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Opinión

  • | 2014/09/13 22:00

    Soy capaz de creer y de soñar

    Esta semana, quizá, Colombia ha empezado a dar un giro, ha empezado a dejar de creer en la salida militar al conflicto para empezar a pensar en que la salida negociada es el camino hacia la paz.

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Uno es lo que sueña. Uno muere cuando un gran sueño muere.  He tenido el privilegio de soñar y la desdicha de ver morir mis sueños. Soy ducho en el arte de imaginar felicidades y correr tras ellas y descender luego al abismo de la derrota y el dolor. Un día, un sacerdote, en una conversación, cambió mi vida. Fue Ignacio Betancur. Fue en su despacho de parroquia. Me enseñó una religión extraña, 
me dijo que no había causa más noble que proteger la dignidad humana, me habló del Cristo que llevaba en su alma, de un hombre que había dado la vida para señalar que era imprescindible estar dispuestos al mayor sacrificio para defender a quienes les era pisoteada su dignidad, a quienes eran víctimas de la injusticia, a quienes les faltaba el pan, el techo y el amor.  

Era el principio de los años setenta del siglo pasado. En América Latina y en el mundo había una gran agitación y la palabra revolución sacudía el corazón de los jóvenes. Corrí tras esa ilusión. En las tardes, después de salir del colegio, me iba al campo a enseñarles a leer y a escribir a los campesinos, también a promover organizaciones sociales para defender sus derechos vulnerados por grandes dueños de tierra o por autoridades sin escrúpulos. Volvía a mi casa, en la noche, cansado y feliz. Por el rumbo del compromiso social llegué, muchos años después, a la guerrilla. 

Allí supe, en días de espanto, que la guerra, la nuestra y la de quienes nos enfrentaban, en vez de proteger o restablecer la dignidad humana, la rompía en mil pedazos.  Lo vi en el rostro de mis amigos de izquierda asesinados y en las multitudes que acompañaron los féretros de Luís Carlos Galán, de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro; lo percibí en la desazón y la angustia de los familiares de los secuestrados y desaparecidos; lo sentí, de manera brutal, un día en que llegó la noticia de que mi guerrilla, la que yo dirigía, había asesinado a monseñor Jesús Emilio Jaramillo, obispo de Arauca; lo comprendí  llevando la estadística atroz de las ejecuciones extrajudiciales perpetradas por la fuerza pública y las masacres de los paramilitares  y los desplazamientos y los exilios que todos los actores armados empujaron. Busqué una negociación, busqué la paz. 

Muchas veces en mis columnas y en mis libros evoco estos recuerdos, esta derrota dolorosa, para no olvidar que tengo un sueño, para no olvidar que me equivoqué en el camino elegido para buscar esa ilusión. Pero esta semana tengo un motivo especial para hablar de la posibilidad de restablecer la dignidad humana que la guerra rompió y para generar  condiciones de vida más justas, más equitativas, para los pobres de Colombia.  

Oí a personajes muy influyentes de la radio, a empresarios, a líderes políticos, a sacerdotes, a cantantes y actores, a intelectuales, a gente del común, diciendo que creen en la paz que se está tejiendo en La Habana y en las conversaciones con el ELN.  Diciendo que se comprometen a perdonar y a buscar el perdón.  Diciendo que llegó la hora de doblar la página de la guerra y encarar la necesidad de cambios sociales largamente aplazados. Es una campaña publicitaria, lo sé.  Pero la voz de uno siempre tiene un eco en su corazón y la voz de muchos siempre tiene un eco en la multitud.  Esta semana, quizá, Colombia ha empezado a dar un giro, ha empezado a dejar de creer en la salida militar al conflicto para empezar a pensar en que la salida negociada es el camino hacia la paz. Eso para mí es nuevo. Eso desata en mí nuevos sueños, nuevas ilusiones.

En muchos debates en la radio o en la televisión me dicen que todo el mundo quiere la paz, que es un absurdo  que una persona, o un país, quieran la guerra.  Les digo que ese absurdo es muy común. Les digo que en Colombia desde hace muchos años la mayoría de la opinión ha estado por la guerra, es decir, por doblegar al contrario por la vía militar, por destruir al enemigo mediante la violencia. Eso  ha sido así  para la guerrilla y sus seguidores y también para las elites políticas del país y sus partidarios. Por eso hay guerra. No hay otra explicación. Pero si una mayoría de la opinión, de todos los lados de la opinión, cree en la salida negociada y se la juega por ella, la guerra llega a su fin. 
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