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Opinión

  • | 2002/02/26 00:00

    Leyenda, cultura, Bogotá e intermedias

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Hace años a alguien se le ocurrió afirmar que el mismísimo Lucifer había decidido, en el colmo del desocupe, visitar las discotecas bogotanas. Allí, además de exhibir sus dotes de bailarín y seductor infernal, se encargaba de lucir sus llamativas pezuñas, con el único fin de golpear a quien las observara.

Aunque a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido pensar que el asunto sobrepasara la ficción, la historia ganó tal halo de veracidad que terminó, incluso, siendo reseñada por algunos de los medios masivos de mayor circulación en el territorio nacional. De tal manera que, por algunos meses, el demonio rumbero logró destronar de los primeros lugares del top del terror urbano al riñón raponeado y a la difunta que le hace conejo a los taxistas para que la lleven al Cementerio Central.

Como leyendas urbanas que se respeten, las historias anteriores siguen repitiéndose, en un acto de inocencia o de paranoia infantil, como verdades absolutas. De nada han servido las recopilaciones editadas sobre las leyendas más populares en todas las ciudades del mundo (las cuales son tediosamente parecidas entre sí), los análisis mamertos de sociólogos y antropólogos, las películas de mediana calidad y los sites que han abordado el tema. Es como sí una parte esencial de la personalidad del ciudadano contemporáneo se basara en su capacidad para creer y difundir estos relatos.

Lo llamativo en el caso de Bogotá es que el terreno de las leyendas urbanas es mucho más amplio y prolífico. El ser una ciudad prácticamente desconocida para la mayoría de sus habitantes, ha hecho que los bogotanos creen, además de las historias sobre fantasmas, asesinos y ladrones de órganos, un repertorio completo de ficciones que les permite completar la realidad que ignoran.

Por ello, cuando hay que referirse al desarrollo cultural de Bogotá, específicamente a los procesos que se viven en las localidades que agrupan mayoritariamente estratos 1 y 2, es indispensable aclarar que nada de lo que ocurre allí corresponde a lo imaginado desde la distancia o en los proyectos creados a control remoto.

Para empezar, esta ciudad es en el mejor de los casos un resumen de particularidades. Cada una de las localidades que la componen es un mundo aparte que corresponde a una lógica individual y que puede mezclar en un solo paisaje especies urbanas, rurales e intermedias. Mientras Usme o Sumapaz son territorios netamente campesinos, en zonas como Usaquén conviven expresiones contradictorias de lo que se considera citadino.

Esos aspectos, sumados a la concentración de la oferta cultural en apenas seis de las 20 localidades que hacen parte del mapa capitalino, al concepto de que los estratos 1 y 2 están condenados a ser público sólo de espectáculos folclóricos y populares, y la expansión de otros mitos negativos en torno al papel de las expresiones artísticas, fueron los generadores genéticos de un Frankenstein que ha sido capaz de tumbar todas las premisas de la lógica elemental.

Cuando hace cerca de 20 años, por ejemplo, el Departamento Administrativo de Bienestar Social decidió construir los primeros centros comunitarios en zonas como Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Santa Fe y Usaquén, y dotarlos con auditorios y teatros, es natural pensar que su idea era poblarlos de espectadores.

Dentro de la leyenda urbana que indica que en esta ciudad todos actuamos según la misma lógica y respondemos a las mismas necesidades, era obvio pensar que quienes nunca habían tenido la posibilidad de contar con un escenario cercano y una programación cultural accesible, iban a concurrir masivamente a los eventos programados en esos espacios, más si eran gratuitos.

Pero de nuevo las predicciones fallaron. Durante años, los auditorios de los centros se convirtieron en símbolo de la inutilidad. La poca programación cultural que promovían en ellos las ONG y los colectivos culturales locales requerían un esfuerzo enorme en promoción para poder atraer a algunos espectadores. Sólo, de manera aislada cada dos años, el Festival Iberoamericano de Teatro logró llenar sus coliseos, una señal de que no era un simple acto de indiferencia hacia las manifestaciones artísticas de calidad lo que mantenía alejado al público de los centros.

En un nuevo esfuerzo por acercar la oferta cultural a los sectores más necesitados, el Instituto Distrital de Cultura y Turismo decidió hace más de tres años recuperar esos espacios y plantear una programación permanente en ellos. Para lograrlo dio vida a un programa que hoy se llama Cultura en Común y que, en este momento, ofrece gratis eventos de los más variados géneros en todas las áreas artísticas. Una iniciativa por demás coherente si el objetivo central es, como lo ha planteado esta administración distrital, formar públicos entre los estratos 1 y 2.

Actualmente, el mencionado programa ha extendido su radio de acción y ha llegado también a las bibliotecas públicas del Tintal, el Tunal y del parque Simón Bolívar. Igualmente, a las localidades de Usme y Sumapaz, a través de un escenario móvil. Ello lo ha convertido en algo así como el único punto de referencia para visualizar en función simultánea y rotativa el destino cierto de esa otra Bogotá. La cual sigue estando sujeta a sus propias reglas de juego.

Mientras en Usme se debe competir con los cultos religiosos, que además de la salvación ofrecen tamales gratis justo a la misma hora de las funciones de cine, en Sumapaz se debe esquivar la conflictiva situación de orden público para que una pareja de bailarines establezca el tango como único discurso político. Mientras en las bibliotecas se lucha por conseguir una silla libre para observar una función de títeres, en algunos centros comunitarios grupos de jazz deben hacer un enorme esfuerzo para capturar la atención de algunos pocos asistentes que se pasean libremente por la sala, como si se trata de exponentes de un nuevo "estilo nómada" de disfrute de espectáculos.

Sin embargo, y pese a las dificultades que implica bajarse de los cuentos aprendidos para meterse en la ciudad real y emprender una labor cultural verdaderamente seria y sostenida en las localidades más necesitadas de Bogotá, el transitar artísticamente estos puntos geográficos es una de las pocas oportunidades que quedan para seguirse sorprendiendo. Ese es el único camino posible para ver a campesinos mayores entrar en éxtasis durante un concierto de rap en Usme, aunque ese sea considerado un género netamente urbano. Es la panorámica de un barrio en Ciudad Bolívar en el que el público prefiere agolparse en las ventanas de las casas vecinas al centro comunitario, para observar un montaje teatral, antes que pasar la pequeña puerta que los separa del espacio donde se escenifica. Son los niños que asisten puntualmente cada sábado a las funciones más variadas, sólo para volver a debatirse entre subir al escenario y convertirse en protagonistas obligatorios o jugar al fútbol en la puerta de la sala. Es la capacidad de convivencia de los grupos más disimiles en un espacio cerrado. En últimas, es la única posibilidad de confrontar a los espectadores más críticos y exigentes de Bogotá, aunque muchos de ellos ni siquiera sepan leer... y esa no es una leyenda urbana.

* Periodista y encargada de la divulgación y prensa del programa Cultura en Común del Idct
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