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Opinión

  • | 1985/11/18 00:00

    LITERATURA Y CHORIZOS

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Mientras escribo estos apuntes, el radio anuncia que acaban de concederle el Premio Nobel de Literatura a Claude Simon, un francés prácticamente desconocido para el público que consume libros como si fueran salchichas con mostaza, pero de una extraordinaria calidad, si nos atenemos a lo que dicen los especialistas en la materia.
Es apenas natural que no se puede calificar a los buenos o malos escritores por el número de libros que venden esos cansones promotores con un maletín del "Círculo de Lectores". Los méritos no se miden en la caja registradora. Si fuera al contrario, el caviar de Beluga se expendería en las tiendas de barriada y la arepa antioqueña valdría más que el faisán. Amparo Grisales, en consecuencia, cobraría un millón de dólares por película y Joan Collins trabajaría de empleada doméstica en "El refugio".
Pero es que los buenos escritores escasean por el mismo motivo que hace que el hígado de ganso no abunde tanto como el chicharrón. La naturaleza no suele ser pródiga. La vida no es generosa. Las minas de oro se agotan primero que las de carbón.
El ideal de la literatura, obviamente, consiste en la aparición de escritores que.tengan la popularidad del chorizo, el sabor del paté, el aroma de la arepa de huevo revuelto con la delicadeza de la codorniz, las piernas de Amparo Grisales con el cerebro de Simone Signoret. Es entonces cuando resulta fácil adjudicar el Nobel y la Academia Sueca se gana la lotería porque le puede dar gusto a todo el mundo: a las élites intelectuales y a la señora que compra una novela junto con los rábanos en el supermercado, a los críticos más pretenciosos y a los lectores más elementales.
Lo malo es que esos fenómenos excepcionales coinciden con el Premio Nobel cuando uno se llama Sinclair Lewis, Neruda, Faulkner, Steinbeck, Asturias o García Márquez. El cometa Halley no surca el cielo todas las noches. Ni llueve todas las mañanas en Ríohacha. Ahí es donde se arma la pelotera de cada año para esta época. O los suecos premian a un escritor grande que nadie ha leido o consagran gloriosamente a una mediocridad artística.
Un amigo mío, de esos graciosos a los que les encanta hacer frases armadas, acostumbra decir que la mejor lista de literatos del mundo no es la de aquellos que se han ganado el Nobel sino la de quienes no lo recibieron nunca. Creo que a veces tiene razón. Uno no se explica, por ejemplo, como fue que le otorgaron el galardón a un dramaturgo español, José Echegaray, que escribía unas horrendas comedias en verso que no daban la talla ni para una sesión solemne. Y, en cambio, se negaron tercamente los suecos a reconocer los méritos de Don Antonio Machado, el tambor mayor de la poesía española de nuestros tiempos.
Los ejemplos, en español o en cualquier idioma, crecen silvestres como la verdolaga o como las hojas de la balsamina. Como el matarratón. En nuestra propia lengua le dieron el Nobel a Jacinto Benavente y a Vicente Aleixandre, un poeta apenas tolerable, pero han olvidado la grandeza de Rafael Alberti e ignoran cada año, con su frialdad de jurados nórdicos, a ese portento de la palabra que es Borges.
La injusticia campea a lo largo de la historia del premio. A veces se llega a extremos patéticamente ridículos. No quisieron admitir el talento superior de Proust por la pendejísima razón de que era un marica escandaloso en París. Como si el genio tuviera un cable conectado entre el cerebro y las nalgas. Pero, Virgen del Perpetuo Socorro, le dieron patente literaria a la señora Buck, una gringa que escribía pequeñas majaderías sobre las tradiciones chinas.
Al más grande novelista de la historia humana, León Tolstoi, le negaron rotundamente su merecido banderín de campeón por unos motivos que colindaban con la imbecilidad: porque, siendo un noble, gracias a su título de conde, se puso de parte de los campesinos explotados de la vieja Rusia en contra de los dominadores. En esa época estaba de moda el conservatismo artístico. Setenta años después le tiran la puerta en la cara a Borges porque es un reaccionario, y ahora lo que se estila es la izquierda. La condición humana es así de veleidosa y casquivana.
Pero la peor de todas las ironías del Premio Nobel es la de Kafka. Los académicos de Estocolmo no entendieron ni valoraron al magistral oficinista de Praga. Y la vida, que no perdona, los puso en 1981 a concederle el galardón a ese incomparable ensayista que es Elías Canetti. Lo ganó, entre otras obras, por un estupendo ensayo sobre Kafka. ¿Qué tal el sarcasmo del destino?
Los colombianos, en fin, ingresamos hace tres años a la galería de la consagración gracias a quien se ha convertido en el más grande escritor vivo de la lengua castellana. Por ahí andan diciendo, desde hace un tiempo, que de pronto le otorgan el Nobel de la Paz al presidente Betancur por su gestión en la América Central, por el Grupo de Contadora, por su liderazgo continental. A mí me parece que es posible. Porque si el presidente sigue echándose esos discursos de domingo por televisión, en los cuales dice que todas las noticias son buenas, que aquí no pasa nada, que bajó el costo de la vida, que decrece el desempleo, se va a ganar, sin duda, el Premio Nobel. Pero de literatura...
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