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Opinión

  • | 2006/03/24 00:00

    Literatos vs. economistas e historiadores

    Terciando en el debate entre Alejandro Gaviria y Eduardo Posada vs. William Ospina y Laura Restrepo, Jorge Iván Cuervo cree que al vez los literatos precisen de menos ideología y romanticismo, y los otros, de más sensibilidad para leer la realidad social y menos complacencia con el establecimiento.

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Se ha ido calentando el debate entre el historiador Eduardo Posada y el economista Alejandro Gaviria con algunos escritores encabezados por el ensayista y novelista William Ospina, sobre el tipo de sociedad y de instituciones que tenemos. El último en terciar en la polémica ha sido el mismísimo Antonio Caballero en una magistral pero insustancial réplica a Ospina sobre su falta de compromiso para ser propositivo.

Todo inició porque el historiador y columnista del El Tiempo Eduardo Posada Carbó se quejó de que la laureada escritora Laura Restrepo hubiera manifestado en una entrevista al diario La Nación de Argentina, que Colombia “tiene una institucionalidad muy restringida, muy excluyente”. Así mismo, lamentó Posada que la escritora hubiera señalado que la institucionalidad colombiana ha sido “hecha por unos partidos tradicionales que no han permitido el ingreso en la política de los demás y por una jerarquización social brutal, donde la gente que figura es la que pertenece a cierto estrato económico, y el resto es una gran masa anónima”.

En términos mucho menos académicos, Gaviria arremetió en El Espectador contra varios escritores como Santiago Gamboa, Óscar Collazos, Daniel Samper y directamente contra el propio Ospina, representantes de lo que él considera el miserabilismo intelectual, quienes, seguramente por desconocimiento involuntario o desidia intelectual, se niegan a aceptar cualquier progreso social en Colombia.

La tesis de Posada Carbó radica en que la democracia colombiana no es tan excluyente como afirma Laura Restrepo, y ofrece como ejemplo de esa apertura la Constitución de 1991, instrumento de pluralismo y renovación política, en la que incluso participó de manera protagónica una tercera fuerza, el M-19, movimiento político de las simpatías de la escritora. Gaviria, por su parte, señala que cierta intelectualidad de izquierda se niega a reconocer los evidentes avances económicos, sociales e institucionales de Colombia vista en una perspectiva de largo plazo. Que hoy estamos mejor que hace 50 años.

¿Quién tiene la razón? Como decía Borges, no hay ninguna razón para que alguien en algún momento tenga toda la razón, y tal vez ambas partes la tengan. Tiene razón Posada cuando señala que la Constitución de 1991 constituye un hito importante en la democratización de Colombia y que gracias a ello fue posible que un líder sindical de izquierda sea hoy el alcalde de Bogotá, y que la misma Laura hubiera sido directora del Instituto de Cultura y Turismo, algo impensable tiempo atrás en el imaginario restrictivo y excluyente del Frente Nacional, desde donde sigue leyendo la realidad política esa intelectualidad de izquierda que señala Gaviria. A esta apertura política, Posada destaca la movilidad social que ha vivido Colombia en las dos últimas décadas, que indicaría que este país ya no es el de los López, los Sanín o los Santo Domingo, y que al menos la presencia en medios de comunicación de personas provenientes de otros estratos y estirpes familiares es una señal de democratización.

Tiene razón Gaviria cuando señala que en una perspectiva de mediano y de largo plazo Colombia es un país mejor que hace 50 o 100 años. La cobertura en educación, la esperanza de vida, el crecimiento del aseguramiento social, el acceso a servicios públicos y la modernización tecnológica en las grandes ciudades serían indicadores de que a pesar de las dificultades, el país ha mejorado sus índices de desarrollo, y es injusto no reconocerlo, como no lo hace Ospina, quien sigue viendo la realidad social a través del prisma de ideologías anacrónicas. Es un señalamiento de antimodernos –de reaccionarios, en últimas, y la expresión es mía–.

Pero también tienen razón quienes señalan que la apertura política de la Constitución de 1991 es parcial y que esta ha derivado hacia donde no es deseable: al ingreso y el posicionamiento de cierta elite mafiosa y reaccionaria que aupada en la lucha contra insurgente y en la economía del narcotráfico, está socavando con su discurso y sus prácticas la propia Constitución de 1991, operación que sólo desde hace poco ha venido denunciando la parte del establecimiento que desea que funcionemos como una sociedad institucionalizada, democrática, pluralista, y con una economía de mercado no desprovista de solidaridad con los más vulnerables de la sociedad.

Sería bueno escuchar al notable historiador barranquillero sobre el impacto de esa elite en el desarrollo de la institucionalidad colombiana, especialmente en el nivel local; sobre si esa tendencia nos llevará hacia más o hacia menos democracia, es decir, hacia una sociedad más autorregulada y respetuosa de las normas establecidas en la Constitución. Preguntarle, por ejemplo, qué ha sido de los movimientos sociales en esta apertura democrática, qué fue del proceso de aniquilamiento de la Unión Patriótica. No sé si hacerlo, ponderando por supuesto la importancia del surgimiento y la consolidación del Polo Democrático como tercera fuerza, sea una postura anacrónica.

La lectura de largo plazo de Gaviria sobre el desarrollo del país es cierta. Sin embargo, olvida mencionar varias cosas, en su entusiasmo por defender un modelo de desarrollo –expresión que sé no es de su agrado– que ha permitido, a la par con el crecimiento del producto interno bruto, una concentración del ingreso escandalosa en las dos últimas décadas, la marginalidad de más de seis millones de colombianos que forman parte de cinturones de miseria en esas mismas grandes ciudades donde los indicadores per cápita son exitosos, la precarización del empleo –con el consecuente empobrecimiento de la clase media (hoy el número de pobres en Colombia es el doble que el de hace tres décadas)–. Está la evidencia de que estaríamos ante una tendencia difícilmente reversible, al menos en el corto plazo, situación que para muchos nos hace una sociedad injusta por la manera como está distribuida la riqueza y el poder político, con la paradoja de que la distribución del poder político que alega Posada –con razón– no se ha reflejado en una mejor distribución del ingreso.

Modernos y antimodernos, progresistas y reaccionarios, científicos sociales y misioneros sociales. Esos parecen ser los términos del debate. La pretendida contaminación ideológica que atribuyen Posada y Gaviria a sus contradictores no es ajena a ellos mismos. Las evidencias de historiadores y economistas, y las denuncias de literatos, ambas, están impregnadas de discursos ideológicos, de opciones personales, de historias de vida. Cada uno ve un país distinto, de acuerdo con su formación, sus sensibilidades, sus preferencias. Lo paradójico es que todos esos países coexisten. El país rico y trasnacional con el país pobre y marginado; el país democrático con el país autoritario; el país urbano con el país rural, el país rico con el país pobre. Nuestro fracaso como Nación es no haber podido construir un proyecto que los aglutine a todos.

Tal vez los literatos precisen más información para sus juicios –y menos ideología y romanticismo– y ser más justos con las instituciones democráticas que hemos ido construyendo, pero tal vez los economistas e historiadores –Gaviria y Posada en este caso– necesiten más sensibilidad para leer la realidad social y menos complacencia con el establecimiento.

* Docente investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

jicuervo@cable.net.co
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