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Opinión

  • | 2011/11/18 00:00

    #Ley30: Definiendo el problema

    Hay que tener un mínimo consenso sobre los problemas antes de presentar otro proyecto de reforma a la educación superior.

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Pasada la efervescencia del paro estudiantil queda pendiente la reforma a la educación superior. Una reforma que todos, incluidos los estudiantes, dicen que es necesaria, pero que se concibe de muchas formas diferentes. Una reforma sobre la que hay tanta confusión que muchos –incluido el Noticiero de la Cámara de este 17 de noviembre- creen que se trataba de la ley 30, cuando era un proyecto de ley para reformar esa ley 30 de 1992.

Muchos estudiosos de políticas públicas –William Dunn por citar sólo uno- advierten que lo más difícil al formular una política es definir el problema, y que la mayor parte de las políticas que no logran los impactos esperados lo hacen porque no identificaron correctamente los problemas a abordar. En el caso de la reforma a la #ley30, ¿cuál o cuáles son los problemas?. Hay que tener un mínimo consenso sobre ellos antes de presentar otro proyecto.

La reforma que presentó el gobierno identificaba problemas de oferta, calidad, adecuación de la educación superior colombiana a la realidad nacional y a las tendencias internacionales, y buen gobierno; y proponía objetivos en esas cuatro áreas. (Ver http://bit.ly/uoV12e ). ¿Qué tan alcanzables eran esos objetivos con las herramientas que creaba la ley? Ese también es un tema pertinente, y puede valer la pena este artículo de principios de abril.

El programa mínimo publicado en la página de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil –MANE- en Internet tiene énfasis completamente diferentes: En primer lugar está la financiación. En segundo lugar el fortalecimiento de la autonomía universitaria. En tercero la necesidad de mejorar los programas de bienestar universitario. En cuarto la calidad académica, que se ve en función de la misma autonomía de las universidades para definir los contenidos que enseñarán. En quinto las libertades democráticas –incluyendo los llamados a “desmilitarizar” las universidades, y en sexto la relación universidad-sociedad, que incluye demandas para resucitar los hospitales universitarios y un llamado a la salida “dialogada” del conflicto armado interno.

La comparación de los dos listados de problemas nos dice poco sobre cuál es El problema. Esa información tal vez la obtengamos de un artículo publicado en El Tiempo esta misma semana: Uno de cuatro jóvenes entre 18 y 30 años en Colombia no estudia ni trabaja. Y por supuesto, hay muchos más de ellos en los estratos de menores ingresos. Si Planeación Nacional tiene razón, la mayoría de los que no trabajan no lo hacen precisamente porque no están bien educados, o no están educados en las áreas que la economía requiere. ¿Será que los problemas principales sí son acceso y calidad de la educación?

Pero, si el acceso es el problema, ¿por qué casi la mitad de los que entran a las universidades las abandonan? Tal vez crear más cupos no sea tan importante. El rector saliente de la Universidad de los Andes, Carlos Angulo Galvis, proponía hace unas semanas que la reforma se centrase en resolver el problema de la deserción. ¿Por qué no hablar de cobertura en términos de egresados de la educación superior, y no de personas que acceden a ella? http://bit.ly/rXTqgH Es muy probable que ahí entre en escena la financiación. Y una manifestación más clara del problema de la calidad, relacionada con la pertinencia.

Hay algo de arte en tomar una parte de una “situación problemática” –muchos jóvenes no tienen educación o no la tienen de calidad- y convertirla en una “problema” susceptible de ser trabajado. El verdadero “problema” comúnmente no es tan obvio como la situación problemática. Pero es lo que hay que resolver.

Cuando no hay consenso sobre la naturaleza del problema –como en este caso- identificar sus atributos puede ser una buena opción. El análisis del problema de la heroína que hizo hace 40 años Mark H. Moore es famoso por utilizar esa técnica, y ante el debate sobre si la clave es enfrentar el efecto de la heroína en la salud de sus usuarios o en la sociedad, evaluó su impacto en varias esferas, para a partir de ahí trazar objetivos de política. Cabría preguntarse, ¿cuáles son los efectos de la falta de más jóvenes con educación superior en ellos mismos, en la economía, en sus entornos? Tal vez esto nos dé pistas sobre qué temas son realmente los esenciales.

Hay dos cosas seguras. Primera: la discusión debe ser sobre esos problemas claves que se identifiquen. Ni sobre el proyecto del Gobierno artículo por artículo –pues se reduciría a los temas en esa propuesta- ni completamente desde cero –pues podría albergar cualquier cosa y perder el foco.

Segunda: En estos días el tema se ha debatido en términos políticos: el Gobierno “cedió” o los estudiantes “triunfaron”. Pero no es un tema político. Los estudiantes no son un partido y no deben verse como un grupo de interés, pues en unos años no serán estudiantes, y el período más largo de su vida lo pasarán no siendo estudiantes. Lo pasarán trabajando o buscando trabajar, buscando dejar un aporte en el que ellos mismos llamarán “mundo real”, justo como quien escribe esto.

Colombia necesita generar oportunidades para esos millones de ni-nis que pasan el día en el parque o en Facebook, desperdiciando su talento. Parte de la solución está en lo que se haga con la educación superior. Ojalá no se haga lo fácil –dejar en el olvido el tema- sino lo difícil –avanzar en consensos sobre él, y abordar los problemas.

*Consultor en Políticas Públicas, profesor universitario





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