Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2015/12/26 22:00

Un encuentro con Leonardo Padura

Queríamos ver otra vez en su voz un pedacito del barrio en el que ha vivido toda su vida, quizás algo de ese mundo desastrado de La habana escondida que trae en cada una de sus novelas.

León Valencia Foto: Guillermo Torres

Me encontré con Padura, a principios de noviembre, en la terraza del Museo Napoleónico, en el sopor de una tarde habanera. Hacía poco había recibido el Premio Princesa de Asturias de mano del rey Felipe VI; y sus amigos, sus amigos del barrio Mantilla, sus amigos escritores, decidieron agasajarlo hablando de su vida y de su escritura y haciendo que él leyera en casa el discurso que había hecho ante el jurado y ante los reyes de España.

Querían celebrarlo porque en las palabras del acta del premio habían comprobado una vez más que el gran mérito de Padura era ser de ahí, de ellos, de todos ellos. Había dicho el jurado: “Es un autor arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de lo culto y lo popular; un intelectual independiente, de firme temperamento ético”. Y él había respondido: “A Cuba, a su cultura y a su historia debo todo lo que soy personal y humanamente, porque pertenezco profundamente a la identidad de mi isla, a su espíritu formado por tantas mezclas de origen y credos, a su vigorosa tradición literaria”.

Supimos, María Elvira Bonilla y yo, de este evento, por un cercano a Padura, nos dijo que allí podríamos saludarlo y quizás hablar con él un rato. Compartimos con María Elvira una pasión extraña por el arraigo, por la identidad, una admiración por quien va con su mundo a cuestas, con su pasado a cuestas, por quien no disimula su andares y eso nos llevaba hacia Padura, queríamos ver otra vez en su voz un pedacito del barrio donde ha vivido toda la vida, un poco de su personaje, el detective Conde, quizás algo de ese mundo desastrado de La Habana escondida que trae en cada una de sus novelas, de pronto una pelota de béisbol en la mesa y un asomo de su culto a la amistad.

No sé qué vio María Elvira, nunca hemos hablado de eso, pero yo me perdí esa tarde en evocaciones, fui derecho a El viejo y el mar, un libro que leí con el asombro que le cabe a un adolescente en un lugar de las montañas antioqueñas, alguien que nunca había visto el mar, que nunca había imaginado el mar, que no sabía de sus embrujos, ni de la sabiduría extraña de los pescadores, ni de las batallas de los hombres con la tormentosa inmensidad del agua.

Quizá visité aquella aventura porque lo primero que leí de Padura fue Adiós Hemingway, y la memoria me jaló hacia el gran escritor gringo apostado en La Habana sin consideración por lo que estaba ocurriendo en esa terraza donde solo se respiraba gratitud con un autor que ahora deambulaba por el mundo con El hombre que amaba a los perros y, sin embargo, volvía a las calles polvorientas de su barrio para celebrar su dicha.

Miraba a Padura y a sus amigos sentados en una estrecha mesa, oía sus voces, una tras otra, y no podía evitar volver a mi adolescencia y a mi tierra y saber una vez más que nunca podré entender, nunca podré entrar en el alma de los cubanos, de los antillanos todos, nunca escaparé de la incertidumbre que desata el rumor sin pausa del mar, esa música constante que besa las playas de una isla, esa danza extraña que se cifra en el vaivén de las aguas. No sabré eso, no lo sabré de verdad y eso me duele. De eso está hecha la obra de Padura.

Tampoco podré adivinar qué se siente en un jonrón con bases llenas, porque yo solo jugaba fútbol en las canchas de mi pueblo, solo podía celebrar un gol después de un esfuerzo inmenso, nunca he podido sentir lo que es gritar una por una cuatro carreras con un solo batazo que sacude el corazón de los espectadores mientras una bola silba en el aire y se pierde detrás de las cercas del estadio. De esa emoción está hecho Padura.

No descubriré la dignidad con la cual millones de cubanos soportaron el hambre que ahora aparece a retazos en las novelas de Padura, o la oscura restricción a la libertad que han sufrido tratando de encontrar el camino hacia un mundo más equitativo y justo; me quedaré para siempre con la pobreza y la inequidad que he visto aquí y ante las cuales he doblado espadas y buscado salidas con más afán que éxito. Esas cosas también palpitan en los relatos del escritor que al fin pude ver y saludar por un momento en La Habana de siempre, La Habana de las noches largas.

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