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Opinión

  • | 2014/11/22 22:00

    Desescalar el conflicto

    El cese parcial de hostilidades tiene un profundo sentido humanitario porque se dirige esencialmente a proteger a la población civil.

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Nuevamente las Farc propusieron pactar un cese bilateral de hostilidades como antesala a la firma del acuerdo de paz y otra vez Santos les dijo que esto no estaba en los planes del gobierno. La crisis de la mesa de La Habana empujaba en esa dirección. La guerrilla tenía en sus manos por primera vez en su historia a un general de la República y Pablo Catatumbo aprovechó para señalar que, cosas como esta, y aún más graves, podían pasar de nuevo si se seguía negociando en medio del conflicto. Era un argumento potente. Pero el presidente no se detuvo siquiera a considerar la propuesta.

Apareció en cambio, en el discurso de las dos partes, esta frase: desescalar la confrontación. La dijo Santos y la dijo Catatumbo. Es una buena alternativa. Se trata, en realidad, de un cese parcial de hostilidades. Desde muchos lados habíamos sugerido esta posibilidad. Acordar en La Habana, sin mucho bombo, sin comisiones especiales de verificación; sin que la discusión y tramitación de este tema prolongue la negociación de los demás aspectos de la agenda; una limitación de las acciones de las partes, una disminución de la confrontación. Podrían encargar de esta tarea a la subcomisión que está trabajando en los protocolos para la dejación de armas y la desmovilización.

El cese parcial de hostilidades tiene un profundo sentido humanitario porque se dirige esencialmente a proteger a la población civil. Puede llevar a restringir operaciones en zonas especiales como los resguardos indígenas; o en las comunidades negras tan golpeadas en los últimos meses; o en lugares de gran población campesina. A cesar los ataques a la infraestructura energética y minera del país por los graves daños económicos, sociales y ambientales que están produciendo. A inhibir temporalmente los bombardeos y las fumigaciones sobre zonas claves del territorio. Medidas de esta naturaleza generarán una confianza mayor en las negociaciones de paz y contribuirán a preparar el terreno para el cese definitivo de los fuegos y las hostilidades y para el proceso de desmovilización y desarme.

Al momento de escribir esta columna está en curso la liberación del general Rubén Darío Alzate, de sus dos acompañantes y de los soldados retenidos en Arauca. Todo dice que la crisis se solucionará y las negociaciones se reanudarán este lunes. Pero el proceso de paz mostró una vez más su fragilidad y los graves riesgos que lo acechan. Con mucha frecuencia se le han cuestionado a las Farc las dificultades para comunicarse con sus estructuras y controlar sus acciones. Pero lo que vimos en el lado del Estado no es menor. El domingo, después de que el senador Uribe pusiera a circular los pormenores de la acción sobre el general Alzate, el presidente Santos le preguntó en su cuenta de Twitter al ministro de Defensa qué hacía un general de civil, sin escoltas, en un territorio de guerrillas. Para sorpresa de todos, Juan Carlos Pinzón contestó que tampoco él sabía. Ni el jefe supremo de las Fuerzas Armadas ni su segundo al mando tenían idea de la actividad de un general de la importancia de Alzate.

Situaciones como esta son comunes en una guerra irregular que se libra en un territorio extenso y especialmente complejo donde se alzan tres cordilleras y campean selvas profundas. Una guerra en la que intervienen fuerzas ilegales de la más diversa condición. Este solo botón de muestra es bastante revelador. El domingo en la tarde y el lunes todo el día asistimos a una angustiosa incertidumbre. Nadie daba razón de la suerte del general y de sus acompañantes. No se sabía si en realidad estaban en manos de las Farc o de otros grupos que han operado en la zona. La angustia creció el martes en la mañana cuando la guerrilla no confirmó la acción en su primer comunicado desde La Habana. Por un momento se pensó lo peor. Un desenlace fatal no solo golpearía de manera brutal a varias familias sino que podría dar al traste con los anhelos de paz de los colombianos. Un pacto para desescalar la confrontación no eliminará del todo los riesgos en la negociación, pero los reducirá de manera importante.

Y una nota final. Me causó una muy triste impresión la perturbación que en el alma puede producir una causa política llevada a sus extremos. Sentí en algunos críticos del proceso de paz cierto beneplácito con la situación que estaban viviendo el general Alzate y sus acompañantes. Veían en este hecho doloroso una oportunidad para que se cumplieran sus deseos de liquidar estas negociaciones.
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