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Opinión

  • | 2015/04/11 22:00

    Un mundo mejor para los perros

    Así es Vallejo, piensa que el mal es la humanidad misma, que no hay redención posible para los hombres y pensaba yo, ahí, a su lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la hay para los perros, porque no hay perros sin hombres.

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Vino Fernando Vallejo, estuve con él en la Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz. Lo invitaron, porque, ¡cómo no invitar a uno de los mejores escritores del país! Les dijo, no voy, no creo en esa paz, lo de La Habana es una farsa. Venga diga eso, le dijeron, y vino y lo dijo. Ya saben, Vallejo tiene un desprecio enorme por los políticos, por los militares, por los de las FARC, por Santos y Uribe y Pastrana, por el papa y un verbo fácil para mostrar la oscuridad de todos, para descubrir las miserias de todos, y despierta emociones con sus palabras y arranca aplausos en el auditorio y también conatos de rechifla.

Ya lo han dicho, convirtió la cantaleta de las mamás paisas en literatura y practica el arte con infamia, va desgranando una ofensa tras otra, tiene licencia para hacerlo, conoce la lengua como nadie, cada palabra rueda en la frase con ardor. Sinvergüenza le dijo a Santos, subió a la Presidencia predicando la guerra y se reinstaló en ella predicando la paz, y pensaba yo al lado: afortunadamente. ¡Qué tal que se hubiera empeñado en la derrota militar de las guerrillas! Ese es Vallejo, cosas que le parecen malas, a mí me parecen buenas.

¡Generales que van a La Habana! ¡Con qué derecho! Cuando son sus soldaditos, reclutados entre la gente pobre del pueblo, los que pagan el pato, mientras ustedes están mandando desde la seguridad de las oficinas de Bogotá, bañándose en la piscina del Club Militar y mamando a lo grande del presupuesto, dijo Vallejo, y allí su voz fue más enfática y más adolorida. Precisamente por eso, digo yo, de los generales, no solo tienen el derecho sino la obligación moral de ir a terminar esa guerra, tienen el deber de parar el desangre, no pueden seguir enviando a jóvenes campesinos a que mueran y maten a sus pares en la selvas de Colombia. Son ellos, además, los que tienen que asegurar que el desarme de las guerrillas sea transparente y total, y son ellos quienes tendrán que asumir la responsabilidad de proteger la vida de los guerrilleros que vengan a la vida civil y garantizar que puedan hacer política sin armas.

Y vuelve a Santos. Hace cinco años, una semana antes de que lo eligieran, el manipulador de marionetas repetía como disco rayado que Álvaro Uribe era el más grande presidente de la historia de Colombia. No bien salió elegido y al más grande presidente de la historia de Colombia y su protector le dio su buena patada en el culo. Y digo yo: ¡qué bueno ese cambio de opinión! Dónde estuviéramos si Santos hubiese seguido en la línea de resolver a tiros nuestro conflicto y mantener una confrontación abierta con los vecinos del sur de América. Dónde... Si hubiese mantenido la política de perseguir a las cortes y a la izquierda y a los periodistas críticos. ¡Hay lealtades que matan!

Y no faltó la pelea con Jesucristo, no podía faltar, por aquella frase ¡No les deis perlas a los cerdos! Sí se las doy, dijo, y a mis perros caviar. ¡Ah! Sus perros, su amor por los perros, la defensa de los perros ocupó parte de su discurso y otra vez se desató contra Antanas Mockus y Beatriz Londoño con la historia de que alguna vez ordenaron electrocutar a 400 perros en Engativá. Le he oído eso en varios discursos, como si fuera una afrenta personal. Alguna vez apareció en un escenario con una larga rastra de perros para hacer más patente la herida que le había dejado la acción de los políticos.

Alguien del público le reclamó, a viva voz, soluciones para Colombia, y él volvió a decir: que no se reproduzcan. Porque así es Vallejo, piensa que el mal es la humanidad misma, que no hay redención posible para los hombres y pensaba yo, ahí, a su lado, oyendo la perorata: si es así, tampoco la hay para los perros, porque no hay perros sin hombres. Un animal que recorrió el largo camino de la selva inhóspita a los patios y las habitaciones de las casas no tiene cómo volver atrás.

Le murmuré, sin la pretensión de que me tomara en cuenta, que a quienes teníamos hijos y nietos nos correspondía construir un mundo mejor para ellos y él, quizás, estaba obligado a imaginar un mundo mejor para sus perros. La manera no sé. Pero en todo caso la guerra no es buen ambiente para unos y para otros. También los perros sufren la orfandad, también lloran a sus amos, los he visto y no soy muy amigo de los perros.
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