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Opinión

  • | 2014/03/08 00:00

    Qué ha hecho bien y qué ha hecho mal Petro

    Petro no sabe, o no quiere, o no puede hacer amigos y aliados. Ese que es, quizás, el arte más elemental de un político, no cabe en su cabeza.

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No voy a hablar de la situación de Bogotá. No voy a hablar de la forma como ha gobernado Gustavo Petro. Abundan las cuartillas sobre estos temas. Quiero hablar de cómo ha enfrentado Petro la destitución y la decisión de inhabilitarlo por 15 años. Creo que ha acertado al convocar a la ciudadanía en su defensa y al recurrir a todos los mecanismos que le brindan la Constitución y la ley para impugnar el fallo. Pero no ha buscado amigos y aliados, no ha facilitado acuerdos indispensables, para ganar esta batalla. Ese es el  más grave de los errores.  

Alejandro Ordóñez y su fallo sesgado, desproporcionado y arbitrario le abrieron un espacio a Petro para que relegitimara su gobierno y relanzara el proyecto de Bogotá más humana. Le ofrecieron la posibilidad de romper el asedio a que lo habían sometido los rivales políticos, los empresarios ambiciosos y varios medios de comunicación. La oportunidad era magnífica. El ‘enemigo’ era ideal. Ordóñez había acumulado muchos odios y muchas resistencias en una parte de la ciudadanía. Se había convertido, además, en una piedra en el zapato para el gobierno de Santos por su oposición abierta y descarada al proceso de paz.

 El fallo ofrecía muchas dudas jurídicas y sobre todo encarnaba una exageración monstruosa. Para castigar errores administrativos indiscutibles, para fustigar  improvisaciones inocultables, el procurador ordena la destitución fulminante y  la muerte política de un líder simbólico en la lucha contra la corrupción y en el ejercicio de la oposición política.  Ocurrió lo que nadie esperaba. Las encuestas encumbraron a Petro y lapidaron al procurador. La ciudadanía se volcó en masa a la Plaza de Bolívar a repudiar el fallo y a apoyar al alcalde. 

Detrás de esas señales arrancó Petro. Lo hizo muy bien, lo hizo apelando a las reglas más puras de la democracia.  Lo hizo jugando limpio. Las tutelas, así sean mil, así no sean espontáneas, así sean planeadas por los amigos del alcalde, son limpias. La movilización social y el discurso encendido, así tengan ese tono populista, así perturben la marcha normal de la ciudad, son limpias, son un recurso democrático indiscutible. La apelación a tribunales internacionales con los cuales el país tiene compromisos inalienables es limpia, así reflejen una desconfianza en las instituciones nacionales. Todo esto, así sea controversial, así no sea muy educado, así no sea ‘políticamente correcto’, es legítimo.  

Lo sucio, lo detestable, lo verdaderamente antidemocrático, lo abiertamente ilegítimo, es la manera como enfrentan las investigaciones  y los fallos adversos de la justicia una multitud de políticos y empresarios.  Reto a los líderes de opinión y a los políticos apasionados contra Petro, a que desmientan esta afirmación: la costumbre de buena parte de los poderosos ante la justicia es buscar arreglos por debajo de la mesa, o sobornar, o amenazar, o espiar como hizo el gobierno de Uribe con la Corte Suprema de Justicia, o comprar testigos o urdir estrategias de comunicación para intimidar a los jueces. 

Pero Petro no sabe, o no quiere, o no puede, hacer amigos y aliados así sean temporales, así encarnen grandes diferencias, así solo concuerden en el ‘enemigo’ a enfrentar. Ese que es, quizás, el arte más elemental de un político, no cabe en la cabeza de Petro. Creo que nunca ha oído la frase de Alfonso López Pumarejo: “No hay que ir por el camino graduando enemigos porque de pronto les da por ejercer”.   

No le dio un juego decisivo en la coyuntura a Navarro su compañero de historias; ni fue capaz de hacerle concesiones a Peñalosa para lograr su apoyo –así fuera tímido– o su neutralidad. No se apoyó en César Gaviria –y en su grupo político tan influyente en el gobierno de Santos– quien siempre ha profesado un gran aprecio por los líderes del M-19. No valoró en su justa medida la inicial actitud ‘lejana y neutral’ del presidente Santos, que en verdad significaba un desplante al procurador Ordóñez.  No ha sabido qué hacer con la posición del fiscal general y con las decisiones de varios tribunales de Justicia, que han sostenido posiciones muy diferentes al procurador Ordóñez y a su fallo de destitución. Todo lo contrario. Menudean las puyas y los ataques a muchos de los posibles aliados. Entre tanto, el uribismo se frota las manos y el  procurador se calla y deja que sus amigos en otros tribunales hagan la tarea de ratificar el fallo. 
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