Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/04/30 00:00

Libertad de prensa, un canto a la bandera

La pertinencia de la pregunta ¿existe la libertad de prensa? debe, a mi juicio, ser revaluada.

Juan Diego Restrepo E.

Hace varios años el periodista polaco Ryszard Kapuscinski dijo que el periodismo comenzó a cambiar no sólo por la influencia de la revolución tecnológica, sino por efectos del mercado. “La noticia se convirtió en un buen negocio”, escribió en alguna ocasión y concluyó diciendo que “al descubrimiento del enorme valor económico de la noticia se debe la llegada del gran capital a los medios de comunicación”.

La reflexión cobra hoy validez por cuanto este 3 de mayo, como cada año desde 1993, se conmemora el Día Mundial de la Libertad de Prensa, definido así por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el fin de "fomentar la libertad de prensa en el mundo al reconocer que una prensa libre, pluralista e independiente, es un componente esencial de toda sociedad democrática".

Siguiendo la reflexión propuesta por Kapuscinski, es pertinente plantear una discusión sobre las condiciones actuales de la producción periodística con el fin de determinar si realmente los contenidos informativos reflejan la presión que ejercen sobre ellos las leyes del mercado.

Quisiera señalar inicialmente que el capital ha impuesto unos mecanismos perversos de regulación de la producción periodística que limitan de manera directa la libertad de prensa. Quisiera referirme solamente a dos, que considero las más relevantes: el modelo de financiación y la coacción moral.

El valor mercantil en la producción de la noticia llevó a que los grandes conglomerados económicos incluyeran en su portafolio de inversiones empresas periodísticas, ya sea en el ámbito televisivo, impreso, radial y/o en Internet. Una mirada crítica a esa combinación de capital e información permite establecer que el valor esencial de la verdad, que tanto estimula a los periodistas en su condición de individuos, hoy no es un criterio empresarial que prevalece en sus emisiones diarias, semanales o mensuales. La primacía la tiene lo noticiable que, en muchas ocasiones, no necesariamente es verdadero, pero cuyo valor informativo consiste en reproducir la ideología de quien ostenta el poder económico.

La verdad como valor periodístico esencial también es sacrificada en la “pequeña prensa”, que enfrenta sus dificultades de financiación recurriendo a los gobiernos locales o regionales para que les financien a través de la pauta publicitaria la difusión de la información. Para lograrlo, no sólo se valen de las influencias de los funcionarios “amigos”, sino de los caciques políticos. A través de ese modelo de financiación se logra coaccionar a unos medios que en algunos casos es unipersonal: la misma persona es dueña, directora, periodista y vendedora de avisos o espacios. Para sobrevivir tienen que reproducir el discurso de quien maneja los hilos del poder político. De lo contrario, literalmente, no comen.

En esencia, la producción informativa de uno u otro tipo de prensa construye buena parte de su agenda informativa sobre un concepto comercial que califica la noticia de una manera simple: hay unas que “venden” y otras que “no venden”.

Ese modelo de financiación de la producción periodística tiene una consecuencia compleja que, a su vez, se convierte en un mecanismo de regulación social. Se trata de la coacción moral.

Soportados por el capital, privado y público, en proporciones disímiles si se trata de la “gran prensa” o de la “pequeña prensa”, e influenciados por los bloques de poder económico y político, los enfoques de los contenidos informativos tienden a reproducir la ideología de quienes los sustentan económica y políticamente, simplificando buena parte de la realidad y asumiéndola bajo la perspectiva expuesta por Carl Schmitt, es decir, bajo la dicotomía amigo-enemigo. Por esa vía se intenta instaurar “un único pensamiento”.

En los medios de información, la dicotomía planteada por Schmitt no es tan filosófica como podría pensarse y es más cotidiana de lo que cree. El tratamiento de algunos hechos noticiosos evidencia que a los “amigos” se les trata de manera benevolente, son escuchados, sus reflexiones son incluso noticia y se les califica de intelectuales, así carezcan de los elementos mínimos para tal elogio.

A los “enemigos” se les acusa de conspiradores, de atentar contra la seguridad nacional, de “irracionales”; se les ataca su dignidad y se les vincula con agentes u organizaciones ilegales que quieren hacerle daño a “la patria”.

Pero la coacción moral también se aplica sobre los productores de la información para que, en determinados casos, reproduzcan agendas y enfoques definidos por quienes detentan la hegemonía económica y política, y a su vez influyan en las audiencias con el propósito de alinderarlas, despojarlas de su racionalidad e incluirlas en ese “único pensamiento” que se trata de imponer desde los altos círculos de poder.

En esencia, tal mecanismo centra su objetivo en alimentar pasiones a partir de discursos lingüísticos y recursos visuales con los efectos que eso implica para las comunidades interpretativas. En este juego perverso de la información, la pasión se asume como lo racional y lo racional se asume como beligerancia peligrosa que debe permanecer invisible e, incluso, eliminarse, sea moral o físicamente.

En la perspectiva de este análisis, la pertinencia de la pregunta ¿existe la libertad de prensa? debe, a mi juicio, ser revaluada, puesto que las leyes del mercado limitarán siempre el campo de acción de la producción de la información. Es claro entonces que los preceptos de una prensa libre, “pluralista e independiente” y “componente esencial de toda sociedad democrática”, tal como lo estableció la Organización de Naciones Unidas, no es más que un canto a la bandera.

* Periodista y docente universitario.

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