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Opinión

  • | 2014/12/13 22:00

    La suerte de Santos

    Santos tendrá que mostrar un talante que asegure el cumplimiento de los acuerdos con la guerrilla y deberá ganar a las Fuerzas Militares y de Policía para el proceso de paz, asegurando un lugar digno para ellas en el posconflicto.

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Santos es hábil, bastante hábil, pero además ha tenido una suerte inmensa. En el año que termina ha confirmado su gran suerte. Cuando el fantasma de la derrota electoral se aproximaba llegó la izquierda para salvarlo. Algo extraordinario había ocurrido también en su primera elección. Noemí Sanín se le atravesó en el camino de Andrés Felipe Arias y le ganó la consulta en el Partido

Conservador, lo cual obligó a Uribe a poner todos los huevos en el canasto de Santos. Así se ha cuajado una extraña situación. Un presidente que llega a su primer mandato de la mano de la derecha más dura y a su segundo mandato mediante el empujón decisivo de la izquierda.

La suerte económica no ha sido menor. Justo en el momento en el que se desplomaron los precios del petróleo, el valor del café dio un salto, la producción del grano aumentó significativamente y el precio del dólar se trepó. Los rendimientos derivados de esa nueva situación del café no compensan del todo lo que deja de entrar con la baja en el petróleo, pero son un alivio muy importante. Es probable que el gobierno no les tenga que girar a los cafeteros cerca de un billón de pesos en subsidios. A esto se agrega el impacto que tendrá en el mercado interno una mejoría importante en los ingresos de 350.000 familias que dependen del café a lo largo y ancho del territorio nacional.

Ahora bien, la suerte mayor de Santos está en el campo de las negociaciones de paz. Este año se ha confirmado la hipótesis de que las Farc habían llegado a La Habana con la firme decisión de firmar un acuerdo para la terminación del conflicto armado. La prueba más importante no son sus declaraciones, aunque han dicho, en varias oportunidades, que la paz es irreversible, o que no se pararán de la Mesa hasta firmar un acuerdo. Lo más significativo ha estado en sus actitudes. La realidad es que las Farc han disminuido sus acciones en más de un 50 por ciento con respecto a las realizadas en el 2013. Lo han hecho por voluntad propia, decretando varias treguas unilaterales.

La más importante de todas, la realizada entre la primera y la segunda vuelta electoral cuando frenaron en seco el plan militar que tenían para conmemorar los 50 años de su nacimiento. Fue también en ese mes escaso cuando firmaron varios acuerdos y anunciaron el inicio de la discusión sobre el cese definitivo de las hostilidades y los protocolos para el desarme. Otro hubiese sido el desenlace político si arrecian las acciones y paralizan la mesa en medio de la reñida contienda entre Santos y Zuluaga.

Los duros golpes que recibieron las Farc en los últimos años y la pérdida de la ilusión del triunfo militar son la explicación más corriente para la decisión de firmar la paz. Pero hay otra. Quienes están ahora a la cabeza de esta guerrilla en sus expresiones militares o sociales son una camada que se formó en la Juventud Comunista y que está ansiosa de volver a la política. También Santos llegó en el momento de ese relevo generacional.

Pero, para el año 2015, Santos está obligado a tener algo más que suerte y habilidad. Si su meta es firmar el acuerdo, ir a la refrendación y sellar el proceso con un triunfo contundente en las elecciones locales, tendrá que mostrar un verdadero talante reformista que asegure el cumplimiento de los acuerdos con la guerrilla y ofrezca reales oportunidades para el protagonismo político y social de la izquierda. Tendrá que ganar a las Fuerzas Militares y de Policía para el proceso de paz, respondiendo a los miedos y a las angustias que las acechan, asegurando un lugar digno para ellas en el posconflicto y aislando a los sectores que han intentado e intentarán sabotear los esfuerzos de reconciliación. Tendrá que salir con todo el equipo negociador y con sus aliados políticos a convencer a una opinión pública escéptica, desconfiada y llena de resentimientos con la guerrilla.

Ni una de estas cosas será fácil. Para adelantar las reformas chocará con sectores empresariales que poco entienden la necesidad y la urgencia de abrir puertas a la inclusión y a medidas elementales de justicia social. Para convencer a los militares y a la opinión pública chocará con una oposición de derechas que de manera inteligente y astuta ha enarbolado la exigencia de cárcel y de inhabilidad política para los jefes guerrilleros, sabiendo que con esas condiciones tocan fibras sensibles de la ciudadanía y pueden hacer imposible la firma del acuerdo de paz.
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