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Opinión

  • | 2004/06/06 00:00

    Libertad de cultos y laicismo en Colombia

    "La paz social depende de la paz religiosa". Por eso el sacerdote católico y sociólogo Carlos Arboleda explica que en el país deben crearse los espacios para que todas las religiones legítimas se expresen y convivan armónicamente.

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Las medidas tomadas en algunos países de Europa sobre el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo como propuesta política en el país.

Aclaremos dos puntos. El primero es la noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa, que consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta a la norteamericana, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado. La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico que quiere excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen "deslaicizar la laicidad" para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos perseguibles por la justicia. Así incluso se reconocen religiones como el satanismo o lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En Colombia, en este punto hemos seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, hare Krishna, israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc.

El segundo punto es la libertad de cultos. En Colombia hasta 1991 no hubo una real libertad de cultos. La historia desde la conquista hasta 1991 tuvo predominio de la Iglesia católica, con algunos momentos de intolerancia como el rechazo de los herejes luteranos y judíos durante la colonia, la persecución a los protestantes durante los años 1953-1957 por considerarlos liberales, y el rechazo a la tolerancia por no ser una virtud católica como decía monseñor Rafael María Carrasquilla. La actitud diferente vino con el Concilio Vaticano II, que reafirmó el derecho a la libertad religiosa y estableció el diálogo con otros cristianos y otras religiones. Especialmente con las actuaciones de Juan Pablo II se ha dado fortaleza al diálogo interreligioso. Dos grandes ministerios de la Iglesia católica, los pontificios consejos para la unidad de los cristianos y para el diálogo interreligioso, ejecutan las políticas católicas en materia de ecumenismo. Por parte reformada se tiene el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), que agrupa cerca de 342 iglesias y realiza la misma función.

En Colombia podemos decir que hay una libertad de cultos legal, es decir, en la Constitución y en las leyes aparecidas desde 1991 se da la posibilidad a todas las religiones para vivir, expresar y manifestar su fe respectiva, y progresivamente se ha dado la recepción de estas leyes en los actos públicos y sociales. En el campo individual también podríamos decir que se va dando una libertad personal para escoger su propia fe y vivirla, convertirse de una religión a otra, o permanecer indiferente frente a lo religioso, aunque esto provoque conflictos familiares en algunos casos.

Pero en el campo de lo social, de las reales relaciones entre individuos y grupos, todavía no podemos hablar de una total libertad de cultos. La Iglesia católica, por su carácter de iglesia mayoritaria, sigue manteniendo un prestigio y una influencia que, algunos juzgan, es abrumadora. Aquí hay que pensar con serenidad. Si la Iglesia católica es tradicional, histórica y estadísticamente la mayoritaria, puede tener un trato preferencial, no en el campo de los privilegios sino en el de los servicios a la sociedad. Y todas las confesiones y religiones no se pueden colocar en la misma balanza. No es lo mismo una iglesia como la presbiteriana que tiene títulos para presentarse como colaboradora en la historia colombiana (en la independencia como en la educación), que una iglesia de garaje con 10 o 15 fieles. Hay que darles reconocimiento a las iglesias protestantes históricas, al judaísmo (que tiene muchas ejecutorias sociales y económicas en el país), al Islam y a los cristianos maronitas de la costa (que han colaborado en el progreso económico, social y literario). Y no se puede dar el mismo reconocimiento a los nuevos grupos religiosos que son más negocios que lugares de encuentro de creyentes que buscan lo trascendente. Las megaiglesias emocionales que juegan con las precariedades de la gente deben ser tratadas como negocios y no como iglesias o grupos religiosos.

Que cada religión legítima (no sólo la católica) se exprese, use sus símbolos públicamente, tenga sus instituciones, manifieste sus creencias, sea respetada y tolerada, para que haya paz en el país, pues la paz social depende, en gran manera, de la paz religiosa.

* Sacerdote católico, sociólogo e historiador. Coordinador de posgrados de teología y filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana.
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