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Opinión

  • | 2016/05/07 00:00

    La disolución de la Unidad Nacional

    El látigo de Serpa sobre el vicepresidente no puede ser un asunto de cuotas. Porque los liberales aventajan de lejos a los de cambio en el gobierno

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Dijo el presidente Santos, en una entrevista a Caracol Radio, que “La Unidad Nacional evoluciona hacia una coalición por la paz”. La frase es bonita. Pero la realidad es más pedestre, más mundana y vulgar. La Unidad Nacional se rompió, se disolvió. Horacio Serpa, codirector del Partido Liberal, aseguró que no le interesaba permanecer en esa coalición; Carlos Fernando Galán, senador de Cambio Radical, ha planteado que su partido no se siente comprometido con la Unidad; y Armando Benedetti, del Partido de la U, ha manifestado que la alianza está haciendo agua por todos los lados.

Los tres partidos están en un pulso para conservar o aumentar su presencia en el gabinete y en los puestos de mando del Estado. Ven que Santos está en su peor momento en las encuestas y le quieren cobrar, cada uno por su lado, muy caro su respaldo. Se están preparando además para afrontar la campaña electoral de 2018 y mueven todas las fichas para quedar en punta de carrera.

Germán Vargas Lleras está en el centro del litigio. Serpa dice con persistencia que Vargas Lleras debería renunciar para dedicarse a la campaña por la Presidencia. Supone que este es el candidato in pectore de Santos. No es descabellada la conjetura. Entre Santos y Vargas Lleras tiene que haber un compromiso, quizás tácito, quizás explícito, en ese sentido. No hay que olvidar que en la campaña pasada, en la difícil disputa con el uribismo, hubo momentos en que Vargas Lleras tenía mayor figuración que Santos en las encuestas, sin embargo, prefirió optar por la Vicepresidencia en vez de hacer rancho aparte y lanzar su propia candidatura.

En todo caso, el látigo de Serpa sobre el vicepresidente no puede ser porque advierte un gran desequilibrio entre lo que le dan a Cambio Radical y lo que le dan al liberalismo. No puede ser un asunto de cuotas. Porque los liberales aventajan de lejos a los de Cambio en el gobierno. Tienen mal contados cinco ministerios, las negociaciones de paz en sus manos y una influencia diaria en el Palacio de Nariño a través del expresidente Gaviria. Por ahí no va la cosa.

Lo que ve el astuto líder liberal es que tanto el Partido de la U, como su propio partido, siendo, como son, los partidos más votados del país, no tienen, en este momento, una figura claramente identificable como candidato presidencial con un arrastre importante en los sondeos de opinión. Su campaña contra Vargas Lleras apunta a debilitar a un candidato manifiesto y visible para abrirle paso a una candidatura del liberalismo o de La U con la cual competir, con alguna posibilidad de éxito, en las elecciones de 2018.

Santos hizo una frase para salir del grave impase en que se encuentra y para señalar una ruta de navegación, en medio de las tormentas, hasta un puerto todavía lejano: la firma de la paz, el desarme de las guerrillas y el cierre con broche de oro de su mandato. Pero necesitará más, mucho más, que este enunciado y que la decisión de nombrar a dos ministros de la izquierda, para llegar a ese destino.

Tendría que darle un gran contenido y una verdadera potencia a la pretendida Coalición para la Paz y eso implicaría un plan muy arriesgado y audaz. Otro desafío de marca mayor a Uribe. Una fuga hacia adelante. Para empezar tendría que alejar a Vargas Lleras de cualquier tentación de alianza con el uribismo y forzarlo a un compromiso abierto y claro con las negociaciones de La Habana.

A renglón seguido tendría que utilizar de inmediato las facultades extraordinarias y poner en marcha la comisión legislativa especial, para convertir en leyes y decretos el paquete de reformas políticas y sociales que Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle han pactado con las Farc en Cuba. Con toda fidelidad, con el mayor apego a lo acordado, sin intentar ninguna trampa o atajo. Lo cual implica poner a prueba las declaraciones reiteradas de apoyo a la paz del Partido Liberal, del Partido de la U y de Cambio Radical. Sacudir a estas fuerzas para ver quien está de verdad con la paz. No tiene más allá de diciembre para realizar esta tarea.

Con una apuesta de cambios ciertos para el país y de seguridad física y jurídica para las guerrillas tendría toda la legitimidad, todos los argumentos, para acelerar el cese bilateral y definitivo de todas las hostilidades, la firma de la paz, un mecanismo idóneo y consensuado de refrendación y el tránsito a la vida civil de las insurgencias. Con esa apuesta le daría verdadero juego a la izquierda y aplacaría sus divisiones.

Con esa apuesta ayudaría también a decantar las candidaturas presidenciales favorables a las actuales negociaciones de paz y alejaría el triunfo de la derecha dura en cabeza de un candidato como Alejandro Ordóñez que puede poner de su lado al Centro Democrático, a la mayoría de los conservadores y a un amplio espectro de fuerzas empresariales que sienten la paz como amenaza.

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