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Opinión

  • | 2011/06/09 00:00

    Libia: ¡Alto al fuego!

    Mientras más tiempo persista el conflicto militar en Libia, más se ponen en riesgo los objetivos declarados por el bando anti-Gadafi.

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Mientras más tiempo persista el conflicto militar en Libia, más se ponen en riesgo los objetivos declarados por el bando anti-Gadafi. La mayoría de las víctimas son civiles, habiendo sido heridos o convirtiéndose en refugiados. El país está dividido: el este se encuentra predominantemente dominado por la oposición y el oeste predominantemente controlado por el régimen. Esto deriva en dos mundos distintos en términos políticos, sociales y económicos.

El resultado es que a la corriente de opinión pública pro-democrática de la mayor parte del oeste de Libia (y particularmente en Trípoli) le es prácticamente imposible expresarse y hacer peso en el balance político. Esto será, sumado a la creciente amargura de ambos bandos, un pesado legado para cualquier gobierno que venga luego del de Muamar el-Gadafi.

La prolongada campaña militar, y su consecuente inestabilidad, presentan además amenazas estratégicas para los vecinos de Libia. Aparte de alimentar una crisis de refugiados a gran escala, están incrementando el riesgo de la infiltración de al-Qaeda en el Magreb islámico cuyas redes de activistas están presentes en Argelia, Mali y Níger. Insistir en la partida de Gadafi como precondición para cualquier iniciativa política prolonga el conflicto militar y profundiza la crisis aún más. La prioridad en cambio debería ser asegurar un alto al fuego inmediato, así como negociaciones en torno a una transición hacia un orden político post-Gadafi.

Sin duda el Yamahiriya, el “estado de las masas” de Gadafi, se encuentra moribundo y solamente un tipo muy diferente de estado - uno que de lugar a libertades cívicas y políticas - podrá satisfacer el extendido deseo de los libios de un gobierno representativo y que se atenga a la ley. Pero está claro que encontrar una salida de la histórica creación de Gadafi nunca iba a ser tarea fácil.

El carácter de la presente crisis en Libia surge del complejo pero, por lo pronto, incierto impacto de la intervención militar, autorizada por las Naciones Unidas y ahora formalmente liderada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en lo que ya se había convertido en una guerra civil. A pesar de que la OTAN ha salvado al bando anti-Gadafi de una derrota inmediata, no ha logrado resolver el conflicto a su favor.

Asumir que el tiempo está de lado de la oposición y que el régimen se quedará pronto sin municiones, combustibles o dinero (o que será derrotado por un golpe de estado) sustituye a las políticas serias con ilusiones. Si no se encuentra un modo de inducir a ambos lados del conflicto armado a negociar un compromiso que permita una transición ordenada a un estado post-Gadafi y post-Yamahiriya, las perspectivas futuras para Libia, y también para todo el norte de África y los países del Sáhel (Chad, Mali y Níger) serán funestas.

Un avance político es de lejos la mejor forma de salir de la situación creada por el costoso atasco militar. Este avance va a requerir un alto al fuego y acceso de ayuda humanitaria ilimitada a todas las áreas del país. La implementación de la ayuda debería ser monitoreada por fuerzas de manutención de paz de las Naciones Unidas. Esto debe ser complementado con negociaciones inmediatas y serias entre el régimen y los representantes de la oposición para asegurar un arreglo sobre una transición pacífica hacia un orden político nuevo y más legítimo.

Tal resultado también requiere de la participación de una tercera fuerza que sea de confianza para ambas partes, algo que en la actualidad escasea. Una propuesta política conjunta presentada por la Liga Árabe y la Unión Africana - la primera vista más favorablemente por la oposición, la última preferida por el régimen - es un modo de llevar adelante un acuerdo. Pero esto no puede suceder sin que los líderes de la revuelta y de la OTAN reconsideren su posición actual.

La demanda, proclamada en varias ocasiones, de que "Gadafi debe irse" confunde dos objetivos muy diferentes. Insistir en que él no puede tener ningún papel en el orden político post- Yamahiriya casi con seguridad refleja la opinión de la mayoría de los libios, así como del mundo exterior. Pero insistir en que tiene que irse como condición previa para cualquier negociación, incluida la del alto al fuego, es transformarlo en un objetivo casi imposible y maximizar la posibilidad de la continuación del conflicto armado.

En última instancia, sólo un alto al fuego inmediato es consistente con el propósito originalmente establecido por la OTAN para su intervención, el de proteger civiles. La responsabilidad que tendrá la comunidad internacional sobre el curso que tomen los eventos es muy grande. En lugar de mantener obstinadamente la política actual y correr el riesgo de que las secuelas traigan un caos peligroso, la comunidad internacional debe actuar ahora para asegurar una salida negociada a la guerra civil y facilitar un nuevo comienzo para la vida política de Libia.

* Presidenta de International Crisis Group, www.crisisgroup.org

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