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Opinión

  • | 2011/11/16 00:00

    Leonel: técnico interino

    Colombia empieza a ver las consecuencias de la pantomima que el ya casi legendario Luis Bedoya adelantó hace unos meses con Gerardo Martino.

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Con el peor rendimiento desde que se maneja el mismo calendario –excluyendo, por su obviedad, el vergonzoso inicio de Maturana camino a Alemania 2006- Colombia cerró por este año su campaña en las eliminatorias que, por lo visto, están llevando al país directamente a pensar en Rusia en el 2018.

Lo que mal empieza mal termina, reza la sabiduría popular, y más allá del esperanzador –aunque ilusorio- resultado en La Paz ante el peor equipo de la zona, Colombia empieza a ver las consecuencias de la pantomima que el ya casi legendario Luis Bedoya adelantó hace unos meses con Gerardo Martino. Cuando puso a todo un país en vilo, a sabiendas de que viajaba a reunirse con el argentino para ofrecerle un sueldo y unas condiciones que calculadamente se sabía no aceptarían ni él ni ningún técnico medianamente serio.
Pantomima que alguna vez, en los últimos años, se hizo con Carpegiani y alguna otra con Bielsa, y que por demás, y como aquellas, terminó en lo mismo de las veces anteriores: La designación de un técnico interino.

Leonel Álvarez puede ser muy querido, muy serio, muy trabajador, excelente participante en realities, muy buen padre de familia, puede haber dejado los recuerdos más gratos como jugador, y hasta haber ganado un título en nuestro paupérrimo rentado nacional pero en últimas no es más que un técnico interino. Como Eduardo Lara: útil para apagar el incendio y dirigir un par de amistosos en Miami ante el Salvador u Honduras, pero en quien –por ahora- resulta quimérico empeñar la responsabilidad de dirigir una selección con alguna aspiración.

Los partidos en Barranquilla ante una Venezuela que regaló medio partido y ante la peor Argentina de la historia, terminaron de desnudar las falencias que, aunque maquilladas y echadas al olvido por el resultado, la selección de Leonel había mostrado ya en La Paz.
En primer lugar, la insistencia con Teófilo Gutiérrez, por quien no solamente sentó a Falcao García –a quien en últimas ya no hay que exhibir- ante Bolivia, sino que se insistió con él ante Venezuela, aun a sabiendas de que, a pesar de que logre adelantar el Carnaval con poner un pie en Barranquilla, hace dos meses no hace un gol en su equipo.
Allí como en la selección, muestra una desidia pasmosa demostrativa de un jugador sobredimensionado, que habla más de la cuenta y como se dice vulgarmente, con aserrín en la cabeza. Cosas que ya todo el mundo, menos Leonel, habían visto. No solo en estos partidos, sino en la Copa América, en el fútbol turco y cada vez más en el argentino. Contra Argentina por fin lo dejó en el banco, más por méritos o carácter suyos como técnico, porque su permanencia era sencillamente insostenible.

También resulta inconcebible que el hombre que inmortalizó la frase “Papito, si es ya es ya” no haya logrado hacer a lo largo de lo que va de eliminatoria un solo cambio en el momento oportuno. Cambios que hubieran podido servir como un revulsivo al equipo como los de Darwin Quintero o Dayro Moreno se demoraban en las ciernes de Leonel minutos interminables, mientras todo un país veía como el equipo sucumbía, para materializarse apenas faltando cinco o diez minutos, cuando ya todo estaba consumado.

Como colofón, el ridículo: El asistente Comesaña pidiendo a gritos que uno de los cambios fuera por Teófilo frente a Venezuela, y el mismo asistente devanándose los sesos con Leonel frente a Argentina, discutiendo durante media hora cambios que saltaban a la vista, mientras el equipo, que seguramente tiene un preparador físico tan interino como su técnico, se caía a pedazos. Así, se hacía irreconocible después de primeros tiempos aceptables y demostraba que con la elección de la sede, por querer sacar una ventaja, sin prepararse adecuadamente, también se cometió un error.

Error que vale recordarle al público barranquillero -quizás pasmado ante la patética imagen de su alcalde llevando la camiseta del Junior a un Messi con inocultable cara de asco-, no solucionan ni las luces de rayos x sobre los ojos de los jugadores visitantes, ni el arrojar objetos contundentes a la cancha, ni el ausentarse del estadio en los momentos complicados.

De cara a lo que viene, y siendo realistas, la cosa pinta oscura. Pretender que Colombia clasifique a Brasil 2014 con un técnico sin experiencia, interino, escogido por descarte y al que le arman el cuerpo técnico con un asistente al que le llevan para evitar que se equivoque, resulta descabellado. Esto aunque salgan por ahí las calculadoras diciendo que si Colombia gana, los otros pierden por w, el dólar baja, aprueban el TLC con Corea y la FIFA le seis cupos más a Suramérica para el mundial, Colombia clasifica.

Y aunque para justificarlo todo, se puede decir que los técnicos no son los que juegan, sino los jugadores, es claro que sin un timón se seguirán desperdiciando verdaderos jugadorazos como James Rodriguez o Falcao García. Así como lo hicieron los peruanos –antes de ponerse serios- con sus famosos “4 fantásticos”, quienes no son propiamente debutantes, o como, por el contrario, lo padecen actualmente los chilenos, que con los mismos buenos jugadores de hace un par de años vienen ahora en picada.

Como lo seguirá haciendo Colombia mientras su suerte dependa de técnicos “interinos” como Lara o Leonel, pero ante todo, mientras sigan ahí quienes los nombran.

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