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Opinión

  • | 2015/08/01 22:00

    La tentación china

    La soledad es infinita con la barrera del idioma y las costumbres. Ni las señas sirven para hacerse entender en una cultura que parece de un planeta distinto al que habitamos en occidente.

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La detención de Juliana López, la modelo paisa capturada en China, me llevó otra vez a Shanghái, a un restaurante, a una conversación con Ricardo Galindo, cónsul general de Colombia en esa lejana ciudad. Fue hace poco, cuando ya el verano había comenzado y un calor infame asediaba las tardes en la ribera del río Yangtsé.

Ricardo, un bogotano educado en el Colegio San Carlos, con estudios posteriores en Comercio y Relaciones Internacionales, había pedido ya el pato pekinés, emblema de la comida china, cuando surgió el tema de los colombianos presos en esas tierras de oriente.

Fue una fortuna que María Fernanda, mi compañera, hiciera una pregunta sobre el lugar y la comida y obligara a un largo paréntesis, donde el cónsul nos habló de la primera vez que había ido al restaurante y de su lento acercamiento a los platos tradicionales de la comida más variada y más deliciosa del mundo.

Pudimos saborear el pato antes de llegar al plato amargo de esa tragedia silenciosa que viven más de un centenar de jóvenes de nuestro país en las cárceles de China. Ahora que la tristeza llega a una mujer hermosa, jugadora de fútbol, con alguna figuración pública, quizás la sociedad colombiana pueda conocer los pormenores de esta infamia de la mafia colombiana.

No sabemos qué tan responsable y qué tan consciente sea Juliana del delito en que se ha visto envuelta y de las consecuencias que se le vienen encima, pero las historias que nos contó Ricardo desnudan la ingenuidad y la ignorancia de muchachos colombianos pobres que se dejan seducir por el ofrecimiento de unos cuantos millones de pesos y aceptan llevar drogas sin saber el destino final y los graves peligros que los acechan.

La trama más común es así: los convencen del viaje y un poco antes de salir les entregan el alijo, los tiquetes, el pasaporte y su visado, les hablan por primera vez de su destino final y les advierten que allí alguien los estará esperando para recibir la mercancía y orientar su itinerario de vuelta. Van con los ojos cerrados a la indescifrable República de China, al lugar más hostil frente a las drogas, al sitio donde se paga con la cadena perpetua o con la ejecución la posesión de 50 gramos de cocaína.

Algunos son simples anzuelos. Les entregan una pequeña carga, buscan su detención y con ello alejan la vista de un tráfico mayor. Otros van de gancho ciego. Les patrocinan viajes para que compren mercancías chinas y en el viaje de ida camuflan entre sus dispositivos y pertenencias las drogas.

Ricardo describió con algún detalle las condiciones de la reclusión y ahí no acerté a definir qué sería más doloroso para el reo y para su familia: la pena de muerte o la cadena perpetua.  Las posibilidades de ver a un ser querido en la vida son casi inexistentes. Los presos tienen derecho a una hora de visita al mes y para que esta eventualidad se realice los familiares tienen que atravesar el mundo en el viaje más largo y costoso de su existencia.

La soledad adquiere el color de una angustia infinita con la barrera del idioma y de las costumbres. Ni las señas sirven para hacerse entender en una cultura que bien parece de un planeta distinto al que habitamos en Occidente. Hablar, que muchas veces es más importante que comer, se vuelve un milagro que puede ocurrir cada cierto tiempo si tienes el dinero para pagar una llamada a Colombia, quizás a Medellín o a Cali, de donde salen la mayoría de los jóvenes que caen en las redes de la mafia.

Con el cónsul hablamos de la posibilidad de la repatriación de esos hijos desgraciados de nuestro país y esa ilusión no aparece en el horizonte. China tiene la voluntad de hierro, no quiere delegar el castigo, es una historia larga que viene de las guerras del opio, es una garra que se volvió más dura con el ascenso del Partido Comunista chino.

Tampoco es dable abrigar la esperanza de que las mafias declinarán el tráfico de drogas hacia esas latitudes. El costo de las sustancias se multiplica en ese país inmenso y a los jefes mafiosos les importa poco el destino de quienes son apresados con su carga de muerte.

Solo queda una campaña enorme para disuadir a los jóvenes de esta tentación y la perfección de la inteligencia y los controles en la salida de nuestros aeropuertos y fronteras. Es necesario contar cada detención, cada tragedia, hasta que el mensaje llegue a los rincones de los barrios de nuestras ciudades donde los criminales abusan de la pobreza y de la ingenuidad de nuestros muchachos y los embarcan en la quimera de conseguir un dinero con el riesgo de empeñar para siempre su vida.
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