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Opinión

  • | 2017/05/13 22:15

    De Le Pen y el Centro Democrático

    Sus líderes se trenzaron en una dura competencia para ver quién hacía el discurso más duro, quién pintaba un cuadro más deprimente, quién elogiaba más a Uribe, quién atacaba más el proceso de paz. La competencia fue muy pareja.

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Al mismo tiempo que estaban realizando las elecciones en Francia, donde competía Marine Le Pen en cabeza de una ruidosa fuerza de derecha, ocurría en Colombia la convención del partido que mejor representa a esa corriente política en nuestro país. No pude evitar las comparaciones. Los discursos de la convención uribista se parecían mucho a las exhortaciones que hizo Le Pen a lo largo de la campaña por la Presidencia de Francia.

Le Pen difundió una y otra vez la idea de una Francia postrada,de un país en el abismo, de una Europa asediada. Apeló al miedo.Insistió en el odio a los migrantes y en el cierre de fronteras. La xenofobia fue el ingrediente más denso, el más visible, de su discurso.

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En algún momento habló de retirar a Francia de la Unión Europea. Aislar, segregar, señalar, a las miles de personas que buscan un cobijo en el país que proclamó la libertad, la igualdad y la fraternidad y que ha sido puntal en la integración del Viejo Continente.

Los graves ataques del terrorismo en Francia, en el mismo París, le servían de telón de fondo para las duras apuestas en seguridad;las víctimas, ese dolor inmenso en el corazón de Europa causado por el islamismo radical, le servían de condimento para increpar a sus rivales, para decirles que era necesario un cambio de las reglas de juego,
para llamar a los votantes a romper la continuidad.

Y acá, en el lugar de convenciones de la Iglesia Carismática, el sábado, un día antes de las elecciones francesas,los líderes del Centro Democrático se trenzaron en una dura competencia para ver quién hacía el díscurso más duro, quién pintaba un cuadro más deprimente del país, quién elogiaba más a Uribe y le ofrecía mayor lealtad, quién atacaba más el proceso de paz, quién era más persuasivo al señalar la posibilidad de que Colombia terminara pareciéndose a Venezuela. La competencia fue muy pareja, incluso quienes en algún momento han ofrecido cierta moderación, cierta ponderación, escogieron las palabras más cortantes, las más delirantes, de su repertorio.

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Carlos Holmes Trujillo señaló entonces que “Santos actuó como un secuestrado de la tiranía de Chávez y Maduro por su apoyo a las negociaciones de Cuba. Aceptó la justicia que querían las Farc. Castró la democracia colombiana”. Iván Duque, espoleado por copartidarios que lo acusan de santista camuflado, dijo que en 2002, antes de llegar Uribe al poder, estábamos en la misma situación de ahora, sin norte, sin horizonte, y, por ello, el reto consistía en devolverle la esperanza al país. Remató diciendo: “Queremos que el presidente de la República sea genuinamente uribista”.

El punto más alto del delirio llegó con la intervención de Fernando Londoño, quien levantando un fajo de papeles indicó que “el primer desafío del Centro Democrático será el de volver trizas ese maldito papel que llaman el acuerdo final con las Farc”. Y agregó: “Ese papel en su conjunto, esas 312 páginas, es basura fruto de un robo, el robo que le hicieron al plebiscito, a la voluntad popular”.

Así, con algunas variaciones, fue el tono de Paloma Valencia, Alejandro Ordóñez y demás oradores. Un poco extraño todo esto. Porque en la misma semana había estado en Colombia el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el organismo que reúne a los embajadores de las potencias del mundo, para elogiar el proceso de paz, para decir que Colombia iba por muy buen camino en el fortalecimiento de la democriacia y la conquista de la reconciliación, para hacer notar la diferencia con la situación venezolana.

Pero así de extraña, así de delirante, será la campaña electoral. La comunidad internacional y una parte de las fuerzas políticas, las que promovieron el ‘Sí’ en el plebiscito, insistiendo en que con el proceso de paz se abre una nueva época en Colombia, se cierra un ciclo doloroso de violencias y empieza la reconstrucción del país. Entre tanto, una coalición de fuerzas políticas en la que estará el Centro Democrático, la mayoría del conservatismo y sectores de las iglesias cristianas y católicas, las que impulsaron el ‘No’ en el plebiscito, insistirán en la situación catastrófica del país, en el fantasma del castrochavismo rondando las instituciones y en deshacer el acuerdo de paz.

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En Francia, a pesar de que el Frente Nacional encabezado por Le Pen creció y obtuvo una gran votación en primera vuelta, no pudo llegar al poder, porque Macron, su rival, logró aglutinar las demás fuerzas políticas para impedir que la derecha se saliera con la suya y produjera una ruptura de hondas proporciones en el escenario europeo. Ese puede ser también el signo de las elecciones colombianas. Que el temor a este uribismo delirante se imponga y se genere un gran acuerdo entre la centro-derecha y la centroizquierda para ganar las elecciones y avanzar en la construcción de la paz. Pero puede ocurrir también que en medio de la dispersión de las fuerzas de la paz se crezca el populismo de derecha y entonces el resultado de las elecciones colombianas será más parecido al de Estados Unidos que al de Francia.

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