lejano al que tuvieron los paras.

Santos decidió entonces iniciar su segundo mandato con un mensaje distinto.  Radicalizó el discurso de la paz y lo vinculó a la educación y a la equidad. Fue una fuga hacia adelante. Quiso marcar una diferencia mayor con la seguridad, la confianza inversionista y la cohesión social que fueron los pilares de Uribe. Dejó a un lado la palabra prosperidad que arrastraba un halo de confianza inversionista y se la jugó a hablarles a las clases medias y a los sectores populares con la ilusión de la paz y con la promesa de un salto en la educación y en la equidad. Es un caso extraño en política. Porque, si las palabras tienen un valor verdadero, si el anuncio es sincero, quiere decir que el presidente en ejercicio ofreció más ruptura que continuidad.

¿Podrá Santos convertir estas tres palabras en un propósito nacional? ¿Podrá desplazar definitivamente la agenda de seguridad o convencer a la opinión de que la palabra paz puede ser el mejor sinónimo de seguridad? La percepción de la ciudadanía en estos primeros 100 días no va en esa dirección. El 67 por ciento de los encuestados considera que Juan Manuel Santos no está cumpliendo con lo prometido y el 80 por ciento no aprueba su gestión en seguridad. Solo aumenta un poco la confianza en las negociaciones de paz.

El tiempo que ha transcurrido es corto y el proyecto es muy ambicioso y difícil de llevar a la práctica. Por eso no se puede hacer un juicio definitivo. Para llegar a la firma de la paz falta quizás el trayecto más difícil. Se trata de ganar a la opinión pública y a las Fuerzas Armadas para poner en marcha una justicia transicional con verdad, reparación y penas alternativas distintas a la cárcel, a la extradición y a la imposibilidad de hacerse elegir a cargos de representación política. Pero se trata igualmente de convencer a las guerrillas de disminuir sensiblemente la confrontación e iniciar el tránsito rápido hacia el cese definitivo de las hostilidades. Esto en medio de la oposición feroz del uribismo.

No es menos difícil empezar a tomar decisiones que anuncien un serio viraje en la educación y en la lucha por la equidad social. El programa de 10.000 becas en las mejores universidades para los estudiantes pobres con las más altas calificaciones es un buen paliativo. Pero a la fecha no se ha definido una gran modificación en el presupuesto de educación y una propuesta integral de reforma al aparato educativo.

Tampoco hay nuevas decisiones en otros asuntos clave para romper las brechas sociales. No hay audacias en seguridad social, en régimen salarial y en la estructura tributaria. Las propuestas para el campo están atadas al inicio del posconflicto. Y todo esto entraña un enorme forcejeo con las clases altas del país que quizá Santos no está dispuesto a afrontar. Solo están las tres palabras de esperanza y por lo visto la ciudadanía esperaba más realidades en los primeros 100 días. Santos tendrá que entender que no puede llegar a la refrendación de los acuerdos y a las elecciones locales en esta situación.
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