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Opinión

  • | 2014/05/16 00:00

    La astucia de Uribe y Zuluaga

    Es tan grande la mentira que Juan Lozano, quien fue puesto de testigo del hecho, en menos de un día salió a desmentir la afirmación.

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Son unos verdaderos magos. La sacaron del estadio. En 15 días le echaron tierra a una grave trama delictiva, convirtieron en verdad un acontecimiento dudoso y oscuro, se burlaron de la Justicia, les metieron los dedos en la boca a los medios de comunicación, envenenaron la campaña electoral y
escalaron en las encuestas.

Andrés Sepúlveda sí obtenía información de manera ilegal o se la inventaba y la utilizaba para sabotear el proceso de paz y para hacerle daño al candidato Juan Manuel Santos. Así lo ha confesado ante la Fiscalía, así lo muestran sus correos, así quedó en evidencia el día en que, de la mano de Luis Alfonso Hoyos, intentó engañar a Rodrigo Pardo y al canal RCN. Eso no ofrece ninguna duda, no tiene el menor resquicio.

Sepúlveda sí trabajaba para Óscar Iván Zuluaga y Zuluaga, a sabiendas de que cumplía una labor delicada y riesgosa, había dedicado a su mejor y más cercano amigo y a su propio hijo a coordinar las actividades de este sagaz delincuente. Así se lo ha dicho Sepúlveda a la Justicia. Así se pudo ver en el momento en que Hoyos renunció a la campaña. Así lo confirman las visitas que hacía el propio candidato a la casa de Sepúlveda. Ahí tampoco hay duda.

Ahora se sabe también que Sepúlveda tenía relación con Andrómeda, otro de los eslabones de la red de espías y conspiradores que han tenido la misión de acabar con el proceso de paz. Ahora quizá sepamos cómo fue que llegó a manos de Francisco Santos el borrador de acuerdo para iniciar las negociaciones; y a Uribe las coordenadas donde debían recoger a los negociadores de las Farc que marchaban a reforzar el equipo negociador de esta guerrilla; y a José Obdulio Gaviria la especie de que Sergio Jaramillo estaba negociando un secuestro en Cuba. De ese tamaño puede ser el alcance de la captura de este empleado de Zuluaga. Pero Uribe y Zuluaga han logrado que esto pase a un segundo plano, que no haya muchas preguntas sobre el hecho en los últimos días, que todo vaya quedando en el olvido.

En cambio Uribe le ha sacado todo el jugo a la confesión de un mafioso preso en Estados Unidos. Él, que desvirtúa todas las acusaciones que los jefes paramilitares le hacen desde las cárceles, porque, dice, no hay que creerles a criminales, se montó en la versión de que Javier Antonio Calle Serna, alias Comba les entregó a J.J. Rendón y a Germán Chica 12 millones de dólares para un negocio fallido de sometimiento a la Justicia. Le agregó además la perla de que 2 millones habían ido a parar a la pasada campaña presidencial de Juan Manuel Santos.

Miren lo difícil que resulta creer en estas cosas. Alias Comba fue el mismo que acabó con Wilber Alirio Varela, alias Jabón, el último mito de los sanguinarios capos del narcotráfico. Lo persiguió hasta Venezuela, lo asedió, lo mató y se apoderó de su imperio. A la cabeza de los Rastrojos desafió a la Oficina de Envigado y a los Urabeños y entre 2008 y 2011 se extendió por todo el país matando a quienes se le atravesaban en el camino. Pero ahora resulta que ese señor se deja robar 12 millones de dólares de un publicista y de un funcionario del gobierno y después se entrega a la Justicia norteamericana y no les hace ni un rasguño a los tipos que lo timaron. Esa es mundial.

Pero más increíble aún es que de este dinero recibido en 2012 se sacaron 2 millones para pagar deudas de 2010 de la campaña de Santos. Resulta que un candidato a la Presidencia victorioso al que cualquier empresario estaría dispuesto a financiar debe recurrir al dinero mafioso para cubrir un déficit. Es tan grande la mentira que Juan Lozano, amigo y seguidor de Uribe, quien fue puesto como testigo del hecho, en menos de un día salió a desmentir la afirmación.

Con esta mentira del tamaño de una catedral Uribe se ha tomado los medios de comunicación que lo asedian hora por hora para que cuente cómo fue la cosa y la Fiscalía, impotente, le ruega una y otra vez que acuda al despacho a presentar las pruebas y él aprovecha para deslegitimar a la Justicia diciendo que no hay garantías en un ardid que quizá le sirva a la hora de que su hermano sea llevado a la cárcel por paramilitarismo. 
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