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Opinión

  • | 2017/08/12 22:15

    El “Ñoño” Elías o la perversión de la política

    Esos parlamentarios se cuidan para no mostrar que en esa operación se quedan con una jugosa parte de los recursos para invertir en sus campañas y enriquecerse personalmente.

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Por fin la Justicia colombiana decidió examinar la conducta de Bernardo ‘Ñoño’ Elías. No lo hizo motu proprio, tuvo que empujarla la Justicia de Estados Unidos con el destape de los sobornos de la multinacional Odebrecht. A la Fundación Paz y Reconciliación, que realizó una minuciosa investigación sobre las elecciones de 2014 y en el libro Los herederos del mal hace una radiografía de la voluminosa contratación de recursos públicos que controlaba el senador y de su extensa red de aliados políticos señalados por corrupción o por nexos con ilegales, no le pararon bolas.

La Fiscalía tiene evidencias de que el Ñoño Elías obtuvo coimas por no menos de 20.000 millones de pesos de la firma Odebrecht. Pero esa cifra puede ser escandalosamente inferior a la tajada que recibió por la asignación a dedo de 90.000 millones de pesos de los cupos indicativos entre 2010 y 2014, y por la contratación múltiple generada en entidades del orden nacional y local o por Gobernaciones y Alcaldías bajo su influencia directa.

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En alianza con el senador Musa Besaile llevó a Alejandro Lyons, hoy investigado por delitos que van desde corrupción millonaria hasta el homicidio, a la Gobernación de Córdoba. Las Alcaldías bajo su influencia en este departamento no son menos de 7, empezando por Sahagún, su tierra natal. Buena parte de los 140.143 votos que obtuvo para Senado los alcanzó en esas tierras.

Pero su control se extiende a La Guajira donde encontró como aliada a Cielo Redondo, exalcaldesa de Uribia, con enorme poder en todo el departamento y con un variado prontuario delictivo. Allí Elías obtuvo 16.950 votos en 2014, la primera votación para Senado. También logró la segunda votación en el departamento de Sucre donde heredó el capital político de su suegro, el excongresista Eric Morris condenado por parapolítica.

Algunos meses después de las elecciones de 2014, Bernardo Elías acudió a nuestras oficinas para hablar de las afirmaciones que hacíamos en el libro. Nos sorprendió con su simpatía y su gran capacidad para argumentar y explicar su trayectoria política. Lo oímos por un largo rato. Ahora he revivido con mi equipo los recuerdos de esa conversación. Para empezar nos dijo que no iba a refutar nada de lo que decía nuestra investigación, pero quería mostrar que su conducta no difería de que tenía la inmensa mayoría de los parlamentarios, y su relación con el presidente Santos no era diferente a la que tuvo con Álvaro Uribe Vélez.

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Hay tres tipos de parlamentarios, dijo: los que dedican la mayoría de su tiempo a elaborar y presentar proyectos de ley; los que prefieren los debates y el control político; y los que invierten sus grandes esfuerzos en hacer gestión de recursos para su región y sus electores, y por eso se la pasan haciendo cola en los ministerios y los institutos descentralizados. Los de proyectos y debates que son pocos, no más del 20 por ciento de los senadores y representantes, obtienen el grueso de la votación de la opinión, de la favorabilidad que logran entre los electores menos vinculados a las militancias políticas. A los demás nos toca perseguir a los electores en su casa, su barrio y su vereda, establecer vínculos permanentes con los líderes, mostrar obras, buscarles trabajos a los más cercanos.

Estoy muy orgulloso, nos comentó, de haber llevado el acueducto a mi pueblo natal que había pasado 200 años sin este servicio básico. Igual he promovido obras en muchos municipios de la costa Atlántica. Es eso lo que me ha dado popularidad. La gente vota por eso. Ustedes dicen que de allí derivo cuantiosos dineros para la campaña, pero eso no es lo importante, lo importante es la solución de problemas a la población. Soy muy exitoso en estas labores y a eso se debe mi alta votación.

Lo decía con una enorme convicción. La misma que he sentido en la conversación con muchos políticos a lo largo de los últimos años. Insisten en que su labor es servir de intermediarios entre la región y el Estado central, entre sus electores y el Estado, para conquistar beneficios directos individuales o colectivos, contratos, puestos, dádivas, pequeñas y grandes obras, en un país hambriento de oportunidades. El clientelismo puro y duro adquiere en sus labios una increíble naturalización.

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Ahora bien, se cuidan bastante para no mostrar que en esa operación de intermediación se quedan con una jugosa parte que oscila entre el 10 y el 30 por ciento de los recursos para invertir en sus campañas y para enriquecerse personalmente.

La habilidad y el carisma pueden producir resultados asombrosos. En el caso del Ñoño Elías tuvimos un cálculo que puede resultar muy exagerado para los electores, pensamos que la inversión en la campaña de 2014 se acercó a los 8.000 millones de pesos. Es eso lo que ha generado una verdadera perversión de la democracia. Para competirle a este tipo de políticos los demás recurren al mismo procedimiento: se apoderan de grandes cuotas de contratación, hacen más sibilina y más sofisticada la intermediación, saltan por encima de barreras éticas y legales, y en esa carrera, en algún momento, exageran tanto, que la Justicia laxa y poco inclinada a escudriñar el lado oscuro de la política no tiene más remedio que intervenir.

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